Pequeños grandes cambios
A lo largo del año los cambios se hicieron presentes. Los niños empezaron a superar sus miedos y frustraciones en el estudio. “Los chiquilines decían que sentían que no podían… y la tarea era mostrarles que en realidad ellos sí podían hacer eso que habían plateando y muchas cosas más”, comenta la maestra Cecilia. Mónica siente que, tanto a ella como a sus hermanos, las maestras les ayudaron a mejorar en la escuela, a aprender a leer y a hacer cuentas. Pero más allá de ayudar a Mónica y a sus hermanos con las tareas de la escuela, la cercanía con la casa les permitió fortalecer otro tipo de valores al interior de la familia como el respeto, la colaboración y la autoestima. “Empezábamos a hablar de lo que nos pasaba, luego hacíamos las cuentas y leíamos, y después jugábamos”, recuerda Mónica. A través de sesiones de conversación y juegos, la confianza fue creciendo y Mónica empezó a ser mucho más expresiva con sus sentimientos. “Cuando tenía algún problema, cuando se enojaba o alguien le decía algo, automáticamente se encerraba, se anulaba, se trancaba en sí misma y no permitía que nadie entrara en contacto con ella. Pero, con el trabajo que ha hecho con nosotras, ha podido comunicar qué es lo que le está pasando por dentro y trata de solucionar los problemas de otra manera o, al menos, de pedir ayuda para resolverlos. Ahora puede exteriorizar lo que antes no podía”, comenta Bety. Para Carmen, este cambio en Mónica fue muy positivo pues siente que ahora le cuenta más lo que le pasa en la escuela. “Para mí, como es la única nena que tengo en casa, es como una compañera”. Pero tal vez el logro más importante para Mónica fue el cambio que notó en su hermano a raíz de la visita de las maestras comunitarias. Aunque al principio él se distraía y no participaba, lentamente fue contagiándose del entusiasmo de su hermana. “Cuando ellas iban a mi casa, mi hermano a veces atendía pero a veces se iba. Pero ya después empezó a ir más y a aprender más”, dice Mónica con ilusión.
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