Un esfuerzo por transmitir cultura y humanismo
Defender los derechos de niñas, niños y adolescentes tiene necesariamente que ser un deber prioritario de la adultez, asegura en esta entrevista la cantautora Rita del Prado
Indudablemente haber estudiado Psicología le ofreció un acumulado de conocimientos y una visión del mundo que de alguna manera constituyeron, tiempo después, herramientas para la creación musical. De hecho, es en aquellos años universitarios cuando, siendo parte del movimiento de artistas de aficionados de la Federación Estudiantil Universitaria comienza a componer sus primeras canciones. Sin embargo, la música para el público infantil llegaría una década después.
Sucedió durante el llamado Periodo Especial, a principios de los años noventa, Rita del Prado recorría la ciudad en bicicleta, como casi todo habitante de Cuba, pero en su caso lo hacía con una guitarra a la espalda y, como casi todo trovador, buscaba modos de sobrevivir.
¿Es en medio de esos recorridos bicicleteros qué descubre su vocación por la música infantil?
Durante esos periplos visitaba a amistades y familiares que tenían hijos e hijas pequeños, o incluso, que estaban por nacer, y fui trasladando a las canciones el lenguaje cálido, amoroso y divertido de la crianza, que escuchaba en esas casas; y por supuesto también fui canalizando a través de la canción infantil todo lo aprendido, desde el punto de vista musical, literario, expresivo.
Tenía, por supuesto, grandes referentes de la música infantil latinoamericana, que siempre citaré con gratitud y admiración, como Teresita Fernández, María Elena Walsh, Gabilondo Soler; pero no fueron las únicas fuentes inspiradoras de esas canciones. Le puse especial atención a entender y recrear códigos de la música infantil y a la vez descubrí que era un universo infinito lleno de posibilidades.
De inmediato, esas primeras canciones infantiles que comencé a escribir, tuvieron mucho más suerte y proyección que mi obra anterior. Transité por diversos espacios escénicos, radiales, televisivos. Fundamos el Movimiento por la Canción Infantil Latinoamericana y Caribeña en Casa de las Américas. Conocí artistas de distintas manifestaciones de Cuba y otros países.
Llegaron los proyectos compartidos, las oportunidades discográficas. Lo que había comenzado de un modo tan «doméstico y familiar» pasó a ser una línea fundamental de mi trabajo profesional. Por supuesto, paralelamente seguí y sigo haciendo canciones con códigos adultos y expresando otras cosas que «las personas grandes necesitamos decirles a otras personas grandes».
¿Qué importancia le atribuye a la música en la educación de niñas, niños y adolescentes?
La música es uno de los vehículos más eficaces para trasmitir conocimientos, identidad, valores, y para educar emocionalmente a las personas que están creciendo. No me refiero solamente a la canción. La buena música instrumental también es una fuente de síntesis emocional e intelectual.
He visto que, desde las primeras edades hay una comprensión natural del lenguaje musical, con todas sus bondades.
Ahora, reflexionemos sobre algo que mucho tiene que ver con la función educativa: la música creada especialmente para niños es apenas una parte de lo que un niño escucha de manera cotidiana.
El mundo suena con su música diversa, creada a través del tiempo para todas las edades, lo cual también tiene un valor enriquecedor, porque la posibilidad de educar no es exclusiva de la música infantil.
El lado preocupante es que a la par del buen arte musical, circula el ruido empobrecedor y vulgar, que se ha ido legitimando como música, llevando un mensaje de reafirmación de filosofías marginales, un regodeo en códigos agresivos, sumados a un vacío en la capacidad para transformar el arte y la vida, sin real elaboración artística; pero igual, en manos de una producción astuta, se difunde y transita por el aire como vecino igualitario de la verdadera música.
