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“Puede que el agua haya inundado Cura Mori, pero no dejaré que sepulte mis ganas de estudiar”

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Fabian Castro Sosa corría alegremente tras una pelota de cuero en el centro poblado Eleuterio Cisneros. Las lluvias no cesaban, pero entre niños siempre había tiempo para jugar por la mañana. Mientras sus descalzos píes pateaban el balón, el aire fresco susurraba en sus oídos y el sol lo acompañaba a cada paso. Pero de pronto todo cambió cuando las sirenas sonaron incesantes anunciando que el rio se salía e inundaría en cualquier momento sus casas.

Fabian tiene13 años, y en marzo esperaba iniciar el primero de secundaria en el colegio Federico Villarreal. Su curso favorito es matemática, y había anotado con entusiasmo sus clases en su cuaderno cuadriculado. En las aulas del Villareal soñaba con ser un profesional y servir a su país, por eso había dibujado en ese cuaderno cómo se imaginaba dentro de diez años, y había suspirado al pensar una vida feliz con su familia en Cura Mori. El 27 de marzo el rio Piura se desbordó y Fabián perdió bajo esas turbias aguas toda su ropa, su cama, sus cuadernos. En ese momento también se le fueron sus ilusiones y sus sueños.

Esa misma tarde, acompañó a su familia a un parque ubicado en la parte alta del sector, donde los líderes de la comunidad se reunieron para tomar una decisión. Solo quedaba un camino: salir de allí con lo poco que habían podido rescatar. Fabian subió entonces a un camión del Ejército, no entendía claramente lo que pasaba. En el camino abrazaba su mochila como buscando aferrarse con fuerza a algo, allí había guardado solo dos libros que había rescatado. En ese momento volvió la mirada hacia atrás, y pudo ver esa masa de agua marrón cubriendo su casa, sus calles, sus recuerdos.

“Mis papas me decían que muy pronto esto iba pasar, pero mi hermana más pequeña, Adriana, lloraba. Yo la abracé y le decía que donde íbamos ya no había esa agua y estaríamos mejor. Y así fue como llegamos a Santa Rosa, pero había mucha arena, intenso calor y no había sombra donde refugiarse”, recuerda Fabián. Allí se instalaron y formaron el campamento Santa Rosa en el kilómetro 980 de la carretera Panamericana.

Fabián pasó un mes sin asistir a su colegio, debido a lo deteriorado de los caminos y a las distancias. Pero una tarde mientras apretaba un lapicero y hojeaba su libro de matemáticas, recordó su sueño de estudiar y ser un profesional. Entonces sonrió y tomo una decisión: “puede que el agua haya inundado Cura Mori, pero no dejaré que sepulté mis ganas de estudiar”, se dijo, y en ese momento se levantó para trabajar por sus sueños.

Coincidentemente, por eso días se instalaron algunas aulas para los niños damnificados en Santa Rosa. Fabian volvió a estudiar, aunque con nuevos compañeros y algunas dificultades. Las aulas no tenían piso y por las incipientes ventanas de triplay el viento entraba con fuerza por las tardes. Sus pies se hundían en la arena blanca mientras oía clases, y a ratos el viento ingresaba con granos de arena. A veces era inevitable que sus ojos se irriten tratando de ver la pizarra, pero aun así asistía todos los días. Había que perseverar en su decisión.

Al poco tiempo el Ministerio de Educación con el acompañamiento técnico de UNICEF y Plan Internacional terminaron la instalación de diez nuevas aulas temporales adecuadas para la zona. Las nuevas aulas tenían piso. Fue una gran alegría estar en suelo firme.

“Las clases son mejores en estas aulas porque los profesores nos enseñan más tiempo y se preocupan por cómo nos sentimos. Además, se creó el Club de Higiene donde aprendemos prevención contra el dengue, y asistimos a las carpas de recuperación escolar, allí aprendí geometría”, cuenta con alegría Fabián.

Han pasado siete meses desde la inundación y Fabián tiene además de nuevas aulas, material educativo que UNICEF le entregó en un kit escolar. Allí recibió también otro cuaderno cuadriculado, donde ya empezó a anotar sus clases, y sumar nuevos sueños.

 

 
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