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Cuando la sonrisa vence al miedo: “Si confiamos en las cosas que soñamos, esta vez el viento está a nuestro favor”

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Adriana Santos juega en Piura

A Adriana Santos Silva le gusta cantar. Y mientras entona una melodía, sueña con ser cantante y dar grandes conciertos para llevar alegría y esperanza a los niños y niñas de todo el mundo. Sus amigos y amigas la miran con emoción y estallan en aplausos cuando termina la canción. Adriana sonríe plena de alegría, y luego se une al juego con sus compañeros. Juegan al Fútbol con Valores, donde dos equipos mixtos persiguen la pelota para anotar un gol, “pero si hay faltas de conducta se les descuentan puntos”, advierte el árbitro. Adriana le sonríe y sigue jugando.

Adriana tiene nueve años y asiste los miércoles y viernes por la tarde a la carpa del Espacio Amigable, instalado en el Centro Poblado Pedregal Grande del distrito de Catacaos. Una vez adentro, la alegría se apodera del ambiente. Su sonrisa se alarga impregnándose entre pelotas de colores, fotografías, marcos coloridos, dibujos de fantasía y una contagiante música compuesta de risas e inocencia. Son niños y niñas que han vivido los avatares de la naturaleza. Todos ellos recuerdan con temor y tristeza la inundación del 27 de marzo.

“Creo que nunca podré olvidarme de esa fecha. Eran las nueve de la mañana cuando empezaron las alertas que avisaban del desborde del río. Mi mamá Fiorella, mi papá Andrés, mi hermana y yo, salimos rápido para la casa de mi abuelita Hilaria. Me quedé en el cuarto con mi hermanita y no vimos el agua del río entrar, pero sabía que todo era triste porque escuché llorar a mi tío. Después él trajo un bote para poder escapar y así llegamos a San Pablo y nos quedamos sólo una semana, porque había muchos zancudos”. Al volver a su casa, la encontró repleta de barro y arcilla. “Llegaba hasta las ventanas. Si yo entraba me cubría toda, pero mi papá y mi tío sacaron el barro”, cuenta Adriana.

Su barrio ya no era el mismo. Respiraban barro y lodo. Parecía que una lluvia de tierra los hubiera cubierto. No se podía jugar. Sus amigos no se reían. “Todo era muy triste”, afirma la pequeña Adriana, cerrando sus ojos como si quisiera escapar de aquellos días.

Adriana Santos en Espacio Amigable de la Niñez

Fue entonces que su madre se enteró de las carpas donde los niños y niñas podían asistir para jugar. Desde entonces, Adriana es una de las primeras en llegar al espacio amigable, instalado por UNICEF y Save the Children para atender la recuperación emocional de niñas, niños y adolescentes de los albergues de damnificados y de los poblados afectados por el fenómeno natural. Aquí Adriana juega y aprende a conocer sus emociones. “Cuando empecé a venir a la carpa me sentía contenta porque hice nuevos amigos y empezamos a jugar. Aquí aprendo sobre las emociones. Estar alegre es una emoción, también estar triste o enojada, pero a mí me gusta estar alegre”, cuenta.

Los juegos que más disfruta son el de las ollitas, el ula ula, y la ruleta. Este último es su juego favorito. Para jugarlo forma unos cuadros en el suelo, y les coloca números, luego lanza una piedra pequeña y empieza a saltar a través de los cuadros. Allí en medio de las carpas de albergados brota la felicidad. Cuando Adriana y sus amigos saltan bajo el sol, el viento les da en el rostro y se sienten libres de temores y protegidos entre ellos. El miedo ha quedado atrás.

“Mi hermana se llama Camila, y tiene ocho años. Yo soy la mayor y debo cuidarla, así que le digo lo que he aprendido: el desborde del río y las lluvias ya pasaron, somos fuertes y debemos jugar, aprender y estar alegres”. Así sonríe Adriana, y luego sigue cantando: “Hay que buscar algo mejor, y desafiar las reglas con el corazón, y si confiamos en las cosas que soñamos, seguro que esta vez el viento está a nuestro favor…”

 

 
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