Hijos e hijas en la escuela: miedo, ganas de reencontrarse y de recuperar "cada uno su lugar” 

Amalia Cazas es mamá de Guillermina, alumna de 4to grado, y da capacitaciones en varias instituciones educativas.  

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12 Marzo 2021

Mamá y docente. Amalia Cazas (45) vivió dos caras de la pandemia. La de mantener la ilusión de normalidad durante el aislamiento en su hogar, respetando horarios de desayuno, almuerzo y cena, las clases virtuales de su hija y compartiendo momentos en familia, y continuar cumpliendo su función de facilitadora pedagógica digital en distintas instituciones educativas. 

Tenía por la mañana y hasta pasado el mediodía, capacitaciones a docentes; luego un grupo de alumnos de secundario; y además algunos de la universidad y de posgrado. Todo, teletrabajando”, afirma. Si bien su hija Guillermina (9) contó con computadora para asistir a clases virtuales, “fue muy difícil porque ella todos los días tenía encuentros con diferentes docentes, entonces yo hacía lo mío corriendo para dejarla preparada para que se conecte. Era básicamente replicar de manera virtual su vida cotidiana: escuela, juegos y actividades”. 

Como la mayoría de las mujeres entrevistadas en la tercera encuesta sobre el impacto de la pandemia en hogares con niños, niñas y adolescentes, Amalia sintió una sobrecarga en las tareas del hogar. “La superposición de roles fue una de las cuestiones más fuertes y difíciles del año pasado, porque se me superpuso el trabajo con las tareas de cuidado”. Su marido, Sebastián, es orfebre y al principio de la pandemia no pudo ir al taller en donde trabaja habitualmente. “Nos organizamos tratando de hacer un rompecabezas de todo esto”. 

Al principio del aislamiento social, preventivo y obligatorio, para Amalia fue todo un lío. “La primera semana nos levantábamos y acostábamos a cualquier hora”. Con la vuelta a la escuela, Guillermina retomó su rutina: se levanta a las 6.45, el micro la pasa a buscar por su casa en Vicente López a las 7.45, entra a las 8.30 a la Escuela 30 D.E.9 Granaderos de San Martín y sale a las 11.40.  

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Cuando vuelve a su casa inicia el “operativo de recepción”: Guillermina deja los zapatos en la puerta y la ropa en una bolsa en el hall de entrada. “Tal vez soy medio exagerada, pero tiene tres guardapolvos”, explica. Luego, va directo al baño a higienizarse, mientras Amalia sanitiza mochila y útiles. Después almuerzan, llega Sofi –su vecina y niñera– y aprovecha para continuar con su trabajo, mientras ellas juegan y hacen la tarea. 

Aún con el miedo a los contagios y a sus consecuencias, Amalia siente que la vuelta a clases presenciales, además de beneficioso para los chicos y las chicas, lo es para las familias. “Sí, tuve miedo, pero también vi que mi hija estaba muy triste y tenía muchas ganas de volver; hay una necesidad de los niños de estar juntos, con sus amigos, socializar y pasarla bien; y también de las familias: tener un poco de aire, volver cada uno a su lugar”. Lo importante es mantener los protocolos. “Ahora les enseñamos que no compartir es cuidar al otro”.

Amalia sostiene que, si el Estado decide tomar otras medidas para seguir cuidándonos, serán tomadas en cuenta. “Creo que esto va a cambiar todo el tiempo”, estima. “Lo importante -subraya- es que aprendimos a disfrutar mucho el momento”.