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Brasil

Estos son los adolescentes de los centros urbanos del Brasil que han tomado las riendas de su futuro

Imagen del UNICEF
© UNICEF Brazil/2017/Pereira
Maria Beatriz (Bia) Teixeira dos Santos mira al exterior por la ventana de su casa. “Me veo como una persona que está intentando cambiar el lugar donde vive y que lucha por lo que cree que necesitan todos los niños y adolescentes”, sostiene.
 

Por Danielle Pereira

SÃO PAULO, Brasil, 22 de marzo de 2017 – En Brasil, más del 84% de la población vive en centros urbanos. En muchos de ellos, los niños y los adolescentes todavía no han disfrutado de su derecho a unos sistemas de salud y educación de calidad ni a un entorno afable y protector. Estas limitaciones dificultan su desarrollo, restringen su acceso a oportunidades y contribuyen a la violencia y al ciclo de pobreza.

La Plataforma para los Centros Urbanos (PCU) es una iniciativa conjunta emprendida por UNICEF Brasil y sus aliados con el fin de disminuir las desigualdades y garantizar los derechos de los niños y adolescentes que viven en las regiones más vulnerables de las grandes ciudades.

Bia, Joadson, Marvin y Moisés son solo algunos de los niños que se están beneficiando del programa. Estas son sus historias.

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Bia posa en lo alto de una montaña de su vecindario. Su ciudad está ubicada cerca de un antiguo vertedero de basura, y muchos de sus vecinos van ahí a escarbar en busca de comida u otros objetos de valor.

Bia

Bajo los pies de Maria Beatriz (Bia) Teixeira dos Santos, yace, enterrada en arena, toda la basura que la ciudad de Fortaleza lleva años produciendo. Esa montaña fue un día el vertedero de Jangurussu, creado en los años 70 y en desuso desde finales de los 90. Su madre y su abuela solían ir allí a escarbar en busca de comida porque no tenían nada que comer.

Aunque está rodeada de basura, Bia es capaz de mantener la distancia. Su madre siempre creyó en el poder de la educación para erradicar el ciclo de pobreza; destacaba la importancia de estudiar e ir a clase, de tener objetivos y sueños.

"“Yo me crié en mitad de unas revueltas sociales”, cuenta Bia. “Allá donde haya una manifestación, estaré yo. Mi madre siempre me invita a participar. A mí me gusta mucho debatir sobre las cosas que están mal”.

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“Enseñaré a mis hijos y mis nietos lo que mi madre me enseñó a mí:
que nunca hay que callarse, que hay que preguntar y debatir con buenos argumentos.
Quiero hacer lo correcto y enseñárselo a ellos”.

 

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Teniendo en cuenta la predisposición de su hija a las causas sociales, la madre de Bia le sugirió participar en la PCU. Con el tiempo, llegó a conocer gente y empezó a debatir sobre lo que iba bien y mal en el vecindario y a sugerir cambios.

“La PCU me enseñó no solo a encontrar argumentos para debatir, sino también a comunicarme mejor (antes era tímida y muy callada). Además, allí aprendí a relacionarme con otras personas de otros géneros, religiones y contextos. Gracias a la PCU, adquirí una perspectiva más amplia de la vida”.

Ahora Bia se está fijando unos objetivos para los próximos años. “Quiero ser psicóloga, tener mi propia casa y cuidar de mí misma”.

No obstante, sigue soñando con un mundo más justo para todo el mundo, y su futuro estará ligado al compromiso político: “Enseñaré a mis hijos y mis nietos lo que mi madre me enseñó a mí: que nunca hay que callarse, que hay que preguntar y debatir con buenos argumentos. Quiero hacer lo correcto y enseñárselo a ellos”.

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Joadson Cirino Gomes se asoma por la ventana del porche de su casa, donde ha montado un pequeño salón de peluquería. Además de incrementar los ingresos de la familia, ha cumplido su sueño de abrir su propia peluquería.

Joadson

Joadson Cirino Gomes lleva sus 16 años de vida en Sítio do Andraújo, popularmente conocido como una grota. Las grotas son similares a las favelas de Río de Janeiro, pero en lugar de encontrarse en lo alto de una montaña, esta comunidad se extiende colina arriba formando un laberinto serpenteante de casas de adobe conectadas por carreteras polvorientas y rodeadas de árboles.

Su padre se marchó solo unos meses antes de que él naciera. Después de un tiempo, su madre no pudo seguir sacando adelante a Jaodson y a sus seis hermanos mayores. Pasaban mucha hambre y Joadson tenía que pedir dinero y vender cocos por la playa.

“También coleccionábamos latas para reciclar. Siempre que había una lata en el suelo, mi madre decía: “Mirad, ¡es oro!, ¡es oro!” Hoy en día sigo sin poder evitar recoger una lata si la veo tirada en el suelo”, asegura. “No me gustaría regresar a esa época. Pero tampoco me arrepiento”.

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“No me gustaría regresar a esa época. Pero tampoco me arrepiento”.
 

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Aunque ha vivido siempre en condiciones precarias, no fue hasta el año pasado que Joadson comenzó a pensar en su comunidad, a comprender sus propios derechos y aprender a mejorar su vida. Ese despertar llegó cuando comenzó a participar en la PCU. Además de animarle a salir de su cascarón, las actividades de la PCU ayudaron a Joadson a adquirir una nueva seguridad en sí mismo.

Ahora sueña con abrir su propio salón de peluquería, una profesión de la que se enamoró hace tres años después de ayudar a un vecino a arreglarse el pelo. Ya ha montado un pequeño local en su porche, y su nuevo espíritu proactivo le ha ayudado a ganar clientes.

