Enfoque: Riesgo, capacidad de resistencia y acción humanitaria integradora

Por Maria Kett 
Directora adjunta del Departamento de Epidemiología y Salud Pública del Leonard Cheshire Disability and Inclusive Development Centre del University College de Londres 

El artículo 11 de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad insta a los Estados Parte a “garantizar la seguridad y la protección de las personas con discapacidad en situaciones de riesgo, incluidas situaciones de conflicto armado, emergencias humanitarias y desastres naturales”. 

En una situación de emergencia, se trate de un conflicto armado o de un desastre natural o provocado por el hombre, los niños son quienes tienen más posibilidades de sufrir debido a la falta de alimentos, refugio, atención sanitaria, educación y servicios de apoyo psicosocial. Esto puede ser más grave en el caso de niños y niñas con discapacidad: incluso donde se dispone de existencias básicas y servicios de auxilio, es probable que no sean incluyentes o accesibles. 

Saber cuántos niños y niñas con discapacidad viven en zonas afectadas por una situación de emergencia supone todo un reto, ya que es posible que las cifras exactas no existieran incluso antes de la emergencia. Por ejemplo, las familias o las comunidades a veces ocultan a estos niños por el estigma que supone su condición. 

Las consecuencias de la exclusión son preocupantes porque los sistemas de información, aun los más rudimentarios, pueden ser esclare-cedores en situaciones humanitarias, si no hay acceso a centros de información y registro. 

Al mismo tiempo, un número cada vez mayor de niñas y niños sufren lesiones que les producen discapacidades como resultado de emergencias inesperadas o crónicas. En un terremoto, los niños pueden quedar discapacitados por la caída de objetos o el desplome de un edificio, así como sufrir lesiones por aplastamiento y quedar expuestos a traumas psicológicos durante las inundaciones y los corrimientos de tierra. Los conflictos aumentan la probabilidad de que los niños adquieran algún tipo de discapacidad como consecuencia de los enfrentamientos, de las minas terrestres, o por estar expuestos a otros restos explosivos de guerra. Puesto que los niños son de un tamaño menor y están en la primera fase de su desarrollo, sufren mutilaciones más graves que las de los adultos, y requieren del continuo tratamiento de fisioterapia, uso de prótesis y ayuda psicológica. 

Los retos a los que se enfrentan los niños y niñas con discapacidad y sus familias rara vez se admiten al evaluar el impacto producido por una emergencia. Estos retos incluyen nuevas barreras ambientales, como rampas destruidas; dispositivos de asistencia perdidos o dañados; y pérdida de los servicios previamente establecidos (intérpretes de lengua de signos o enfermeras a domicilio) o sistemas de apoyo (pagos de la seguridad social, o programas de protección social). 

Existen otros riesgos. Si mueren miembros de la familia, tal vez no quede ninguno que sepa cómo cuidar a un niño o niña con dis-capacidad física o discapacidad sensorial. Si las familias se ven obligadas a huir, especialmente si tienen que afrontar un largo viaje a pie, existe la posibilidad de que no se lleven con ellos a los niños que no pueden andar o que tienen una salud frágil. Otro motivo por el que las familias a veces abandonan a los niños es porque temen ser rechazados a la hora de pedir asilo en otro país si un miembro de su familia tiene una discapacidad. Varios países practican dicha discriminación. Los internados e instituciones suelen cerrar o quedan abandonados una vez que el profesorado se ausenta, dejando a unos pocos, o a nadie, a cargo de los niños. 

Los niños y niñas con discapacidad, en especial los que padecen problemas de aprendizaje, a veces también se ven directamente involucrados en conflictos. Se pueden ver forzados a realizar servicios como soldados, cocineros o porteadores, precisamente por ser considerados de menos valor, o con menos resistencia que los niños sin discapacidades. En teoría, los programas de desarme, desmovilización y reintegración incluyen a todos los niños excombatientes, pero los recursos o programas para niños y niñas con discapacidad generalmente no existen. Estos niños permanecen marginados y excluidos, abandonados a la pobreza, vulnerables y muy a menudo teniendo que mendigar, como ha sido el caso en Liberia y Sierra Leona. 

