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| © UNICEF/HQ98-1101/Pirozzi |
| Scholastica, de 12 años, lava ropa en su lugar de trabajo en Nairobi, la capital de Kenya. |
¿Conoces tus derechos?
El padre de Sumi murió cuando apenas tenía un año y su familia necesitaba desesperadamente dinero. Se mudaron a la capital de Bangladesh, Dhaka, donde la madre de Sumi encontró un trabajo como empleada doméstica.
"Comenzaba a trabajar al amanecer y no terminaba hasta el anochecer, siete días a la semana", explica Sumi. "Limpiaba el apartamento, lavaba la ropa y trabajaba en la cocina. Me pagaban 500 taka (unos 9 dólares) al mes, además de alimentos y vestidos". Al comienzo, Sumi no tenía tiempo libre y ni siquiera le permitían que saliera de casa. Pero cuando comentó a la pareja para la que trabajaba que tenían que dejarle jugar a veces, finalmente la dejaron salir. "No eran malas personas", dice Sumi. "No me pegaban, pero veces me gritaban si no les gustaba mi trabajo".
"Un día unos amigos me hablaron de una escuela especial para niños trabajadores, donde solamente había que ir dos horas al día. Se lo dije a mi patrona y le pedí permiso. Ella hizo algunas averiguaciones, y al final aceptó".
Este tipo de escuelas donde asiste Sumi han logrado considerables progresos en la educación de trabajadores menores de edad, especialmente las niñas. "Tanto mi madre como mi patrona se dieron cuenta de que estaba más feliz", dice Sumi. "Me gustaría continuar, pero el curso de dos años está a punto de terminar y me parece imposible poder ir a la escuela gubernamental, porque se necesitan muchas horas".