“Me llena mucho arreglar el pelo de la gente. Trabajo con pasión. A veces algunas personas llegan tristes y se van contentas. Me gusta ver a mis clientes sonreír a causa de mi trabajo”.

Gracias a todo lo que ha vivido y aprendido últimamente, Joadson asegura que se siente más fuerte y lo atribuye a la PCU. “He aprendido que los jóvenes necesitan oportunidades. Ahora puedo enseñarles eso a otros, puedo animarles a aprovechar sus oportunidades”, sostiene.

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Marvin Oliveira da Silva se asoma a la calle que hay frente a su casa. A su padre no le gusta que esté en la calle después de la escuela; le dan miedo las malas influencias.

Marvin

Cuando no está en la escuela, Marvin Oliveira da Silva está en casa, donde pasa la mayor parte del tiempo escuchando música y navegando por las redes sociales. A su padre no le gusta que esté en la calle después de la escuela; le dan miedo las malas influencias. “Solo salgo para jugar al fútbol”, dice.

Marvin perdió a muchos de sus amigos de la infancia por el tráfico de drogas. “Solíamos jugar en esta calle. Es muy triste ver a los niños con los que jugaba corrompidos, saber que en cualquier momento pueden morir o ser asesinados sin motivo”.

Marvin, además, tenía tendencia a ir por el mal camino. Era desobediente en la escuela y sacaba malas notas.

“Los profesores se quejaban… Decían que me iban a expulsar de la escuela”, recuerda. “Después me di cuenta de que iba a cumplir 13 años y que no quería seguir así. No quería ver a mi padre llorando en la escuela, ni a su mujer. Por eso, decidí ser mejor persona. Yo sabía que podía ser mejor persona”.

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“Después me di cuenta de que iba a cumplir 13 años y que no quería seguir así
…Sabía que podía ser mejor persona”.

 

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A principios de 2016, Marvin recibió la invitación de un amigo suyo para participar en una charla de la PCU. Poco después comenzó a asistir con frecuencia y se unió a un grupo de adolescentes para hablar sobre su vecindario. Fue entonces cuando empezó a entender la influencia negativa de los problemas que le rodeaban (la prostitución, la delincuencia y el tráfico de drogas), de todo lo que sucedía justo en la calle donde está su escuela.

Marvin comenzó a compartir lo que aprendía con sus amigos de la escuela: “Me reunía con mis compañeros de clase y hablábamos sobre el tráfico de drogas y los embarazos adolescentes [y los peligros que conllevan]”.

Ahora Marvin asegura que quiere ser un ejemplo para otros niños. Recuerda con alegría cuando su madrastra fue a su escuela y escuchó los piropos que su profesor le dio por sus notas y su comportamiento. “Mi padre estaba feliz. Mi familia estaba feliz. Eso me hizo mejor persona”.

En la azotea de su abuelo, este adolescente contempla a los niños que juegan en la calle. Le gustaría poder bajar con ellos, pero no solo para jugar, sino también para darles un consejo: “Les diría: ‘tened cuidado con vuestras amistades. Y si queréis ser alguien en la vida, estudiad”.

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Moisés Maciel da Silva se enteró de que era VIH positivo justo después de su 18 cumpleaños. Ahora trabaja en un servicio para la salud que ofrece pruebas gratuitas de VIH y atención especializada para los jóvenes y la comunidad LGTB.

Moisés

Cuando Moisés Maciel da Silva cumplió 18 años, su vida cambió para siempre: dio positivo en las pruebas de VIH. La noticia fue un duro golpe para él, pero con el tiempo y con la ayuda incondicional de su madre empezó a recuperarse. “La cabeza bien arriba”, le decía ella constantemente.

Cuatro meses después, Moisés solicitó unas prácticas en Young SUS, un proyecto dirigido por el gobierno local que tiene como objetivo ayudar a la población del sistema público de atención a la salud. “Fue entonces cuando me di cuenta de que era posible vivir con VIH, y lo hice porque estaba allí y ¡estaba vivo!”, sostiene.

Como aprendiz en Young SUS, Moisés empezó a colaborar con Young Live Better Knowing [Los jóvenes viven mejor si saben], una iniciativa conjunta de UNICEF, la ciudad de Sao Paulo y la ONG Viração centrada en hacer pruebas de VIH de forma gratuita como medida preventiva.

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“Fue entonces cuando me di cuenta de que era posible vivir con VIH, y lo hice porque estaba allí y ¡estaba vivo!”
 

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Todos los viernes y sábados por la noche, Moisés va un famoso local de LGBT del centro de la ciudad donde él y sus colegas se preparan para realizar pruebas de VIH y ofrecer asistencia y cuidados a quienes necesiten información sobre las ETS y el VIH.

Ese intercambio de experiencias con otros jóvenes sumado a todo lo que ha aprendido durante este proceso le ha llenado de fuerza. “Además de saber que es posible vivir con VIH, ahora siento que yo tengo el control. Siento que tengo las riendas de mi vida”.

En la actualidad, cuando no está estudiando para presentarse al examen de admisión a la Universidad, Moisés se dedica a “despejarse la mente” aprendiendo italiano y francés o soñando con vivir en el extranjero y seguir ayudando a la gente. “Este deseo que tengo de ayudar a los demás es algo que me ayuda a seguir. Quiero ayudar a otras personas mediante la atención a la salud”, asegura. Moisés también sueña con poder ayudar económicamente a su familia y mejorar sus ingresos.

Por ahora, dice, “Sigo en construcción. Cada día dibujo un trozo del retrato de Moisés. Por ahora, todo lo que puedo decir es que Moisés es Moisés. Soy una persona sin etiquetas; pero, por encima de todo, soy una persona”.

>> Aquí puede obtener más información sobre el programa de la Plataforma para los Centros Urbanos.


 

 

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