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UNICEF en situaciones de emergencia

En medio de la crisis europea de refugiados, los niños cuidan de sí mismos y de los demás

Por Christopher Tidey y Ashley Gilbertson

Casi escondidos entre las miles de personas que llegan cada día a Europa en busca de seguridad y de una vida mejor, los niños que viajan sin sus padres ni otros adultos forman un grupo especial, el de menores no acompañados. Cada uno de ellos tiene una historia, y todos necesitan ayuda. A continuación presentamos a algunos de ellos. 

PRESEVO, Serbia, 13 de octubre de 2015 – Cuesta trabajo comprender el nombre de este niño porque intenta decirlo entre sollozos. Está abrumado por la cantidad de gente que da vueltas por la calle a su alrededor, por los oficiales de policía y el personal de UNICEF, que intentan hablar con él en una lengua que no comprende. No ve a su familia por ninguna parte y está asustado.

Imagen del UNICEF
© UNICEF/NYHQ2015-2587/Gilbertson VII
Ali Abdul-Halim, de 17 años, mira a su hermano Ahmad Abdul-Halim, de 15, que está hablando por teléfono. Están junto al mar, cerca de Skala Eressos, un pueblo situado en la isla de Lesbos y en la región de las Islas Egeas, al norte de Grecia. Son menores no acompañados que acaban de viajar a Europa desde su hogar, en el Distrito de Baalbek, Líbano

“Hassan”, consigue decir por fin, señalándose. Se llama Hassan. Levanta las dos manos para indicar su edad. Hassan tiene 10 años.

Un traductor árabe se une al grupo para ofrecer su ayuda, y pronto obtenemos más información. Hassan es sirio y lo han separado de su padre en mitad de la aglomeración de personas que esperaban para entrar en el centro de recepción de Presevo, Serbia, tras haber cruzado la frontera desde la antigua República Yugoslava de Macedonia.

Gracias a la ardua tarea llevada a cabo por la policía y los trabajadores humanitarios, el padre de Hassan aparece frente a la entrada del centro. En cuanto se encuentran, y aunque todavía se ven el miedo y la angustia en sus rostros, Hassan se siente a salvo con su padre.

Cada día se repiten escenas similares, cuando miles de niños refugiados e inmigrantes cruzan las fronteras europeas para escapar de la violencia del conflicto y de la persecución y las privaciones a las que estaban sometidos en sus países de origen. La mayoría de los niños que hay inmersos en el conflicto que sacude a Europa viajan con sus padres. Otros muchos, sin embargo, por alguna razón realizan parte del viaje sin la protección y el apoyo directos de unos padres o madres, o de otro adulto responsable.

Puede que esos niños no estén “solos” en el sentido estricto de la palabra –algunos grupos de adolescentes viajan juntos, por ejemplo, y un niño de 10 años como Hassan se podría separar de su padre en medio del caos de la frontera pero reunirse con él poco después– pero, sea como sea, son vulnerables y están muy expuestos a que alguien viole sus derechos.

En situaciones como la que afrontó Hassan, es fácil averiguar la razón por la que un niño se separa de su familia o viaja sin ellos, y buscar un remedio rápido. Los niños pequeños son los que padecen más riesgo de separarse de sus familias en medio de las multitudes –en las que a veces hay hasta miles de personas– que forman colas en las fronteras y en los centros de recepción, lugares donde el flujo de gente está restringido, lo que provoca aglomeraciones y caos.

Pero hay otros casos mucho más complejos.

Unos hermanos en continuo desplazamiento

El 28 de septiembre, Ali Abdul-Halim, de 17 años, y su hermano Ahmad, de 15, llegaron a la isla griega de Lesbos en una embarcación junto a otros refugiados procedentes de Siria, Iraq y Afganistán. Todos los niños que había a bordo iban con sus padres; todos, excepto Ali y Ahmad. Los hermanos, considerados menores no acompañados, habían viajado juntos desde su hogar en Baalbak, en el Líbano, primero hasta Turquía y luego hasta Grecia, pero sus padres se quedaron atrás.

Su familia los mandó a Europa porque la presencia de grupos armados había convertido su comunidad en un lugar poco seguro. Además, la familia estuvo envuelta en una disputa sangrienta en la que las vidas de Ali y Ahmad quedaron directamente amenazadas. “No hay seguridad. No hay trabajo. Pero sí hay muerte, todos los días”, dice Ali.

Durante el viaje, mientras cruzaban el mar, empezó a entrar agua en la embarcación y la gente temió que pudiera hundirse. En esos momentos de tensión, Ali solo podía pensar en su familia. “Primero, pensé en mi madre”, dice Ali. “Estaba muy, muy, muy asustado y lo pasé mal, pensábamos que podríamos morir de un momento a otro porque no sabemos nadar. No era una embarcación muy buena, era simplemente una barca de goma que se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, y tenía tanto peso que podía volcarse en cualquier momento”.

Ya en la costa rocosa de Lesbos, después de lavarse, Ali telefoneó a sus padres para darles un mensaje corto pero cargado de esperanza: “Hola, llamo para tranquilizaros. He llegado a salvo a Grecia”.

