La vida normal en Guatemala se la llevó el agua

A finales de 2020, los huracanes golpearon doblemente a un país que ya se estaba recuperando de la pandemia de la COVID-19.

Por Lucía Escobar
Isabela Castilla, her son Sergio Tzoy, 3, and her daughter Juana Jennifer Tzoy, 9, in Campur, during the aftermath of hurricane Eta, November 5th and Iota struck with devastating consequences November 17, the town of Campur, San Pedro Carchá, Alta Verapaz, Guatemala.
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20 Enero 2021

Campur, Guatemala - “Mi papá solía vender cosas en la tienda de suministros agrícolas de allí”, dice Juana, de 9 años, mientras señala el agua desde un bote, navegando por los restos de su ciudad natal. “Esto era un molino. Solía haber una tienda allí. Aquí había una casa”.

Ella duda, el sonido de su voz es reemplazado por el zumbido del motor del bote y el canto de algunos pájaros que se oyen en la distancia.

“No puedo recordar”, comienza de nuevo, mirando las nubes reflejadas en las tranquilas aguas. “Creo que esa era nuestra cocina. Aquí estaba la iglesia. Ahí está la puerta. Me entristece ver esto”.

Juana se dirige en un bote hasta donde se encontraba su escuela, en Campur, antes de que la región fuera impactada por dos huracanes.
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Juana se dirige en un bote hasta donde se encontraba su escuela, en Campur, antes de que la región fuera impactada por dos huracanes.

Solo unas semanas antes, Campur era un pueblo sin salida al mar en el departamento centro-norte de Alta Verapaz, rodeado de colinas y frondosos bosques. Pero el hermoso paisaje se ha convertido en algo escalofriante desde que dos poderosos huracanes, Eta e Iota, azotaron Guatemala en noviembre. Líneas eléctricas, faroles y un techo ocasional brotan de las tranquilas aguas que ahora cubren la mayor parte del área.

Vista aérea de las fuertes inundaciones que sufrió la villa de Campur, Alta Verapaz, tomada el 3 de diciembre.
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Vista aérea de las fuertes inundaciones que sufrió la villa de Campur, Alta Verapaz, tomada el 3 de diciembre.

Juana es una de los más de 900.000 niños, niñas y adolescentes en Guatemala afectados por los dos huracanes, que golpearon en rápida sucesión y dejaron deslizamientos de tierra e inundaciones masivas en toda la región. Su familia ahora vive con más de una docena de personas en un refugio temporal establecido en una escuela primaria local. A mediados de diciembre de 2020, se estimaba que alrededor de 2.000 niños, niñas y adolescentes en todo el país vivían en refugios.

“Solíamos jugar allí con mi hermano pequeño”, dice Juana señalando. “Trato de no recordar porque me pone triste”. Su hermano la sigue a todas partes, repitiendo palabras y frases como un eco amistoso.

Manuel Moreno, Especialista en Comunicación de UNICEF, entrega un kit de higiene a una familia.
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Manuel Moreno, Especialista en Comunicación de UNICEF, entrega un kit de higiene a una familia.

Es diciembre y toda la familia de Juana vive en un salón de clases. Al igual que a las otras familias que viven en los albergues, UNICEF les hizo entrega de un kit de higiene: un balde con toallas, jabón, cepillos de dientes, pañales desechables, pasta de dientes y otros artículos básicos de higiene.

Mientras espera que comiencen las actividades recreativas de la tarde en el refugio, Juana elige un cepillo de dientes y corre al baño. Las actividades de juego en los refugios tienen como objetivo ayudar a los niños, niñas y adolescentes a sobrellevar el trauma de haber visto sus mundos tornarse al revés.

“Todo estaba oscuro. Tuvimos que irnos porque el agua se acercaba. ¿Y si hubiéramos muerto bajo el agua? Era mejor irse”, dice Juana. “Siempre cuido de mi hermano”.

UNICEF LACRO
El impacto de los huracanes Iota y Eta en las voces de dos niñas guatemaltecas.

Un sentimiento de pertenencia

Maritza ayuda a coordinar las brigadas de nutrición en emergencias de UNICEF, que han estado respondiendo al desastre. Trabaja en los albergues, buscando casos de desnutrición aguda en niños y niñas de seis meses a cinco años. Cuando su equipo encuentra un caso sospechoso, pesan al niño o la niña y comparten las medidas con el gobierno para ayudar a guiar las políticas de salud pública. El equipo ofrece asesoramiento, kits de higiene y consejos para personas con afecciones como hipertensión y diabetes, que son comunes en el área. “También ofrecemos consejos sobre mejores formas de preparar la comida”, agrega Maritza.

Maritza dice que una de las mayores fortalezas de su equipo es que ha contratado personal de las cercanías para que puedan comunicarse en el idioma local.

“Han estado aquí antes. Están entrenados. Son de la zona. Por lo tanto, existe un sentido de pertenencia cultural que facilita la transmisión del mensaje”.

Una trabajadora social evalúa a un niño para descartar desnutrición en un albergue en Campur, Alta Verapaz.
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Una trabajadora social evalúa a un niño para descartar desnutrición en un albergue en Campur, Alta Verapaz.

El retorno a la alegría

Carlos Carrera, representante de UNICEF en Guatemala, dice que las necesidades humanitarias de las familias y los niños, niñas y adolescentes desplazados por los huracanes son enormes y requieren una respuesta múltiple. UNICEF ha estado trabajando con el gobierno, que ha estado desarrollando una estrategia para la apertura de espacios seguros, un desafío complicado por el riesgo continuo del COVID-19. La estrategia incluye capacitar a los voluntarios en “El retorno a la alegría”, un enfoque basado en el juego adaptado culturalmente a cada comunidad que utiliza técnicas de niño a niño para ayudar a los niños, niñas y adolescentes a afrontar los trastornos.

Juana juega afuera de un albergue en Campur, Alta Verapaz, Guatemala.
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Juana juega afuera de un albergue en Campur, Alta Verapaz, Guatemala.

UNICEF ha venido apoyando este trabajo con cajas de juego que contienen aros de hula-hula, juegos de memoria, títeres, pelotas, productos de papel, tijeras y otros materiales para hacer carteles. Los espacios recreativos también brindan la oportunidad de identificar a los niños, niñas y adolescentes que requieren apoyo y asesoramiento adicionales.

Ese apoyo es fundamental en estos momentos de extrema vulnerabilidad, ya que brinda un sentido de normalidad a los niños, niñas y adolescentes cuyas vidas han sido devastadas.

“Solía jugar con mis compañeros de clase en la escuela cuando sonaba la campana”, dice Juana. Señala una rama que sobresale del agua. “Mi escuela solía estar allí, pero ya no puedes verla”.