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UNICEF en situaciones de emergencia

La humanidad de una madre que ayuda a otras madres refugiadas a sobrevivir

A medida que las familias de refugiados llegan a las costas de Lesbos, Grecia, Darcia Christiana Fleur ofrece apoyo e información crítica para ayudarles a recuperarse de su viaje (en inglés).

 

Por Thomas Nybo

Una mujer holandesa viajó a Grecia con la intención de repartir portabebés para las madres que llegan a la costa. Al final, ha terminado dando mucho más que eso.

LESBOS, Grecia, 28 de septiembre de 2015 — “Todos los botes llevan niños a bordo”, explica Darcia Christiana Fleur, que espera de pie en la orilla rocosa a que llegue la primera embarcación de inmigrantes y refugiados desde Turquía.

Imagen del UNICEF
© UNICEF/2015/Nybo
Darcia Christiana Fleur viajó como voluntaria desde Holanda hasta la isla griega de Lesbos, cerca de la costa de Turquía, para ayudar a las madres y los niños que llegan a las costas europeas.

Fleur viajó como voluntaria desde Holanda hasta esta isla griega cercana a la costa de Turquía para ayudar a las madres y a sus hijos. Es la fundadora y la directora ejecutiva de The Urban Baby Wearer, y llegó hasta aquí con la intención de repartir (y enseñar a las madres a utilizar) portabebés especializados con los que las madres pueden sujetar a sus bebés y llevarlos pegados al cuerpo. Dada la enorme demanda de servicios básicos, Fleur pasa los días ocupada acercándose a la orilla a recoger a los bebés de las embarcaciones que llegan y proporcionarles agua y mantas.

“Ayer tuve a un bebé de cinco días en mis brazos”, cuenta. “Estaba envuelto en un chaleco salvavidas. Alguien me dio un chaleco salvavidas y pensé, ‘¿por qué me das un chaleco salvavidas?’, y al mirar dentro me di cuenta de que había un bebé de cinco días”.

Esperar y comprobarlo

En un solo día, más de 40 botes han llegado a la isla. En cada uno de ellos viajan unas 50 personas que tuvieron que pagar a un contrabandista unos 1.300 dólares estadounidenses para realizar un viaje corto, aunque a veces peligroso, desde Turquía hasta Grecia.

“Yo soy madre, y lo que me inspiró fue ver a otras madres necesitadas”, afirma. “Porque si yo estuviera huyendo de una guerra con mi hijo, me gustaría que hubiese otra madre ahí para decirme ‘voy a ayudarte’”.

Hoy, casi una docena de voluntarios, entre los que se encuentran dos médicos, trabajan con Fleur. Pero no todos los días es así.

“A veces estás aquí y te encuentras con que eres el único y hay siete embarcaciones llegando a la costa”, explica. “Es muy difícil de coordinar, porque no sabes cuántos [botes] van a llegar. Lo único que puedes hacer es esperar y comprobarlo”.

Fleur está de pie en la orilla frente al mar, contemplando Turquía en el horizonte, cuando ve que otro bote aparece en la distancia.

Demasiados. Prometí a esa familia (señala a una familia que descansa en el suelo cerca de ella) que me los llevaría (a un centro de registro cercano) porque pensaba que solo quedaban tres embarcaciones por llegar, pero desde entonces he visto cuatro botes más, y este probablemente sea el quinto”.

A veces no llegan embarcaciones en muchas horas y, de repente, aparecen media docena a la vez. Fleur lleva binoculares para poder ver las embarcaciones que se acercan.

Imagen del UNICEF
© UNICEF/2015/Nybo
“Ayer tuve a un bebé de cinco días en mis brazos”, contaba Fleur. “Estaba envuelto en un chaleco salvavidas. Alguien me dio un chaleco salvavidas y pensé, ‘¿por qué me das un chaleco salvavidas?’”.

“En cuanto los localizas, tienes que averiguar su rumbo”, explica. “Tienes que ver hacia dónde se dirigen. Otro problema es que no llevan capitán. Entonces, los contrabandistas meten a la gente en el bote y se suben con ellos. En cuanto llegan a alta mar, saltan del bote y los refugiados se dan cuenta de que tienen que navegar solos”.

Cosas que solo sabe una madre

Una de las madres a las que ha ayudado hoy tenía una hija pequeña que llegaba en estado de pánico del viaje, por el balanceo del bote y la cantidad de gente que viajaba en él. Como madre de un niño de dos años, Fleur utilizó una táctica familiar para tranquilizar a la niña.

“En mi iPhone tengo una aplicación con canciones de cuna. De hecho, ahora está sonando Old McDonald had a farm. La niña estaba histérica, y como sé que mirar la pantalla tranquiliza a mi hijo, le di mi móvil a la niña con Old McDonald had a farm. Creo que eso, junto al hecho de que su madre la abrazaba con fuerza, hizo que funcionara”.

Hay ciertas cosas que solo sabe una madre, y esta es una de ellas. En solo unos segundos, la niña se relajó.

“No creo estar haciendo algo especial”, dice Fleur. Lleva aquí solo cuatro días y se irá pronto. “Creo que lo que estamos haciendo es humano, y por eso sé que volveré. Siento que no he terminado”.


 

 

Fotografía UNICEF: En busca de esperanza

 

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