No estoy hablando ni de un género «musical» en especial, ni tampoco hablo solo de Cuba, porque en esto la individualidad artística hace la diferencia. Me refiero en general al fenómeno de calcar el lado grotesco, fatalista y nocivo de la realidad, sin proponer ningún crecimiento humano e instalarse tal cual en los espacios del arte. Esto es un fenómeno mundial al que Cuba no escapa, y su indudable poder de convocatoria de masas, se deriva de que esos códigos primitivos tienen un impacto inmediato y superan en velocidad al procesamiento de la música bien hecha, sobre todo cuando no existe en el oyente una referencia sólida cultural y educacional, que los neutralice.
Así se va contaminando la sonoridad de la vida; vida que incluye, por supuesto, a quienes están creciendo.
Lo más delicado aquí es que un niño no establece una diferencia consciente, ni delimita por sí mismo si esto fue creado para él y aquello no. Lo escucha todo, lo capta todo, lo imita todo.
Los niños suelen ser particularmente miméticos, cuando algo les llama la atención, incluso aunque no lo comprendan del todo. Lo que les divierta, lo dan por válido y lo asumen como expresión propia, estemos los adultos de acuerdo, o no, con sus elecciones.
Por eso siempre he insistido en que, como no es posible silenciar el sonido tóxico del mundo, al menos quienes estamos en contacto con la infancia, ya sea desde lo familiar, lo pedagógico o lo artístico, lo mejor que podemos hacer es poner a su alcance, a manera de contrapeso, todo lo bueno que ha creado el ser humano. Y si nuestro rol está relacionado con la creación, tenemos entonces que desempeñarlo con toda la responsabilidad posible, y procurar siempre que tenga el mismo nivel artístico de la mejor música del mundo. Eso es lo realmente educativo en la música: transmitir cultura y humanismo.
Ha tenido la oportunidad de cantar en diferentes países de América Latina, ¿cuán distintos y cuán similares son los niños en el continente?
Más que por pertenecer a un país o a otro, el entorno socioeconómico en que crece un niño es el que puede generar diferencias con otro niño que crece en otras condiciones. Por ejemplo, un niño enfadado por una vida precaria o un ambiente familiar hostil, es probable que reaccione habitualmente de manera desafiante y negativa, con independencia del país en que viva. Puede reaccionar así incluso ante personas que le están prestando ayuda solidaria o le están llevando un momento grato de esparcimiento y cultura. En cambio, un niño protegido, habituado a espacios amables, es más probable que se disponga confiado a cualquier actividad social o cultural, también con independencia del país en que viva. Son más parecidos entre sí los niños que crecen en entornos similares en países distintos, que los niños de entornos diferentes en un mismo país. Parece un trabalenguas, pero es así.
Igualmente, siempre hay diferencias individuales que son parte de la sorpresa.
He cantado en entornos diversos: en colegios privados, en escuelas públicas, en hospitales, en campamentos de familias que perdieron su casa por un terremoto, en zonas rurales y urbanas, en comunidades sin luz eléctrica, en sitios que acaban de ser azotados por el paso de un ciclón, en festivales al aire libre donde confluyen variadas familias, y si algo aprendí es que los entornos diferentes condicionan retos artísticos diferentes frente al público, y necesitamos flexibilidad para adaptar un programa e improvisar según las circunstancias, para poder comunicarnos. Son cosas que hay que comprender, cuando vamos por el mundo con una guitarra y un puñado de juegos, cuentos y canciones.
Si hablamos de las infancias que crecen sanamente (ojalá fuera el caso de todas las infancias del mundo) hay rasgos en común que implican semejanzas entre niños de diferentes países, más allá de localismos o de identidades culturales. La capacidad de asombro, la curiosidad, el sentido del humor, la facilidad para seguir reglas de un juego, acercan a los niños entre sí. Para cualquier niño el mundo es algo nuevo que está por descubrir.
