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“Quiero ser una buena enfermera para ayudar a mi comunidad”

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Sandy tiene unos ojos negros preciosos. Tan lindos como la selva que la rodea. Tiene 14 años y camina por la selva de su comunidad shipiba de Nueva Palestina con una libertad incomparable. Su sonrisa no desaparece mientras nos guía por aquellos interminables caminos y nos cuenta sobre su vida, sus tres hermanos menores que ella y su casa con techo de hojas y su cocina que da al río. Voltea y sonríe, nos lleva la delantera, abriendo camino. Un camino que para ella es duro pero no imposible de superar.

Para llegar donde ella vive hay que navegar desde Pucallpa durante cinco horas por los ríos Ucayali y Tamaya. La comunidad shipiba asentada en esa zona llega a 350 personas. Allí no hay agua ni desagüe. La población consume agua de río, la misma que usan para beber y cocinar. Como en muchas otras comunidades de la selva, el aseo personal y el lavado de ropa lo realizan también en el río. “La contaminación acá es muy grande”, nos dice Sandy y nos recuerda que tampoco tienen baños. “Todas nuestras necesidades las tenemos que hacer en el monte”, afirma con tristeza.

Pero Sandy no pierde el ánimo “Mi familia es muy trabajadora” nos cuenta. Su padre y su madre trabajan en el campo desde muy temprano en la mañana, cultivan plátanos y de acuerdo a la temporada también cosechan yuca y maíz. “Algo que hacemos juntos es la pesca. A mí me gusta pescar. Sacamos varios peces que luego mi mamá los cocina muy rico”.

Sin embargo, su gran preocupación es la escuela. “Ahora estoy en segundo de secundaria porque tengo escuela en mi comunidad. Pero a veces me preocupa que las cosas no vayan bien. Tengo una amiga que ha salido embarazada a los 17 años y se ha ido de la escuela. Ya no la vemos en la comunidad. Eso no es bueno. Creo que todos debemos tener derecho a seguir adelante. Yo, por ejemplo, quiero seguir estudiando y cuando me vaya de mi comunidad será para convertirme en una buena enfermera. Acá se necesita mucho de eso. Los niños se enferman mucho. A mí me gustaría trabajar en eso. En ayudar para que los niños se enfermen menos, dar charlas a las madres para que sepan cuidar a sus hijos”, dice Sandy con una madurez que trasciende su edad.

Ella, como muchos jóvenes de Nueva Palestina no son ajenos a las enfermedades que se presentan en la zona. En su comunidad no existe un servicio de salud y cuando se enferman y necesitan ayuda médica deben caminar una hora y media para llegar al Puesto de Salud más cercano.

Sin embargo, a pesar de todas estas dificultades, Sandy sigue adelante. Ayuda en casa hasta el mediodía y luego, en la tarde, va a la escuela. Es una buena alumna y trata siempre de mejorar para que cuando tenga que irse a estudiar fuera, pueda conseguir sus objetivos. “Yo sé que tengo que estudiar mucho para lograr ser una enfermera. Cuando le digo eso a mi mamá, ella se pone contenta. Quiero que tenga esperanza conmigo”, dice la niña de apariencia frágil pero con un ánimo que contagia.

Sandy tiene varios amigos y amigas en su comunidad a quienes orienta y les da consejo sobre problemas propios de la adolescencia. “No la tenemos fácil”, dice, pero termina su oración con “si nos esforzamos, vamos a poder”. Allí en medio de la selva la dejamos. Rodeada de otros chicos y chicas como ella. Conversando de sus planes y de su futuro. Con esperanza, con firmeza. Sus risas contagian. Las preocupaciones las miran y las enfrentan. Son adolescentes y tienen además de la esperanza, la decisión de salir adelante. Ellos valen un Perú.

 

 
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