Todo cambia cuando te reciben con cariño

“Nos tenemos la una a la otra. Pero también nos hemos dado cuenta la solidaridad que hay. Cuando hemos llegado acá nos hemos sentido tan apoyadas, gracias por recibirnos así”.

Por: Elsa Úrsula
Una madre abraza a sus dos hijas al llegar a Perú.
UNICEF Perú

28 Mayo 2019

“Mis amigas lloraron conmigo” recuerda Fiorella sentada en una banca del Cebaf en la frontera para entrar al Perú. Tiene una vincha grande con los colores de Venezuela que su mamá le hizo. “Son lindas, pero no son comunes. Nos las ponemos y así mi madre puede vernos a mí y a mi hermana desde lejos” dice y trata de esbozar una sonrisa. Su pensamiento no está en ese lugar. Es como si se hubiera quedado detenido allá, en el patio de su escuela, cuando abrazada de sus amigas de primero de secundaria, les dijo que ya no había más remedio. Que su madre le había dicho que había llegado la hora de partir.

Ni Fiorella, ni Camila, su hermanita de siete años, ni su madre Dayana querían dejar su país. 

“Pero ya no había nada que hacer. Primero mis padres vendieron los autos, luego tuvimos que dejar nuestra casa. No había agua, no había nada. Nos fuimos a la casa de mi abuela. Pero todo se puso difícil. Mi mamá salía a buscar comida. Y así sobrevivimos hasta que un día ella nos sentó a mi hermana y a mí y nos dijo que teníamos que dejarlo todo. Ese fue un día muy triste. Nos abrazamos las tres y lloramos.”

Fiorella, Camila y su madre emprendieron así un viaje que nunca habrían querido hacer. Como muchos venezolanos y venezolanas, familias enteras, alistan maletas, bolsos, maletines y mochilas cargando todo lo que pueden llevar. “Pero nuestra familia que se queda, nuestros amigos, mi escuela, todo eso no los podemos traer. Es muy triste salir. Al primer bus que subimos, me tapé los ojos para no ver, para no sentir que ya me estaba yendo”, recuerda Fiorella.

Dos niñas sonríen. En el punto de frontera de entrada norte a Perú.
UNICEF Perú

Su madre Dayana cuenta que nunca habría imaginado tener que dejarlo todo para buscar una vida mejor para su familia. “Fuimos perdiendo lo que teníamos, porque necesitaba que mis hijas coman. El sueldo mínimo es de mil 800 soberanos y el kilo de carne cuesta 2 mil soberanos. Mire usted no más a qué nos enfrentamos. Hice todo lo que pude para no salir de mi país. No quería dejar a mi madre. No quería separar a mis hijas de su escuela. Ellas son muy inteligentes, les iba bien, eran felices. Pero cuando ya no tienes qué darles de comer piensas en los que se fueron y te das cuenta de que ese momento es el que se acerca para ti. Uno no se convierte en migrante porque quiere. Nos vimos obligadas a salir de nuestro país”.

Sortearon muchos obstáculos para llegar al Perú. “No puedo creer que lo primero que nos dieran cuando llegamos acá fuera una manzana, dice Dayana. Eso es un lujo para nosotros. Allá un kilo cuesta 30 mil soberanos. Esto no lo podemos comprar hace mucho tiempo”. Y lo dice con una sonrisa, viendo cómo sus hijas pueden comer por fin una fruta. Sentir que tienen una oportunidad de vivir mejor.

Me ha gustado mucho llegar a la carpa donde nos repartieron los útiles de aseo”, dice Camila, la más pequeña de la familia. En ese espacio, UNICEF de manera conjunta con su socio implementador Coopi, dan consejería sobre agua, saneamiento e higiene para viajeros. Allí, las tres encontraron un espacio donde descansar, recibir consejos para continuar su viaje y donde les entregaron una mochila con jabones, repelentes, cepillos de dientes entre otros implementos. “Lo que hacen acá con nosotros al recibirnos de esta manera, se los agradecemos mucho. Nos hacen sentir que les importamos, que somos queridas. Nos conversan, nos escuchan y nos ayudan. Gracias por recibirnos así. Todo cambia cuando te reciben con cariño”, nos dice Dayana.

No siempre las personas se convierten en migrantes porque quieren. Dayana y sus hijas tuvieron que hacerlo, pero enfrentan este nuevo reto con valentía y confianza. “Nos tenemos la una a la otra. Pero también nos hemos dado cuenta la solidaridad que hay entre los seres humanos. Cuando hemos llegado acá nos hemos sentido tan apoyadas. Eso alivia mucho el dolor de dejar la patria. Gracias por recibirnos así”. Dayana termina sus últimas palabras y sube al bus que la llevará a la terminal. Todavía tiene un gran camino para llegar a Lima. Pero esta parada le ha servido para recargar fuerzas, pero sobre todo esperanza de que algo mejor está por venir.