Por ejemplo, con el proyecto La Guarandinga, que creamos a seis manos el dúo Karma y yo, experimentamos esta disposición al divertimento y al aprendizaje lúdico, recorriendo varios países: tan nueva y curiosa puede ser la palabra guarandinga para un niño de una ciudad cubana, como para los de Argentina, Colombia, Brasil, México, Uruguay, España. Tan estimulante para unos y otros puede ser aprenderse los gestos del juego de Polimita y Chivo o tan divertida la sonoridad de La ñañara, basada en la letra Ñ. O tanta identificación emocional les puede generar la historia de Duérmete jutía, cuando reconocen la recreación caricaturizada de la dinámica madre-hijo a la hora de dormir. Hay situaciones universales ligadas a la infancia y por eso algunas canciones apelan a resortes similares en el público infantil. Hemos vivido momentos hermosos y sorprendentes de estas reacciones en países diferentes.
¿Cuánto cree que debemos trabajar en Cuba para poder realizar ofertas educativas y de calidad para los niños?
En todo lo relativo al arte y la educación en favor de las infancias y las adolescencias, el trabajo tiene que ser permanente y articulado y nunca será suficiente cuanto se haga. Sería triunfalista decir que sí se ha hecho lo suficiente, pero también sería apocalíptico e injusto, con el trabajo consagrado de muchas personas, si dijera que el panorama es fatal o que se hace poco.
En cuanto a la calidad de las propuestas culturales para público infantil, con independencia de figuras queridas y proyectos en toda la Isla, cuyo trabajo para la niñez ha sido riguroso y constante desde hace muchos años, como el de Liuba María Hevia, La Colmenita, Teatro de las Estaciones, La sombrilla amarilla, Rosa Campo, y otros solistas, colectivos y proyectos, debo comentar que, por mucho tiempo, expresé en cada oportunidad que tuve, en diversos medios, que a la música infantil había que tomarla más en serio y que se debía crear a su alrededor un entorno colectivo de análisis teórico, cuidado en su selección, difusión y coherencia de su programación. Lo decía basándome en todo tipo de experiencia durante mi carrera: desde las más gratas hasta las más desconcertantes.
De algún modo la vida me dio una respuesta afortunada con el nacimiento de la plataforma «Corazón feliz», dirigida por Rochy Ameneiro, Rubén Darío Salazar, Zenén Calero, Rodrigo García —como núcleo esencial—, y que cuenta con un equipo excelente de profesionales y colaboradores de distintas generaciones, y ha sabido encontrar el apoyo de varias instituciones cubanas.
Más allá de organizar un festival anual, que es muy importante para la escena cubana destinada al público familiar, Corazón feliz está haciendo una labor fundamental durante todo el año al entrelazar las artes de distintas manifestaciones y conectar a artistas de varias provincias de Cuba y otros países, que pueden aportar mucho porque tienen una larga trayectoria. Y lo esencial es que Corazón feliz, tiene una base humanista, que se concreta en muchas líneas de trabajo en favor de la inclusión, la diversidad, la no violencia, la ecología, la solidaridad, la identidad cultural, el homenaje a los grandes referentes del arte. Tiene presencia escénica, en espacios de talleres de formación, en campañas educativas, en sitios de difícil acceso, en eventos científicos, y tiene su versión televisiva.
Yo digo que se trata de un ecosistema. Tuve la fortuna de ser convocada desde sus inicios para ser parte del crecimiento de este noble proyecto, que ha ido diversificándose, sumando valiosas colaboraciones y llegando cada vez más al público y, en un sentido más profundo, al pueblo.
También está el querido equipo del departamento de Animados del ICAIC, con su producción audiovisual educativa y de entretenimiento, y la organización de la Peña de Federico —que tiene versión radial y televisiva—, una propuesta que enfatiza en la importancia de la inclusión en los espacios sociales y culturales de las personas con alguna condición especial y genera a través del arte la integración de un público diverso.
En la Isla hay varios artistas de artes escénicas, poesía, literatura, música, artes visuales, que trabajan para la infancia con todo el rigor que ella merece y este tesoro es un patrimonio cultural que hay que visibilizar cada vez más.
El dúo Karma, que ya usted mencionó, y Enid Rosales, para solo citar dos ejemplos, la mencionan a usted entre sus referentes. ¿Qué se siente saberse guía de jóvenes tan talentosos y comprometidos con el arte?
