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Los sueños de Karen

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A los seis años perdió a su madre y a los doce a su padre. Ahora Karen, a sus 18 años, mece la hamaca en la que su pequeña hija descansa y confiesa que tiene dos sueños en su vida: “Ser una buena madre y ser enfermera”.

A diferencia de su hermana mayor, que tiene 35 años, la de Karen es una generación donde las mujeres no sienten como único destino la maternidad. Ha influido en ello el acceso a la Educación Intercultural Bilingüe y el saber que a veinte minutos de viaje en motocar está el Instituto Tecnológico de Masisea, donde se imparte Enfermería.

Como la mayoría de las adolescentes de la comunidad shipiba de San Rafael, en Perú, Karen es consciente de las oportunidades que trae consigo culminar la secundaria y seguir estudios superiores. Por eso, hace unos meses, a las responsabilidades del cuidado de su hija y de la manutención de su hogar, añadió la de retomar sus estudios. Actualmente cursa el segundo grado de secundaria.

La experiencia de una amiga y la existencia de un espacio seguro donde dejar a su niña fueron claves para esta decisión: “Cuando llevé a mi hija al Pronoei (Programa No Escolarizado de Educación Inicial) encontré trabajando ahí a una amiga que también tiene un bebé. Consiguió el trabajo porque tenía 5º de Secundaria. Entonces pensé que necesitaba conseguir un trabajo para ayudar a mi hijita a salir adelante y para conseguirlo debo terminar mis estudios de secundaria”, relata.

Si no abandona los estudios, Karen culminará la secundaria a los 21 años. No le asusta la edad, porque cuenta con el respaldo permanente de sus maestros: “Dejé el colegio porque me daba vergüenza asistir estando embarazada. No me consideraba buen ejemplo para las otras chicas. Para empezar, tenía otros planes. Pensaba ser madre cuando tuviera más de 30”, cuenta. Pero tuvo un camino diferente, como muchas otras chicas en la región Ucayali, donde el 23.1% de adolescentes entre 15 y 19 años son madres o están embarazadas.

Del padre de su hija solo dice que vive en Masisea, que nunca quiso cuidarse con preservativos y que actualmente no contribuye a la manutención de la pequeña: “Yo sabía que había píldoras y ampollas para cuidarme, pero me descuidé”, dice con timidez.

En San Rafael Karen no tiene la preocupación de pagar ni el agua potable ni la electricidad. No porque no quiera, sino porque en esta comunidad no hay ninguno de esos dos servicios básicos. Se le ha otorgado un espacio donde construir una casa y ella ha invertido 150 soles (US$ 45) en levantar los maderos que la sostienen y poner el techo, pero todavía no se ha mudado, y vive con una prima.

El ingreso económico de Karen es de 180 soles mensuales (US$ 55). Lo gana lavando la ropa de tres profesores de su escuela. De lunes a viernes desayuna y almuerza en el colegio. Con el dinero que gana prepara los alimentos que su hija lleva al Pronoei y la cena de ambas, compra el gas y va a Masisea cuando la niña o ella se enferman.

Por ahora, resuelve como puede los problemas y carencias del día a día. Pero en tres años, entre otras cosas, tendrá que conseguir los seis soles (US$ 2 aproximadamente) para solventar el viaje que a diario deberá hacer a Masisea para cumplir el segundo de sus sueños y convertirse en enfermera. El primero, ser buena madre, lo cumple cada día.

 

 

 
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