"La gente del barrio es muy solidaria, si tengo un problema me ayudarán siempre"

Amalia, vecina del barrio 21-24

UNICEF
Amalia
UNICEF/Widnicky
26 Junio 2020

Se puso muy contenta cuando abrió el merendero en frente de su casa, sus hijas Araceli (12) y Fiorella (6) no solo iban a poder tomar algo caliente todos los días sino también encontrar un espacio donde hacer amigos y actividades. Hasta el mar conoció la mayor el año pasado gracias a los campamentos que organiza La Poderosa. Además, desde que está el espacio, pudo saber el nombre de muchos vecinos que antes se cruzaba por los pasillos y simplemente saludaba. No había un lugar así.

Amalia (41) baja de su pieza con una jarra y se dispone a esperar su turno para recibir el mate cocido con leche, como todos los días. Mientras, sus hijas se asoman curiosas, con ganas de correr a jugar con los otros chicos del barrio, pero no pueden por la pandemia. Desde que pasan más tiempo en su casa se aburren, pero Amalia juega con ellas, se disfrazan, hacen coreografías, también se comunican con su maestra por videollamada y hacen las tareas. Cuando puede les cocina, sopa, jugo de frutas, verduras. Trata de cuidar lo que comen, pero no siempre se puede. Los sábados y domingos también busca la comida que hace Oti y los voluntarios en “Las tacitas poderosas”.

La pieza en la que viven las tres se la alquila una prima, la misma que la convenció para venirse hace cuatro años de San Lorenzo, Paraguay, a probar suerte. “La experiencia de llegar al barrio fue un poco difícil, fue un cambio que nunca pensé que iba a vivir. Me vine porque allá estaba sola y venía arrastrando algo muy duro”, cuenta en voz baja. Al principio le costó manejarse sola, pero después empezó como ayudante de peluquería, una amiga le enseñó, aunque ahora no puede trabajar porque prefiere resguardar la seguridad de su familia y no exponerse a un contagio. Tiene ganas de volver a trabajar pero también mucho miedo.

Amalia en el barrio
UNICEF/Widnicky

Solo tiene palabras de agradecimiento para UNICEF y La Poderosa por la ayuda al merendero, en especial en estos momentos donde no siempre se puede llevar un plato a la mesa. “Los chicos que trabajan ahí son muy buenos, pase lo que pase están siempre ahí. Llueve, frío, siempre están esperando. Lo hacen con muchas ganas, admiro mucho cómo trabajan. Se nota que están interesados en los chicos. Confiamos en ellos, los cuidan, los llevan de la mano”, reconoce. 

Tiene un sueño para sus hijas: que no sufran maltrato, que sean buenas mujeres, que sigan una carrera para defenderse, para que tengan trabajo. Para ella ya pasó lo peor, cuenta, ahora se hizo fuerte para sacar adelante a su familia.

"Me cuido mucho por las nenas porque estamos solas. Tomo todas las precauciones cuando salgo a comprar algo, pero trato de no salir demasiado"