Más que una guía, me siento una persona muy afortunada al estar cerca de estos artistas talentosos que mencionas, de los cuales aprendo muchísimo todo el tiempo.
Cuando se comparten premisas esenciales ante la vida y la profesión, la diferencia generacional en los equipos de trabajo enriquece por igual a los más jóvenes y a los menos jóvenes.
He trabajado con artistas de distintas generaciones y especialmente los proyectos compartidos con creadores y músicos más jóvenes que yo me han aportado muchos hallazgos. Entrelazar las visiones de distintas edades le otorga una autenticidad particular al proceso de creación o producción artística y al resultado, por supuesto.
Si algo he sentido trabajando con quienes en algún momento de su vida fueron parte de mi público y con los años pasan a ser mis colegas cercanos, es una sensación de cosecha hermosa y de gran crecimiento para mí.
En especial estos queridos artistas que mencionas, el dúo Karma y Enid Rosales, además de ser profesionales de formación sólida, tan dedicados y con múltiples talentos, son seres humanos luminosos y me hace muy feliz la suerte de compartir con ellos el camino del arte para las infancias.
A 35 años de la Convención sobre los Derechos del Niño. ¿Por qué cree importante la defensa de sus derechos?
Defender los derechos de los niños tiene necesariamente que ser un deber prioritario de la adultez. Los adultos hemos llegado a esta etapa de la vida porque antes transitamos por la infancia, la adolescencia, y conocimos por vivencia propia las necesidades múltiples de las primeras etapas antes de profundizar en los orígenes de las imperfecciones del mundo, y antes de aprender que hay muchos tipos de infancias, por lo tanto, tenemos toda la información y capacidad para sentir empatía y defender los derechos de quienes están creciendo.
Un niño tiene tantas potencialidades de desarrollo, como predecibles fragilidades ante el maltrato de cualquier tipo, justamente por estar en pleno proceso de maduración física, emocional e intelectual, y por no tener aún capacidad de decisión legal, ni haber alcanzado la formación suficiente para defender por sí mismo sus propios derechos, aun cuando ya nuestra constitución contemple tener en cuenta su interés superior. La responsabilidad principal en la defensa de sus derechos corresponde a nosotros, los adultos.
Proteger los derechos de las infancias, no solo tiene la compensación emocional de generar bienestar y armonía en el presente, también es cuidar el desarrollo y la felicidad de las personas que van a conducir y transformar el futuro. Como viva la infancia hoy, será el país que tendremos dentro de 20 o 30 años.
¿Cómo la música puede contribuir a la protección de niñas, niños y adolescentes y a la divulgación de sus derechos?
Más que con palabras en prosa, me permito responder y concluir esta entrevista ilustrando con una canción que escribí hace un par de años, y habla del derecho de la infancia a tener una mirada reflexiva sobre las incongruencias prejuiciosas de algunos adultos, y también su derecho vivir de manera natural, a la altura de lo más avanzado y justo del mundo contemporáneo:
La casa de la buganvilia
Letra y música: Rita del Prado
No me dejan jugar con la niña
de la casa de la buganvilia
porque dicen que tiene
una extraña familia
con dos madres
y ningún papá.
Me advirtieron que ni se me ocurra
preguntar por qué tanto susurran
cuando estén comentando
sobre aquella familia
de la casa de la buganvilia.
Hace poco espié su ventana
para ver si asomaban marcianas
o tarántulas dando chillidos
pero solo escuché carcajadas
que brotaban de hermosos vestidos
coloridos que se entrelazaban
y de pronto las tres han salido
sonriéndome con la mirada.
Me permiten jugar con el niño
de la casa del toldo amarillo
el que viene a la escuela
con la madre o la abuela
pero nunca ellas me han sonreído.
Y me cuenta en secreto mi amigo
sobre alguien que no volverá…
Yo le presto colores.
Él se pinta a sí mismo
con dos madres
y ningún papá.