Historias de vida

Vidas reales

 

El reinado de la libertad

Ella ya no recordaba que alguna vez fue elegida reina en un certamen de belleza, que había tenido cetro y corona. Y es que se trataba de recuerdos de la época en que había tenido una casa linda, un cuarto para ella sola. Todo aquello pertenecía al pasado, a los días en que estudiaba, modelaba, y comía tres veces al día una dieta balanceada.

Todo eso se le agolpó en su mente cuando sintió el primer sonido del flash y sonrió después de mucho tiempo: “No me hacían una foto desde que fui Miss”, dijo

Ahora, en el Centro de Migración, en Tumbes caminaba con sus tres hijos, uno delante de ella, el otro agarrado de su mano y la última, de apenas 9 meses cargada de su otro brazo.  Sus recuerdos salían sin parar. “Primero nos fuimos mi esposo y yo a Colombia. Luego él partió hacia Chile y yo di a luz a mi niña en Colombia. Hemos juntado todo nuestro dinero para poder sacar los pasaportes de los niños que se nos quedaron en Venezuela. Yo regresé y recién hemos podido empezar nuestro viaje hasta acá”.

En el Centro Binacional de Atención Fronteriza (Cebaf), que es el puesto de frontera, todos llegan primero a vacunarse. Luego de eso, Yésica fue a Migraciones con los niños, para que les sellen el pasaporte. De allí, cruzó la vereda hacia la carpa 7 de Salud y Nutrición que UNICEF tiene con la ONG Prisma. En ese lugar atendieron a los tres niños. A los dos mayores les dieron antiparasitarios y a la más pequeña, Alejandra, de diez meses, la pesaron y la tallaron mientras ella sonreía a todo el mundo. “Está baja de peso, pero debe ser por el trayecto”, le dijo el doctor. “Sólo se alimentó de mi pecho –respondió Yésica-, gracias a eso no se me deshidrató a pesar del camino, el cansancio. En Rumichaca hace un frío terrible y acá un calor tan fuerte. Pero ella siempre está de buen humor. Lo único que puedo darle es mi pecho. Y le hablo. Que todo esto ya va a pasar”.



Con la toalla que le dieron allí, secó su sudor y el de sus niños. “Quisiera bañar a mis hijos”, dijo. Entonces siguió su trayecto hacia la carpa 9 que está al final de todas. La de Salud e Higiene que UNICEF ha instalado junto a Cooperazione Internacionale (Coopi). El ambiente allí es fresco. Todos se sintieron aliviados. Se sentó esperando su turno. Delante de ella había otra madre con su bebé. Mientras tanto le dio de lactar a Alejandra y sus otros dos hijos se pusieron a jugar en la ruleta de la limpieza. La monitora del espacio les enseñaba a los niños diferentes artículos para asearse y si acertaban, los colocaban con un pega pega en una ruleta. Ese juego tan simple hizo tan feliz a los niños. El más grande respondía las preguntas y el más pequeño sacaba todo lo que el hermano ya había pegado. “Es que no quiero que se acabe el juego”, le dijo a la señorita que trataba de que no lo haga. “Cuando mi hermano termine de pegar todo, nos vamos a tener que ir y no quiero”, le dijo. Entonces la joven los dejó ser felices. Poner y sacar, comentar lo rico de un baño, lo fresca que se siente la boca cuando te lavas con cepillo y pasta dental. Los niños hablaron del jabón. Que huele rico y el shampoo también. Era un momento conmovedor. No había juguetes. Sólo unos cuantos cartones con dibujos, una ruleta simple y unos pega pega. Y muchas ganas de hablar. Muchas ganas de escuchar. Mucha paz.

Luego le tocó el turno a Yésica. Le dieron una bolsa de aseo con todo lo que le podía servir para el viaje:  jabón líquido, shampoo, repelente, bloqueador, pañales y muchas cosas más. Después los llevaron hacia las duchas. “No puedo creerlo”-dijo ella. “Voy a tener un lugar para bañar a mis hijos”.

Nunca la palabra “bañarse” fue tan apreciada como en ese momento. El agua cayendo por esos cuerpecitos, el jabón poniéndoles olor rico. Y ellos sonriendo, riendo a carcajadas mientras su madre los jabonaba con cuidado, con tranquilidad. Como si nadie quisiera que ese momento acabe. Allí mismo en el Cebaf, donde todo suena a trámite, esa familia encerrada en un tranquilo espacio había encontrado un poco de felicidad.



Ya cambiados, los niños querían jugar. Su madre tenía que averiguar cómo hacer para salir del Cebaf, llegar al centro de Tumbes y de allí embarcarse a Lima.  Frente a las duchas una carpa bullanguera les llamó la atención. “Espacio seguro para niños y niñas” decía a la entrada.  Allí varios niños pintaban, otros dibujaban, otros usaban las pizarras. Es la carpa número 8 de recuperación emocional que UNICEF junto a Plan Internacional ha instalado para bajar el estrés con el que llegan los niños y niñas después de días de viaje. Mientras sus padres se adentran en el mundo de los trámites y muchas veces deben hacer largas colas, los niños pueden quedarse en la carpa con el único objetivo de jugar.

Allí los dejó Yésica mientras fue a averiguar cómo seguir su viaje. “Este es el lugar donde me he sentido tan querida desde que comenzó mi viaje. Me han dado alimento, han atendido a mis hijos, les han visto su salud, los he podido bañar, ahora juegan. No tengo cómo dar las gracias” dijo mientras caminaba con pasos fuertes y decididos en medio de ese gran complejo de edificios que es la entrada al Perú.  Y mientras lo hacía, uno podía sentir que no necesitaba una corona para ser reina, ni un cetro para marcar el poder que le daba su decisión. No necesitaba nada de eso para sentirse genial. En ese momento ella saludaba al mundo mostrando el poder que le daba su decisión, la valentía de seguir caminando para reunir a su familia, la sonrisa perfecta de quien sabe que la verdadera felicidad estará en el momento que todos los latidos de su corazón, el de ella, el de sus hijos y el de su esposo, estén juntos. Mostrándoles a sus hijos, con su ejemplo, que el verdadero reinado en la vida es el de buscar la felicidad, decidirse a tomar el camino correcto y disfrutarlo con los seres que amas.

Tumbes - Febrero 2019

 

 
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