Capítulo 3

Una oportunidad para soñar

Los líderes mundiales se han comprometido a acabar con la pobreza para el año 2030. Sin embargo, a menos que invirtamos en oportunidades para los niños y niñas más vulnerables, 167 millones de niños y niñas vivirán en la pobreza extrema en 2030.

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Shampa Akhter, de 16 años, en su hogar, en Khulna, Bangladesh. Shampa se negó a casarse a los 15 años, como era el deseo de su familia.

Shampa quiere ser banquera cuando grande. Estudia comercio en la escuela y obtiene buenas notas. Pero le preocupa no poder hacer realidad su sueño. Hace menos de un año, su padre, jornalero y principal proveedor de la familia, sufrió un accidente incapacitante que puso el mundo de Shampa al revés.

Mientras su familia intentaba sobreponerse a la tragedia, la niña fue a vivir con su tía, que tenía una solución:¬ Shampa, de 15 años, debía casarse.

“Mis padres no podían costear mi educación”, explica la niña entre lágrimas. “Entonces, pensaron que si había una persona menos en la familia, la situación sería más fácil”.

Shampa se negó a cooperar. Decidida a concluir su educación, consiguió el apoyo de un grupo de jóvenes activistas de la localidad que promueven una mayor rendición de cuentas por parte del Gobierno y el fin del matrimonio precoz. Tan pronto como les explicó el motivo de su preocupación, el grupo entró en acción.

Siete adolescentes se presentaron en la cabaña de bambú de su familia, de dos habitaciones, para dar a conocer a sus padres los riesgos del matrimonio a temprana edad. Les contaron que el embarazo precoz se asocia con mayores tasas de mortalidad de la madre y el bebé, que Shampa se vería obligada a pasar su vida realizando tareas domésticas y que no podría culminar su educación. Argumentaron que, si su hija terminaba sus estudios, tendría muchas más posibilidades de ganar dinero y ayudarles en el futuro. Por último –y esto fue lo que Shampa sospecha que logró su cometido–, recordaron a sus padres que el matrimonio antes de los 18 años es ilegal en Bangladesh y que esa ley se debe cumplir.

 

 

Finalmente, el deseo de su tía no se realizó. Pero la experiencia dejó muy afectada a Shampa. “Cuando pienso en esos días, siento temor”, dice.

 

 

Los progenitores de Shampa se comprometieron a apoyar a su hija hasta el final del año escolar, con el propósito de que obtenga el certificado de la enseñanza secundaria al concluir el décimo grado. Pero dicen que no podrán pagar sus estudios después de obtener su certificado.

 

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A pesar de que la enseñanza primaria es gratuita en Bangladesh, la enseñanza secundaria conlleva muchos costos no oficiales. Las tutorías en grupo antes o después de la escuela están muy generalizadas, y la mayoría de los estudiantes las consideran esenciales para el éxito en los estudios. Además de los libros de texto, los alumnos dependen en gran medida de las guías complementarias de estudio, que la escuela no provee. Y para los más pobres, asistir a la escuela implica no trabajar y, por lo tanto, dejar de ganar dinero.

Shampa desearía poder trabajar en lugar de casarse. “Si yo fuera niño, nadie habría insistido en que me casara... Podría haber empezado a trabajar y estaría ayudando a mi familia”. Pero las niñas no tienen muchas opciones: “Solo pueden desempeñar labores domésticas”.

 

 

Además de los gastos que conlleva la enseñanza secundaria, la distancia es un obstáculo a la asistencia escolar para muchos niños que viven en zonas rurales aisladas. Debido a que hay menos escuelas secundarias que primarias, los adolescentes a menudo deben salir de sus pueblos y comunidades para llegar a la escuela. Algunos padres prefieren no correr el riesgo de mandar a sus hijas a estudiar, pues temen que sean víctimas de acoso en el camino a la escuela o de regreso al hogar.

 

 

La pobreza no es solo una cuestión de dinero

En 2012, casi 900 millones de personas luchaban por sobrevivir con menos de 1,90 dólares por día –la línea internacional de pobreza extrema– y más de 3.000 millones seguían vulnerables a la pobreza, subsistiendo con menos de 5 dólares por día. Al igual que Shampa, una enfermedad, una sequía o cualquier otra desgracia podrían sumirlas en la pobreza extrema.

Para los niños, las niñas y los adolescentes, la pobreza no es solo una cuestión de dinero. Ellos la experimentan en forma de privaciones que afectan múltiples aspectos de sus vidas, incluyendo sus posibilidades de asistir a la escuela, de nutrirse bien y de acceder a atención sanitaria, agua potable salubre y saneamiento.

 

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Arieful Islam, de 13 años, trabaja en una fábrica de ladrillos, en Satkhira, Bangladesh.

En conjunto, estas privaciones acortan la infancia, impidiendo que millones de niños y niñas disfruten de las cosas que deben definir esta etapa de la vida: juegos, risas, crecimiento y aprendizaje. Todo esto constituye la base sobre la cual los niños pueden construir sus futuros y, para los que tienen la fortuna de gozar de su infancia, el mundo está lleno de posibilidades. Pero para un niño como Arieful Islam, que se halla desescolarizado porque necesita trabajar para poder pagar su alimento diario, incluso soñar está fuera de su alcance.