Ali y Ahmad planean continuar su viaje por Grecia y otros países del sudeste de Europa, con la intención de llegar finalmente a Alemania. “Me encanta Alemania”, dice Ali. “Tengo el presentimiento de que mi futuro está ahí. Tengo amigos allí y me han dicho que hay trabajo, así que podré vivir con dignidad”.

Ali ha asumido la responsabilidad de su hermano pequeño para este viaje y para el futuro: el papel que tiene en su familia, ahora como adulto, de trabajar y cuidar de su hermano pequeño, a pesar de tener 17 años y ser, técnicamente, solo un niño. De hecho, estuvo trabajando a jornada completa en una peluquería desde que dejó la escuela en el noveno curso.

"Mi sueño es ser un hombre, un buen hombre, con dinero, capaz de ayudar al resto del mundo, empezando por mi familia", dice Ali.

En la mayoría de situaciones de crisis humanitarias, cuando se identifica a un niño que se ha separado de sus padres o que no va acompañado, las organizaciones de ayuda suelen proporcionarles cuidados y atenciones especializadas para ayudar a garantizar su seguridad. Sin embargo, en el contexto de la crisis actual de refugiados e inmigrantes, niños como Ali y Ahmad normalmente no quieren que se les detenga a mitad de su viaje por ser menores, y esto dificulta que los trabajadores humanitarios puedan darles protección y apoyo. Niños como estos quieren hacer todo lo posible por llegar a su destino final por sí solos, cuidándose los unos a los otros a lo largo del camino.

No todos los niños que atraviesan las fronteras europeas sin adultos tienen la suerte de contar con el apoyo de un hermano.

Esperando reunirse

Udai, de 13 años, viene de Siria y está en Serbia sin su familia.

Tras huir de la violencia en la zona rural de Damasco hace dos años, Udai, sus padres y sus hermanos menores viajaron a Turquía. Pronto, sus padres descubrieron que no tendrían suficiente dinero para pagarle a los contrabandistas para que los cinco pudieran embarcar para Grecia. Después de un año, sus padres tomaron la difícil decisión de dejar a Udai en Turquía con unos amigos, y el resto de la familia emprendió el viaje.

Imagen del UNICEF
© UNICEF/NYHQ2015-2538/Gilbertson VII
Un niño que acaba de llegar solo contempla desde la orilla a los migrantes que se acercan a tierra en una balsa de goma, cerca de la ciudad de Mithymna, en la isla de Lesbos, el 28 de septiembre de 2015.

Después de varios meses, los familiares de Udai llegaron a Alemania y le enviaron dinero para que pudiera hacer el viaje y reunirse con ellos. Udai viajaba con otros refugiados sirios, y no fue hasta que llegó a Belgrado a mediados de agosto cuando los trabajadores sociales se dieron cuenta de que iba solo. Lo llevaron a un centro de acogida de la ciudad de Banja Koviljaca, en Serbia, donde permanecerá hasta que su petición de asilo sea procesada en Alemania y pueda reunirse con su familia. “Cuando se dieron cuenta de que estaba solo, me trajeron aquí”, explica.

En persona, Udai no muestra signos evidentes de haber pasado varios meses solo como un refugiado de 13 años. Es tranquilo y se muestra confiado y pragmático ante su situación. Dice que echa de menos a su familia, pero es consciente de que en el centro de acogida y con los cuidados de los trabajadores sociales se encuentra más seguro de lo que estaría en la calle.

El centro de acogida donde se encuentra Udai tiene un dormitorio en el que comparte habitación con un niño de Sri Lanka algo mayor que él. Lo cuidan bien. “Por la mañana desayuno y luego voy a la escuela”, cuenta Udai. “Estoy aprendiendo serbio y voy a clase con otros niños y niñas. Lo que más disfruto hacer son los deportes y las clases de arte. Me gusta el baloncesto”.

Udai mantiene el contacto con su familia por teléfono, sobre todo con su madre, que se preocupa constantemente y está desesperada por volver a tenerlo junto a ellos. Las autoridades serbias y las alemanas también están en contacto con la familia por la situación de Udai, y trabajan para conseguir que se reúnan pronto.

Un desafío constante

No existe un método uniforme para atender a todos los niños no acompañados y separados de sus familias que están en continuo desplazamiento por Europa. Cada caso es diferente, y cada uno de esos niños tiene unas necesidades y unos puntos débiles particulares. Hassan, de 10 años, se encontró solo en medio de una montaña de equipaje en Presevo, y hubo que llevárselo de inmediato a un lugar seguro en el que pudiera permanecer hasta que encontraran a su padre. Ali y su hermano, de 17 y 15 años respectivamente, se habrían sentido muy mal si les hubiesen intentado retener pese a sus esfuerzos por llegar a Alemania porque técnicamente no son adultos; mientras que Udai, de 13 años, corrió un gran riesgo al viajar solo.

El desplazamiento de niños separados y no acompañados no es más que una crisis dentro de otra crisis. Mientras se proponen soluciones que resuelven los problemas a corto plazo, estos niños siguen viniendo a Europa en busca de seguridad y de una vida mejor. Encontrar formas de ayudarlos es un desafío en el que debemos seguir trabajando.


 

 

Fotografía UNICEF: En busca de esperanza

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