Septiembre de 2017 en México

Trabajando por la niñez tras dos terremotos

Pressia Arifin-Cabo, Representante Adjunta de UNICEF México
Pressia Arifin-Cabo en Morelos tras el terremoto del 19 de septiembre
UNICEF México / Verdeespina

12 Septiembre 2019

Dos años después de los terremotos ocurridos en México, todavía es importante hablar de por qué las niñas, niños y adolescentes son más vulnerables en los casos de emergencia y desastres naturales y por qué hay que prestar atención a sus necesidades particulares.

¿Qué pasó con niñas, niños y adolescentes luego del sismo?

Lo que sabemos es que fueron impactados de forma diferente a los adultos, porque debido a su edad y su desarrollo físico, emocional y cognitivo son muy vulnerables en situaciones de emergencia. En aquel momento, no todos regresaron a la escuela y no todos tuvieron un hogar, no todos recibieron la ayuda que necesitaban durante y después del desastre. Todo este tiempo después, todavía no tenemos información sobre cuántos niños, niñas y adolescentes fallecieron, sufrieron daños físicos o psicoemocionales, cuántos fueron desplazados, cuántos niños quedaron sin techo hasta ahora o cuántos no accedieron a educación por falta de la infraestructura adecuada.

Los niños, niñas y adolescentes son muy vulnerables durante situaciones de emergencia
UNICEF México / Verdeespina
Los niños, niñas y adolescentes son muy vulnerables durante situaciones de emergencia

El 19 de septiembre 2017, un martes alrededor de mediodía, salí de la oficina para comer una gran cantidad de arroz (como buena filipina) con cerdo en salsa agridulce. Recuerdo que ese mismo día, un par de horas antes hicimos un simulacro. La verdad no entendí porque se identificó a la esquina de la oficina como un lugar seguro, porque si realmente hubiera un temblor de verdad la gente estaría descontrolada, e incluso podría pasar que condujeran sus carros sobre las aceras, tal y como lo viví en Nepal, en el gran sismo de 2015.

En el camino al restaurante chino, sonó la alerta. Pensaba que quizás se trataba de un segundo simulacro. “Es la alarma sísmica”, dijo un vendedor. Lo miré, después miré al cielo y a mi alrededor. Nada. Hasta que empezó a temblar. Los carros estacionados se balanceaban como si estuvieran flotando en el mar. El suelo se movía y se movía. Conozco esta situación. Es como en Nepal otra vez, pensé. La gente gritaba con mucho miedo. No pasa nada. En pocos segundos se acabaría. Normalmente un sismo tarda un minuto o menos. Se va a acabar.

Finalmente terminó. Una colega que estaba conmigo empezó a llorar, traté de calmarla y seguimos el camino al restaurante chino a pedir el almuerzo. Pero de pronto me llegó la sensación de miedo e intenté respirar profundo; recordé que hacía apenas 12 días un terremoto había golpeado fuertemente en zonas del sur de México.

He trabajado mucho tiempo en situaciones de emergencia, tanto en UNICEF como en otras agencias, pero aún así, siento miedo.

Entonces, pensé en mis hijos y por suerte la escuela ya había mandado un mensaje confirmando que estaban todos bien; llamé a mi esposo y también estaba bien. Finalmente pude respirar. Llegó mi comida y empecé a comer. Mi colega seguía alterada y yo intentaba calmarla. Ninguna de las dos nos imaginamos lo fuerte que había sido este sismo.

Pronto empezaron a llegar mensajes de la gente de la oficina, preguntándome dónde estaba. Pagué el almuerzo, salí del restaurante y fui a buscar a mis hijos en la escuela, que está a 2 cuadras. Los llevé a la oficina, que encontré en estado de shock: algunos colegas nerviosos, otros llorando y otros impactados por las noticias que estaban llegando. Fue entonces cuando me di cuenta de que el sismo había sido más grande que lo que pensaba.

En aquel momento, el Representante estaba en Oaxaca, justamente atendiendo la situación de emergencia que dejó el sismo del 7 de septiembre, lo que significaba que ¡yo estaba a cargo! Siguiendo nuestro protocolo de emergencia, empecé a contar y ubicar a las personas, y tuve que llamar a la sede de UNICEF en Nueva York inmediatamente para informar sobre las consecuencias del sismo. Después, todos pudieron ir a casa mientras yo seguía tratando de superar el miedo que sentí.

