En Níger, las niñas tienen la oportunidad de tener un futuro mejor

Un equipo de fútbol femenino derriba obstáculos a golpe de balón

Por Juan Haro
14 Octubre 2019

NIAMEY, Níger – Dos camas, un ventilador, un televisor viejo, un refrigerador. Todo lo que posee la familia de Pascaline, de 13 años de edad, se encuentra en un espacio más pequeño que el armario de algunas personas. Los muros de la casa que Pascaline comparte con sus padres están hechos de adobe: ladrillos de barro y paja secados al sol. El techo de lata que cubre la casa hace temblar las paredes cuando el viento sopla fuerte.

 

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Pascaline vive en Lacouroussou, un vecindario pobre de Niamey, capital de Níger. Algunos días no tienen nada para comer. Hay poco trabajo. Las casas están atestadas de gente. Cuando llueve, se inunda todo.

Para niños como Pascaline no es un buen lugar para crecer, especialmente para las niñas, que al casarse se quedan sin infancia: en Níger se registran las tasas más altas de matrimonio infantil del mundo.

 

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Lo que Pascaline guarda en la mochila que tiene bajo su cama le permite imaginar un mundo distinto en el que su género no le impide conseguir sus sueños. Pascaline lleva años coleccionando camisetas, calcetines y botas de fútbol, aunque casi todo le queda grande. Es aficionada del Fútbol Club Barcelona, se sabe los nombres de todos los jugadores y se mantiene informada de los nuevos fichajes.

Biba, la madre de Pascaline, se ríe por lo bajo cuando su hija habla entusiasmada de su sueño de jugar al fútbol en España o Estados Unidos, pero ella permanece desafiante: “dicen que el fútbol es solo para niños, pero nosotras les estamos demostrando que están equivocados”, dice.

Para Pascaline, el fútbol es más que diversión: le ha servido de consuelo cuando la adversidad amenazaba con arrebatarle su infancia. Sus padres tuvieron que sacarla de la escuela con 11 años.

 

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Henri sabe bien cuánto le gusta a su hija este deporte.“Recuerdo cuando recibió su primer balón; se lo regaló su tío”, dice. “Jugaba al fútbol con los niños del vecindario y, aunque se reían de ella, a ella no le importaba. Se le daba bien y ellos empezaron a respetarla”.

Sus habilidades no solo la ayudaron a ganarse el respeto de los demás: también le permitieron reanudar su educación. Pascaline descubrió que había una escuela de fútbol en su vecindario que buscaba a niñas que no iban a la escuela para que jugaran en un equipo, con el objetivo de que volvieran a estudiar.

 

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Durante el último año, Pascaline ha estado yendo a las clases de Academie Atcha tres días a la semana en su bicicleta.

“Me dieron una bicicleta, material escolar y un equipamiento de fútbol para las sesiones de entrenamiento. Mi vida dio un giro que no esperaba”, dice sonriendo.

 

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Un miembro del personal muestra la exhibición de camisetas de fútbol y recuerdos en la Academia Atcha. Desde 2007, la escuela anima a los niños no escolarizados a asistir a clases, ofreciéndoles un incentivo adicional: la posibilidad de jugar al fútbol. La escuela ofrece a los niños programas de educación primaria y secundaria, material académico equipamiento deportivo y alimentación.

 

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Garba, profesora de Pascaline, dice que la escuela tiene una buena tasa de retención y que los alumnos se toman muy en serio sus estudios. “Mis estudiantes vienen a todas mis clases con sus tareas hechas”, dice. Aunque estudiar es la prioridad, Garba reconoce que la oportunidad de jugar al fútbol es, sin duda, gran parte del atractivo, pero no le importa.

“Los mantiene motivados para aprender”, asegura. “Los deportes escolares tienen valor añadido para las niñas, [porque] ellas son las más vulnerables”.

 

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Pascaline es una de las estudiantes más trabajadoras de la clase. El aumento del acceso a la educación puede crear nuevas oportunidades para las niñas en Níger, que a menudo se ven presionadas para que se concentren en las tareas domésticas y se casen jóvenes.

El 81% de las mujeres de entre 20 y 24 años que no cuentan con educación oficial y el 63% de las que solo cuentan con educación primaria estaban casadas o mantenían una unión antes de los 18 años. Sin embargo, ese porcentaje desciende a un 17% entre las niñas con educación secundaria o superior.

 

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Pascaline’s confidence extends to the football pitch, too, where she is helped by her lucky pair of boots. She saves these for game days. 

 

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Pascaline y sus compañeras de equipo se preparan para un partido en el vestuario.

La Academie Atcha brinda a las niñas la oportunidad de disfrutar de hacer deporte en un entorno seguro y acogedor, aportándoles confianza y ayudándolas a entender sus derechos.

 

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Lawali (a la izquierda), el entrenador de fútbol de la academia, dice que hay quien le ha preguntado por qué se molesta en entrenar a un equipo de niñas, pero ese escepticismo le ha servido de motivación.

“Las críticas me dieron valor para dedicar toda mi energía a estas niñas. Son pura inspiración”, asegura. “Tanto si ganan como si pierden, para mí ya son unas campeonas”.

 

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Pascaline (golpeando el balón) y sus compañeras de equipo entrenan juntas en el campo de fútbol de la Academia Atcha.

A pesar de los estereotipos prevalecientes y de la presión social, estas niñas nigerianas están derribando barreras todos los días.

 

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UNICEF ayuda a la federación nigeriana de fútbol, FENIFOOT, a organizar campenatos de fútbol para las niñas más desfavorecidas, con el propósito de ayudarlas a superar los obstáculos sociales y desarrollar todo su potencial.

“Cuando las niñas juegan, cuando van a la escuela, cuando no se les arrebata su infancia con el matrimonio, ¡el mundo gana!”, afirmó Félicité Tchibindat, representante de UNICEF en Níger, al final de un torneo reciente.

 

 

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El equipo de Pascaline sostiene un trofeo de la victoria. Clasificaron para la final del torneo y ganaron después de una tanda de penales.

Las niñas nigerianas siguen siendo un colectivo vulnerable y, aun así, prácticamente invisible. Sin embargo, cuando otras niñas como Pascaline hacen sus sueños realidad, no son solo los equipos de fútbol ganadores los que tienen motivos de celebración.

 

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