“La presencialidad siempre va a ser lo mejor” 

Daniel Rocchia es docente de cuarto y quinto año en el Normal 10 de Belgrano. 

UNICEF
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UNICEF
15 Marzo 2021

La línea E, la H y la D. Antes de la pandemia, Daniel Rocchia hacía tres combinaciones de subte, desde el barrio porteño de Flores hasta Belgrano, para llegar al Normal 10 Juan Bautista Alberdi, donde enseña Educación y Psicología en el nivel secundario. Hoy, con varias estaciones cerradas y sin transporte propio, toma dos colectivos. “Mi miedo principal es el viaje: dependo del transporte público”, admite. 

Volver a las clases presenciales fue, para él, un trabajo de preparación principalmente psicológica. “Después de un año de perder la rutina de levantarse temprano, de tomar un colectivo, de llegar hasta el colegio, los rituales que uno hace para ir a trabajar estaban un poco olvidados y perdidos”, explica. Pero a pesar de las resistencias, “también tenía ganas de reencontrarme con mi lugar de trabajo, mis compañeros y compañeras y, obviamente, con los alumnos. Fue muy difícil entablar una buena relación a través de los medios tecnológicos; lo que me entusiasma es poder volver y entablar el contacto humano tan necesario en la tarea docente”.  

Desde el comienzo del aislamiento social, preventivo y obligatorio, la suspensión de clases presenciales se extendió en todos los niveles. “Las tareas remotas tuvieron muchos inconvenientes; en principio en la desigualdad de conectividad, no tanto de los docentes, sino de muchos alumnos que no estaban en condiciones de acceder a las tecnologías”, señala. La situación relevada en el país indica que menos de la mitad de los hogares cuenta con acceso fijo a Internet de buena calidad en la señal y 1 de cada 2 no cuenta con una computadora disponible para usos educativos. 

Sin embargo, Daniel acepta que educar mediante nuevas tecnologías tuvo sus fortalezas. “Aprendimos nuevas formas de utilizar la tecnología, que se venían empleando durante la presencialidad, pero no se llegaba a profundizar, y que ayudan a impartir clases de una manera más didáctica, interesante y entretenida”, sostiene. “Si bien estas nuevas generaciones nacen con estas tecnologías, las suelen usar más para juegos y diversión”, reflexiona. 

Según las encuestas de UNICEF sobre el impacto de la pandemia, los y las adolescentes manifestaron tener sentimientos de angustia, depresión o miedo en algún momento del aislamiento. “Lo que percibí es que estaban deseosos de volver a la presencialidad porque en sus casas estaban aburridos; el tiempo lo tenían muy desorganizado: se levantaban y acostaban a cualquier hora, lo que producía cierto desgano”, cuenta. “La presencialidad –afirma- siempre va a ser lo mejor; la cuestión es que en este contexto era difícil volver sin ciertos protocolos y mecanismos”. 

La escuela Normal 10 de Belgrano aplica los protocolos recomendados por los ministerios de Salud y Educación de la Ciudad de Buenos Aires para una vuelta segura a las aulas: respetan la distancia, no se comparten objetos personales y usan tapabocas, entre otras medidas. Para Daniel, lo extraño es la falta de movimiento. “Están todos muy quietos, muy duros, midiendo qué hacer y qué no hacer. Llama la atención porque los adolescentes por lo que más se caracterizan es porque se ríen, se mueven, tienen mucha vitalidad y estos días hay poca vitalidad en las aulas”, explica. “Pero, como todo, es cuestión de adaptarnos y acostumbrarnos a esta nueva realidad”. 

Dado que la estructura de enseñanza está planteada entre la presencialidad y la virtualidad, Daniel sostiene que el desafío para el 2021 es no perder el conocimiento que se ganó en torno al uso de las tecnologías: “hay que seguir fortaleciendo la parte didáctica e incentivar a los alumnos y alumnas a usarlas de manera más eficiente