Misión de evaluación rápida en Morelos
UNICEF México / Rocío Ortega

 

 

El miércoles 20, activamos el plan de continuidad de operaciones de la oficina y salimos a evaluar el daño en varias partes de la Ciudad de México. Al día siguiente (jueves 21), a las 7 de la mañana nos encontramos todos en la oficina, un grupo se desplegó a Puebla y otro a Morelos; terminamos la jornada poco después de las 10 de la noche y los dos grupos nos encontramos para cenar e intercambiar observaciones.

En esa misión, casi no encontramos lugares donde dormir, ya que muchos hoteles tenían daños estructurales. Tuvimos suerte de encontrar lugar en hoteles separados, compartiendo habitaciones. Éramos un equipo de 8 personas. En la noche, mientras tratábamos de descansar, la tierra se movía una y otra vez, toda la noche. Yo tenía mucho miedo de que el edificio se cayera.

 

 

El viernes 22 nos levantamos a las 6 de la mañana para desayunar y seguir con el trabajo. Llegamos a Jojutla, en el estado de Morelos. La destrucción era masiva: había mucha gente en la calle, las escuelas habían colapsado. Niñas y niños fueron afectados emocionalmente: cada vez que temblaba, lloraban y gritaban, no sólo porque se asustaban sino también porque sus padres lloraban y gritaban más fuerte que ellos.

Los albergues estaban llenos, no hubo espacio donde los niños pudieran jugar y en muchos casos estaban mezclados hombres, mujeres, bebés, niños, niñas y adolescentes; en algunos casos, los niños se quedaban en la calle con sus familias por falta de espacio.

El equipo de UNICEF en misión de evaluación en Morelos y Puebla
UNICEF México / Pressia Arifin-Cabo
El equipo de UNICEF en misión de evaluación en Morelos y Puebla tras el terremoto del 19 de septiembre de 2017

A los espacios acondicionados como refugio llegaron donaciones de todo tipo: hasta zapatos de tacón y mucha ropa usada. Había botellas de agua, bebidas y una gran cantidad de comida como sándwiches, enlatados, envasados y leche en polvo. En otras partes de Puebla y Morelos se veía lo mismo: muchas donaciones, pero un mecanismo de ayuda humanitaria con poca organización, falta de almacenamiento y, en algunos casos, desperdicio de víveres.

Mucha gente piensa que ayudar a los afectados por desastres significa dar lo que a uno le conviene, o lo que sobra, lo que les gusta o piensan que es apropiado para la situación. Pocas veces se sabe lo que necesitan realmente los afectados o lo que según las condiciones es adecuado.

Por ejemplo, cuando se dona ropa usada, no se piensa en el concepto de dignidad: las personas afectadas por un desastre tienen derecho a vestir ropa limpia y decente, y de ser posible nueva, no prenda en mal estado.

Otras veces, las donaciones pueden hacer más daño de lo que ayudan, particularmente en el caso de la leche en polvo. La distribución de este sucedáneo puede hacer que las madres dejen de dar pecho a sus bebés cuando la lactancia materna es fundamental para la salud de niñas y niños menores de 5 años. Además, en casos donde no hay agua limpia y segura, existe el riesgo de preparar la leche en polvo con agua contaminada, resultando en diarrea y otras enfermedades.

En cualquier respuesta humanitaria, es importante recordarnos el principio de "no hacer daño" (Do No Harm), que es pensar en las consecuencias negativas no intencionales de nuestras acciones. En la distribución de las donaciones, es importante pensar con equidad y justicia, donde la ayuda tiene que alcanzar a todos y no sólo a aquellos que tienen más acceso a la información o al poder.

Desde que llegué a la oficina ese martes 19 de septiembre de hace 2 años, no dejo de pensar en las niñas, niños y adolescentes afectados, así como no dejé de pensar en ellos desde el primer momento después del sismo del 7 de septiembre.

Como dice Nelson Mandela: “El verdadero carácter de una sociedad se revela en la forma en que trata a sus hijos.” Ante un sismo o cualquier desastre, no deberíamos permitir que los niños, las niñas y los adolescentes sean invisibles.

Pressia Arifin-Cabo, Representante Adjunta de UNICEF en México
UNICEF México / Verdeespina
Pressia Arifin-Cabo, Representante Adjunta de UNICEF en México