Arieful nunca ha tenido la oportunidad de pensar en lo que quiere ser cuando grande. Con apenas 12 años, ha trabajado más tiempo del que puede recordar. Empezó a trabajar en la pesca cuando cursaba primer grado y después se dedicó a pavimentar con ladrillo, un trabajo no remunerado que suele aportar una comida diaria. Hoy, Arieful trabaja en una fábrica de ladrillos, junto con gran parte de sus familiares. Fuera de temporada, su madre toma dinero prestado del dueño de la fábrica para poder terminar el año. Toda la familia trabaja para devolver el préstamo en la siguiente temporada.

Aunque Arieful perdió la oportunidad de estudiar cuando era pequeño, actualmente está matriculado en un programa educativo nocturno “de segunda oportunidad”. El programa suministra un pequeño estipendio, pero no es suficiente para compensar los 3 dólares que gana diariamente en la fábrica de ladrillos. Durante la temporada, cuando aumenta la carga de trabajo, no asiste al programa con regularidad.

 

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Arefin Hasan, de 12 años, hace ejercicios de fracciones durante una clase de matemáticas en su escuela pública/privada, en Khulna, Bangladesh. Inspirado en las vidas de hombres importantes sobre quienes ha leído en sus libros de texto, Arefin desea ser científico cuando sea mayor. “Quiero inventar algo para que me recuerden después de morir”.

Debido a que los niños experimentan la pobreza de muchas maneras, limitarse a facilitarles servicios –como atención sanitaria y educación– no basta para brindar a todos una oportunidad justa. Incluso si la educación es gratuita, una niña como Shampa no puede sufragar los costos de escolarización ni comprar los suministros. O un niño como Arieful no pude darse el lujo de faltar un solo día al trabajo. Los niños más desfavorecidos necesitan los medios para acceder a estos servicios.

Los programas de protección social, como las transferencias de dinero en efectivo, reducen la vulnerabilidad de las familias a la pobreza y las privaciones, y ayudan a superar algunos de los obstáculos que impiden a los niños aprovechar los servicios disponibles. Estas transferencias ofrecen un nivel mínimo de ingresos para que las familias más pobres y vulnerables no caigan en la indigencia. También representan un camino para salir de la pobreza y facilitan el acceso a servicios fundamentales para el futuro de los niños y las niñas, como la educación. Según se ha calculado, las iniciativas en materia de protección social mantienen fuera de la pobreza a unos 150 millones de personas. Las transferencias de dinero en efectivo también pueden ayudar a superar algunos de los problemas que impiden el ingreso a la escuela o que obligan a los niños a abandonar sus estudios.

Romper el círculo vicioso

 

Jhuma Akhter, de 14 años, pudo regresar a la escuela, donde ocupa el primer puesto de su clase, gracias al programa de transferencias de dinero en efectivo. Pero llegar a este punto no fue fácil.

Cuando tenía 8 años, Jhuma dejó la escuela para trabajar como sirvienta de una familia abusiva. Estuvo tres años con esa familia y nunca le pagaron ni le permitieron asistir a la escuela. Trabajaba a cambio de su manutención y la promesa de que, cuando llegara el momento de casarse, su empleador pagaría la dote.

 

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Jhuma Akhter, de 14 años, hace su tarea escolar bajo la luz de un farol no lejos de su hogar,en Khulna, Bangladesh.

Finalmente, la madre de Jhuma le permitió regresar al hogar. Pero todos los días, después de asistir a la escuela, la niña trabajaba pidiendo arroz de puerta en puerta. Un día, mientras cenaban con arroz en el pórtico de su choza, Jhuma le explicó a su madre que los costos de escolarización aumentarían cada año. También le dijo que necesitaría tutorías, guías de estudio y cuadernos, y que la escuela no suministraba esos materiales. Ante esa realidad, su madre decidió que no valía la pena seguir mandando a su hija a la escuela y que debía trabajar junto con ella. Jhuma empezó a trabajar de tiempo completo suministrando agua a negocios locales, con lo que ganaba aproximadamente 7 dólares por mes.

Fue entonces cuando Nazma, una voluntaria de la comunidad, se fijó en Jhuma. “Buscaban niños como nosotros”, explicó la niña. Nazma invitó a Jhuma y a su madre a algunas reuniones para evaluar las necesidades de la familia y, en algún momento, inscribirla en un programa de transferencias de efectivo a condición de que Jhuma asistiera a la escuela. Ahora que su madre recibe dos cuotas anuales de cerca de 150 dólares cada una, Jhuma ha regresado a la escuela. Está cursando séptimo grado.

En su vecindario, Jhuma ya no es conocida como la niña que acarrea agua. Ahora la conocen por su nueva actividad. Todas las noches, después de rezar, ella arrastra una mesa de plástico y una silla hasta el vertedero de basura que hay en una esquina cercana para poder hacer sus tareas escolares bajo la luz de un farol. Siempre con recursos, hace sus tareas en el reverso de los afiches que sobraron después de la campaña política de las últimas elecciones.

Actualmente, cuando Jhuma piensa en el futuro, el matrimonio no forma parte de sus planes. Ella considera que las niñas deben esperar al menos hasta cumplir 22 años, bastante más que los 18 años, como mínimo, que estipula la ley. Jhuma sueña con llegar a ser médica algún día. “Quiero prestar asistencia a todos”.

 

Capítulo 4:

Un llamamiento a la acción