Reconstruir después del agua
Por Natalia Jaramillo Esa noche las aguas del Río Negro se salieron de su cauce e inundaron las calles y casas de Mercedes como hace muchos años no se había visto. Cuando el río empezó a crecer de manera sostenida, el intendente, Guillermo Besozzi, alertó a los habitantes de la ciudad por posibles inundaciones. Pero muchos no creyeron que podrían verse afectados; al fin y al cabo, nunca antes les había sucedido. Mientras Belén aprontaba a sus hermanos menores, María, su madre, llamaba a la Intendencia para que les ayudaran a rescatar los muebles que pudiesen. La inundación amenazaba con quitarles en una sola noche lo que les había costado años conseguir. Pero el agua crecía cada vez más y entonces su única prioridad fue proteger a los niños y salir lo más pronto posible de allí. Las niñas menores salieron en brazos de Belén y de María, y los otros dos, ya de edad escolar, temerosos, las seguían de la mano hacia la calle. Cuando su pedido de ayuda fue atendido, ya la casa estaba totalmente bajo agua, pero afortunadamente toda la familia estaba a salvo. Fueron trasladados de inmediato a uno de los albergues que se improvisaron para ofrecer refugio a los damnificados.
Acomodados en las camas, escuchaban las noticias: más de 4.000 damnificados solo en Mercedes, y aproximadamente 12.000 en todo el país. Después de un rato el susto ya había pasado, pero ahora empezaba lo peor. Acostumbrarse a esta nueva vivienda improvisada no fue sencillo, aunque la solidaridad del país entero permitió cubrir rápidamente las necesidades básicas. Frazadas, colchones y comida no se hicieron esperar. Y luego empezaron a llegar los medicamentos y ropa necesarios. Sin embargo, Belén y otras mujeres del refugio tuvieron que hacer ver a las autoridades aquello que sólo las madres pueden ver: las necesidades de los más pequeños. Reclamaron más comida para los niños en diferentes horarios y protección frente a la humedad pues a muchos les estaba afectando a los bronquios. Y así, poco a poco, la situación fue mejorando. Una semana después, la familia de Belén pasó a formar parte de las 1.420 personas que continúan fuera de sus hogares porque el agua todavía no bajó en algunas zonas de Mercedes. Belén se sienta en su cama cargando a la pequeña Lucrecia, su hermana de 18 meses que se encuentra enferma por el frío y la humedad, mientras María prepara a los más grandecitos para ir a la escuela pues las clases nunca se detuvieron. “Hay que hacer como si la vida siguiera normalmente, mientras esperamos a que esto pase y podamos volver a casa”, cuenta Belén con tristeza porque ni ella misma sabe cuándo podrán volver; el agua derribó una pared de la casa y no saben qué queda de sus muebles. Aún así, insiste en que nada puede reemplazar el hogar, especialmente para los más pequeños de la familia: no hay un espacio para jugar, no tienen sus juguetes a mano, “están desubicados, no saben qué es lo que pasa”. Mientras mira a su hermana, Belén reconoce que afortunadamente todo ha salido relativamente bien y agradece la ayuda que han recibido; sin embargo, ella sabe que ahora viene la parte más difícil: reconstruir su casa y sus vidas y teme que estarán solos en esa tarea.
Algunos efectos de las inundaciones Crédito de las fotos:
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