El riesgo de violencia, incluida la sexual, aumenta cuando las estructuras sociales y la protección familiar fallan, como ocurre durante los conflictos y los desastres. Aunque las niñas discapacitadas están especialmente expuestas en dichas situaciones, los niños también corren riesgos e incluso es menos probable que reciban ayuda. 

La recuperación y reconstrucción llegan con sus propios retos para estos niños. Como suele ocurrir con todos los niños afectados por crisis, los que padecen discapacidades requieren una serie de servicios, algunos destinados especialmente a ellos. Sin embargo, aunque las necesidades de la discapacidad son muy importantes, son sólo parte del panorama. Por ejemplo, durante las operaciones de rescate tras el tsunami de 2004 en el océano Índico, una niña discapacitada recibió cinco sillas de ruedas pero nadie le preguntó si necesitaba comida o ropa. 

Resistencia e inclusión 

Los niños demuestran constantemente su capacidad de resistencia. Se pueden tomar medidas para respaldar su participación e inclusión. Estas medidas deberían ir dirigidas a grupos y contextos determinados: la experiencia del conflicto es distinta según el género, del mismo modo que no lo viven igual los niños más pequeños que los adolescentes. Del mismo modo, las emergencias afectan de manera distinta a las zonas urbanas que a las rurales. 

Como punto de partida, a los niños y niñas con discapacidad se les debería dar la oportunidad de participar en la planificación y puesta en marcha de las estrategias para la construcción de la paz y la reducción del riesgo de desastres, así como en los procesos de recuperación. La ignorancia y la presunción incorrecta de que estos niños son incapaces de colaborar han impedido su participación, pero esto ha empezado a cambiar. En Bangladesh, por ejemplo, Plan International supo desafiar estos conceptos erróneos al asociarse con organizaciones de discapacitados y trabajar directamente con las comunidades en tareas de reducción del riesgo de desastres centradas en la infancia. 

Igualmente, las prestaciones para niños y niñas con discapacidad están aumentando en respuesta a los desastres. En el Pakistán, Handicap International y Save the Children construyeron espacios incluyentes amigos de la infancia y desarrollaron una orientación sectorial sobre la inclusión de personas con discapacidad, especialmente en proyectos de protección. En Haití, Handicap International y la organización confesional para el desarrollo CBM presionaron al gobierno para que incrementara la inclusión de las personas con discapacidad en la distribución de alimentos y en otros asuntos pertinentes. Las Naciones Unidas a menudo utilizan las situaciones de emergencia como una oportunidad para “reconstruir mejor”, algo que puede beneficiar a los niños con discapacidad, ya que ofrece a todos una ocasión para trabajar juntos. 

La discapacidad también se ha integrado en directrices como las de la Carta Humanitaria y normas mínimas para la respuesta huma-nitaria del Proyecto Esfera, elaborada por un grupo de organizaciones internacionales para mejorar la calidad y la responsabilidad de la respuesta humanitaria. La disponibilidad de las directrices de emergencia sobre cómo incluir a las personas con discapacidad (y en particular a las niñas y los niños) está aumentando. Es necesario que estos beneficios se consoliden y amplíen a sectores como la nutrición y la protección. 

Asimismo, es necesario un enfoque planificado de la recopilación de datos. Se debería intensificar la colaboración con organizaciones, locales y nacionales, de personas con discapacidad, y también incrementar, la capacidad de estos grupos para abordar asuntos propios de los niños. Igualmente, la medida en la que los niños y niñas con discapacidad están incluidos en una respuesta humanitaria debe ser revisada y mejorar sus resultados. 

Es imprescindible que haya normas claras y listas de control de la inclusión que puedan ser aplicadas en todas las categorías de emergencias, aunque para ponerlas en práctica deberán estar acompañadas de recursos.

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