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El espacio preferido de John Alexander

 
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Rosaspata es una comunidad ayacuchana de casas de adobe y piedra blanquecina incrustada entre los cerros. A sus pies corre un riachuelo de aguas cristalinas, que ininterrumpidamente arrulla a sus acogedores pobladores.

Todo es cercano en Rosaspata: los amigos, la cosecha, la iglesia, la escuela, la bodega, el centro de salud. Por eso Paulina y su hijo Jhon Alexander pasan varias veces al día por la puerta del centro de salud. Cuando lo hacen, la mano del hijo aprieta con insistencia la de la madre. Paulina disfruta ese momento. Ese apretón es señal de triunfo.

Y es que John, quien nació antes de tiempo y con apenas 40 centímetros de talla, desde muy pequeño se resistía con todas sus fuerzas a los controles de crecimiento y desarrollo. Pero Paulina insistía en llevarlo, porque intuía que solo así evitaría que enferme. Cada vez que, a la usanza andina, colocaba al niño a su espalda para llevarlo al centro de salud, el pequeño rompía en llanto y se prendía de la trenza materna.

Las vacunas, el frío de su cuerpo sin ropa posado sobre la balanza, el contacto con seres extraños a su entorno lo aterraban de pies a cabeza y todo su ser se sacudía temblando de miedo.

Paulina recurrió entonces a la dulzura del quechua en su propia voz para calmar a su hijo. Antes de ponerlo en su espalda, se tomaba unos instantes para explicarle a dónde iban a ir, qué iba a suceder, a quién iban a ver y por qué eso podía ser bueno. “No solo te van a vacunar, también vas a jugar”, le decía. El niño se calmaba y finalmente, con resignación, aceptaba ir al centro de salud.

Poco a poco se convenció de que mamá decía la verdad. En una de esas visitas descubrió que en el establecimiento de salud habían acondicionado un espacio cuadrado acolchado y colorido, rodeado por juguetes. El ambiente era abrigado por un calefactor prudentemente arrinconado para que los niños y niñas no noten su presencia ni puedan tocarlo. Ahí gateaba libremente, descubría por sí mismo formas, texturas y colores de los juguetes que estaban al alcance de su mano.

Mientras jugaba, su madre conversaba con el enfermero sobre los cuidados que debía prodigarle al pequeño para que crezca sano y fuerte; para que desarrolle al máximo su inteligencia.

Cuando el niño cumplió su primer año de vida, el temor al centro de salud ya era un problema del pasado. Con sus primeros pasos se hizo evidente cuál era el lugar del pueblo que más le gustaba. Desde entonces, como hoy, al pasar ante la puerta del establecimiento de salud apretaba la mano de su madre o jalaba su falda en señal de que quiere entrar a jugar.

“Por las mañanas, al despertar comienza a toser y yo me preocupo pensando que debo llevarlo al centro de salud. Luego escucho su vocecita fingida diciendo “mamá llévame a la posta para que me den jarabe” me doy cuenta que lo que tienen son ganas de ir al consultorio de Control de Crecimiento y Desarrollo Infantil para ponerse a jugar”, relata la joven madre.

El establecimiento de salud de la comunidad de Rosaspata, es una de los centros de salud de Ayacucho en los que con el apoyo de UNICEF, el Comité Alemán y el Gobierno de Canadá se está promoviendo el desarrollo infantil temprano, y mejorando las condiciones de vida de los niños y niñas. Jhon es uno de los niños que han vivido este proceso. Con poco más de tres años Jhon actualmente asiste al centro de educación inicial. Empieza a descubrir nuevos espacios de juego, pero sigue jalando la falda de su madre y apretándole la mano cada vez que pasa cerca del centro de salud.

 

 
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