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UNICEF en situaciones de emergencia

Los niños refugiados de las costas europeas

El peligroso viaje a Grecia en barca desde los ojos de una niña refugiada siria.

 

Por Amira Alameddine

En septiembre, UNICEF confirmó que al menos 4,5 millones de niños habían sido desplazados por el conflicto y la inestabilidad existentes en cinco países (Afganistán, Somalia, Sudán del Sur, Sudán y Siria), y que desde principios de 2015 más de medio millón de personas han cruzado el Mediterráneo para llegar a Europa, una quinta parte de ellas, niños.

Tanto si viajan por tierra o por mar, todos ellos llevan consigo la carga física y emocional de la guerra y el desplazamiento.

En la isla griega de Lesbos, dos niños sirios que han llegado con otros familiares relatan la esperanza y la desesperación que los llevaron a este viaje largo e incierto.

LESBOS, Grecia, octubre de 2015 – Lejos de casa, en un recinto para sirios que solicitan asilo en Lesbos, Malak se entretiene jugando con un gato blanco. Esta ha sido su casa durante el último mes, después de que ella y su madre hicieran el terrible viaje en barca desde Turquía.

El peligroso viaje a Grecia en barca desde los ojos de una niña refugiada siria.

Esta isla idílica que, normalmente, acoge a 85.000 personas, ha visto aumentar su población con la llegada a sus costas de los refugiados procedentes de Oriente Medio que huyen de la crisis que se ha desencadenado en esa zona en los últimos años.

“Temía por mi madre”

Esta niña de 7 años empieza diciendo que su viaje hasta Lesbos fue sencillo, pero pasados unos instantes van aflorando en su memoria los recuerdos de la barca hinchable en la que viajaron, y comienza a hablar de las dificultades a las que tuvieron que enfrentarse su madre y ella. Habla más bajo, sus movimientos se hacen más rígidos y baja la mirada para evitar el contacto visual. Según cuenta, en la barca viajaban unas 50 personas, a pesar de que solo tenía capacidad para 20. Hacía frío y tenía miedo.

“El agua entró en la barca y me llegó hasta las rodillas. Yo iba sentada en el regazo de un hombre y temía por mi madre, porque padece dolores fuertes de espalda”, explica mientras señala sus rodillas. Asiente con la cabeza como si estuviera de acuerdo con las imágenes que pasan por su mente: “Tenía miedo de que la barca colapsara en mitad del mar, que se hundiera y nosotros pudiésemos morir. Temía por mi madre, y mi madre temía por mí”.

Reunificación

El hermano mayor de Malak ya ha encontrado asilo en Alemania, así que su madre decidió viajar a Grecia y solicitar la reunificación familiar.

Imagen del UNICEF
© UNICEF/NYHQ2015-2506/Romenzi
Malak, de 7 años, en el centro de recepción de Kara Tepe, en la isla de Lesbos, al noreste del mar Egeo.

Cuando Malak y su madre llegaron a la isla griega, su plan era reunirse con su padre y sus otras dos hermanas. Sin embargo, a ellos les costó unos siete intentos llegar a las costas de Lesbos, donde además fueron atacados por un barco de ladrones armados que robaron todo lo que los refugiados llevaban consigo. Finalmente, la familia logró reunirse gracias a la ayuda del gobierno griego.

La carga del desplazamiento

Cuando Malak habla de su viaje a Europa, se refiere al trayecto que comienza en Siria, continúa por Turquía y termina en Grecia, todo en avión. Lesbos no forma parte de su historia, ni tampoco el viaje por mar en la barca hinchable.

Su decisión de olvidar esos incidentes es fundamental para conseguir adaptarse a su nueva realidad.

Cuando le preguntan dónde durmieron la noche que llegaron, Malak se echa a reír. Dice que no se acuerda. Lo más probable es que, al igual que el resto de los refugiados, durmiera en la calle arropada únicamente por las mantas que proporciona la policía. Sí se acuerda de que intentaron detener a cuatro o cinco taxis para que los llevaran, pero ninguno quiso; ella es demasiado pequeña para entender que todos los transportes públicos de Lesbos y de Grecia tienen prohibido por ley llevar a refugiados.

Cuando le preguntan dónde durmieron la noche que llegaron, Malak se echa a reír. Dice que no se acuerda. Lo más probable es que, al igual que el resto de los refugiados, durmiera en la calle arropada únicamente por las mantas que proporciona la policía. Sí se acuerda de que intentaron detener a cuatro o cinco taxis para que los llevaran, pero ninguno quiso; ella es demasiado pequeña para entender que todos los transportes públicos de Lesbos y de Grecia tienen prohibido por ley llevar a refugiados.

