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Burundi

Niños burundeses cruzan la frontera por seguridad y se ven obligados a regresar

Por Patsy Nakell

Una madre de Burundi envía a sus hijos a otro país para protegerlos de la violencia creciente. Los niños enferman, y ella se ve obligada a viajar sola a por ellos.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Burundi/2015/Nijimbere
“Era horrible despertarnos y no tener a nuestra madre”, dice Divin, un niño de 10 años que, junto a su hermana, viajó en barco desde Burundi hasta Rwanda.

KIRUNDO, Burundi, 5 de junio de 2015. “Era horrible despertarnos por la mañana y darnos cuenta de que no estábamos en casa con nuestra madre,” dice Divin, un niño de 10 años que nos describe, entre lágrimas, cómo era su vida y la de su hermana Centia solos en un centro de tránsito de Rwanda. Centia, que tiene 12 años, está sentada junto a él con la cabeza inclinada. Se emociona vez que se acuerda de cuando escaparon.

Nos encontramos en Bugabira, Kirundo, un pueblo de montañas frondosas cerca de la frontera que, por el norte, separa Burundi de Rwanda. Desde que las violentas manifestaciones inundaron la capital de Burundi en abril y dejaron al menos cinco niños muertos, los burundeses han atravesado en masa la frontera para dirigirse a países vecinos, entre ellos Rwanda, donde el número oficial de refugiados gira en torno a los 30.000.

En realidad, lo más probable es que el número sea mayor. La frontera con Rwanda es porosa y tiene numerosos pasos de cruce clandestinos.

La gran mayoría de los que han escapado son niños, de los cuales muchos van solos.

Una advertencia

Para los burundeses, los conflictos civiles se han convertido en algo familiar. El último terminó hace solo diez años y acabó con 300.000 vidas. Cualquier episodio de violencia o el solo rumor de que pueda tener lugar trae consigo, de inmediato, recuerdos traumáticos.

“Mi hija mayor, que está casada, me advirtió que las cosas se estaban complicando y me aconsejó que me llevara a los niños,” explica Joséphine, la madre viuda de Centia y Divin, que trabaja de profesora en una escuela primaria cercana. “Pero no la escuché.”

“Marchaos, me decía, o de lo contrario os matarán a ti y a los niños,” recuerda Joséphine, aún sobrecogida al recordar la situación por la que pasó.

“No dormía por las noches, estaba muy asustada”, prosigue. Habla lenta y decididamente. “Lo mínimo que podía hacer era salvar a mis hijos. Me dije que ellos no morirían en esta casa.”

Imagen del UNICEF
© UNICEF Burundi/2015/Nijimbere
“Yo no dejaba de rezar por que todo saliera bien”, dice Centia, de 12 años.

“No dormía por las noches, estaba muy asustada”, prosigue. Habla lenta y decididamente. “Lo mínimo que podía hacer era salvar a mis hijos. Me dije que ellos no morirían en esta casa.”

Convencida por las palabras de su hija, Joséphine pagó el equivalente a 7 dólares estadounidenses a un conocido y, sobre las 4 de la madrugada siguiente, cuando todavía era de noche, Centia y Divin saltaron a una embarcación de madera junto a otras nueve personas, entre ellas tres niños, y remaron rápidamente por el lago Cohoha con dirección a Rwanda.

“Tardamos tres horas en cruzar. Todos íbamos en silencio,” cuenta Centia. “Alguien escuchaba las noticias en su teléfono móvil. Yo no dejaba de rezar para mí misma por nuestro bienestar.”

Cuando llegaron al otro lado, caminaron durante dos horas hasta llegar a un refugio, y al día siguiente los llevaron en coche a un campamento en el que, por fin, pudieron comer.

“Comíamos judías y maíz una vez al día, pero había una monja que nos traía más comida de vez en cuando,” dice Centia.

Ambos coinciden en que era horrible despertarse lejos de casa y de su madre.

Y de repente, un día, las cosas empeoraron.

“Teníamos fiebre y nos encontrábamos muy mal. Era la malaria,”cuenta Centia entre sollozos.

La preocupación de una madre

En casa, Joséphine, que había mantenido el contacto con sus hijos por teléfono, estaba cada vez más preocupada. Los terribles rumores que rondaban sobre Kirundo no estaban aún confirmados, pero ahora había un temor aún peor: que, a causa de la enfermedad, sus hijos murieran en algún lugar lejos de allí.

Imagen del UNICEF
© UNICEF Burundi/2015/Nijimbere
Joséphine, la madre de Divin y Centia, asegura que volverá a enviar a sus hijos a otro país si se encuentran en peligro.

En cuanto consideró que era un buen momento, Joséphine tomó la misma barca para cruzar el lago y se trajo a Centia y Divin de vuelta a casa.

Ahora asegura que las cosas van bien y que ya no tiene miedo.

“Pero no me arrepiento de haberlos mandado allí,” dice Joséphine. “Lo volveré a hacer si veo que sus vidas corren peligro.”

Aunque Joséphine se trajo a sus hijos de vuelta, la gran mayoría de los refugiados que vienen de Kirundo se quedan en el lado rwandés de la frontera. UNICEF está trabajando con sus aliados para seguir de cerca los movimientos que los niños y las familias realizan desde Burundi hacia los países vecinos.

En Rwanda, la respuesta de emergencia al elevado número de niños refugiados consiste en la distribución de alimentos terapéuticos listos para consumir para tratar la malnutrición aguda, la construcción de espacios adecuados para los niños en los que se puedan realizar actividades de ocio, y la inmunización de los niños contra las enfermedades más frecuentes, como el sarampión y la polio.


 

 

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