Vigilar de cerca a los demás

Mustapha tiene 13 años, es de la ciudad siria de Alepo y va de viaje a Alemania. Salió de Turquía y ha llegado a Lesbos con su madre, su hermano, su cuñada y su sobrina, tras un terrible viaje en barca.

Imagen del UNICEF
© UNICEF/NYHQ2015-2501/Romenzi
Mustapha tiene 13 años y llegó a Lesbos con su madre, su hermano, su cuñada y su sobrina tras un terrible viaje en barca. En la imagen, se encuentra al exterior de una tienda de campaña en Idomeni, Grecia, cerca de la frontera con la antigua República Yugoslava de Macedonia.

Cuando llegaron, durmieron en el campo informal de Kara Tepe, el centro de registro de la isla para refugiados sirios. Allí, la gente duerme en tiendas instaladas por ACNUR, o en tiendas recreacionales, si se las pueden permitir; algunos en colchones y otros directamente sobre el suelo. Como muchos otros, Mustapha y su familia pertenecen a esta última categoría, porque prefieren guardarse el dinero para el viaje.

Por la noche, no hay electricidad en el campamento; durante el día, hay tantas familias amontonadas en espacios pequeños y al aire libre que nadie tiene intimidad. Mustapha y su familia pasan la mayor parte del tiempo sentados juntos para que así cada uno de ellos pueda vigilar de cerca a los demás y proteger el grupo. Mustapha enseguida sigue a su sobrina si ella echa a andar, y su hermano lo vigila a él si lo ve alejarse para hablar con otros niños de su edad.

Su primer viaje por mar

Cuando le preguntan por su travesía por el mar, Mustapha afirma que esta ha sido la primera vez que viajaba en barca. “La barca estaba llena de gente y los contrabandistas seguían montando a más. Me daba miedo que la barca pudiera romperse por la mitad, que nos cayéramos al agua, nos hundiéramos, nos ahogáramos y muriéramos. Pero, por suerte, eso no ocurrió”.

Durante el viaje, la pierna de Mustapha se quedó atrapada bajo algo que pesaba mucho, aunque él no recuerda si era el peso de la gente o de las maletas. Sentía un dolor insoportable, recuerda, y de repente empezó a llorar y no podía parar.

“Poco después de llegar a la costa [de Lesbos], conseguí empezar a mover un poco la pierna, y poco a poco recuperé toda la movilidad”, cuenta. Cuando su barca por fin llegó a la orilla, caminaron desde el medio día hasta la mañana siguiente para llegar a Kara Tepe.

Dificultades diarias

En la isla, la mayor parte de los refugiados compran pan, agua y otros alimentos en la cantina del campamento. La distribución de alimentos es limitada. Las instalaciones formales cuentan con una distribución de alimentos más regular y controlada, pero en los campamentos informales funciona de un modo más aleatorio, y a menudo ocurre que los más jóvenes y sanos no respetan las colas de los puntos de distribución y hacen que los demás se queden sin nada. Hay gente que asegura no haber comido nada en días.

“Siempre estábamos asustados. Donde vivíamos siempre había guerra”, cuenta Mustapha.

Cuando le preguntan cómo era su vida en Siria antes de irse, Mustapha recuerda el miedo que tenía de que alguna facción armada o el propio ejército sirio reclutaran a sus hermanos. Sin ellos, la familia habría sido incapaz de salir adelante, especialmente con la subida de los precios del pan y otros alimentos básicos.

El ambiente que se respira en la isla le hace recordar esos sentimientos, el miedo constante a pasar hambre, y conforme habla, repite las mismas preguntas: “Si no tenemos dinero, ¿qué hacemos? ¿cómo vamos a sobrevivir? A los pobres no se les da nada”.

Uno de los hermanos de Mustapha se atrevió por fin a huir a Alemania para evitar que lo reclutaran para luchar. “Cuando se fue, lloré mucho. Lloraba y sentía una pena muy grande”, sostiene Mustapha, con la voz quebrada por la emoción. “Yo quería irme con él, pero mis padres no me dejaron. Decían que era demasiado joven”.

La posibilidad de reunirse con su hermano es una de las pocas cosas que permiten a Mustapha mantener la esperanza durante este largo viaje.


UNICEF trabaja estrechamente con los países miembros de la UE para promover y mantener las operaciones de búsqueda y rescate por tierra y mar, el suministro de los recursos necesarios para ofrecer servicios esenciales, la puesta en marcha de procedimientos de asilo cuya prioridad sean los intereses de los niños, así como el uso de centros de detención de niños solo como último recurso y durante el menor tiempo posible. Con todo esto, se pretende garantizar que los niños que forman parte de este movimiento masivo de inmigrantes que llegan a Europa reciban la protección que necesitan allá donde estén buscando asilo.

 


 

 

Fotografía UNICEF: En busca de esperanza

 

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