El Estado Mundial de la Infancia 1998 Resumen

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La emergencia silenciosa

Se trata de un fenómeno directamente relacionado con más de la mitad de los casos de mortalidad infantil que ocurren el mundo, una proporción que no tiene precedentes en la historia de las enfermedades infecciosas desde la época de la peste negra. Y sin embargo, no se trata de una enfermedad infecciosa. Su poder destructivo se hace sentir en los millones de sobrevivientes que padecen discapacidades, sufren una mayor propensión a contraer enfermedades durante el resto de sus vidas o quedan mermados intelectualmente. Se trata de un fenómeno que amenaza a las mujeres y las familias y que, en última instancia, pone en peligro la existencia misma de sociedades enteras, y además es una violación de los derechos humanos. Hace mucho tiempo que se tiene conciencia de que la desnutrición es consecuencia de la pobreza. Y cada vez resulta más evidente que la una también es causa de la otra. Sin embargo, la crisis mundial de la desnutrición ha despertado hasta la fecha muy poca alarma pública.

Contrariamente a lo que muchos piensan, el problema de la desnutrición no se limita a si un niño puede satisfacer su apetito. Ese niño puede ingerir una cantidad suficiente de alimentos como para calmar su hambre inmediata, y estar, sin embargo, desnutrido. Y la desnutrición es en gran medida una emergencia invisible. Tres cuartas partes de los niños del mundo que mueren debido a causas relacionadas con la desnutrición son niños a quienes los expertos en nutrición califican de leve a moderadamente desnutridos y que a los ojos de un lego no muestran signos o síntomas de problemas.

Foto: UNICEF/97-0406/Balaguer

Las consecuencias trágicas de la desnutrición en el plano mundial no son sólo el resultado del hambre, las guerras y otras catástrofes, como se cree generalmente. Pero esas situaciones de emergencia —como las crisis actuales en la región de los grandes lagos del África Central y de la República Popular Democrática de Corea— suelen originar las formas más graves de desnutrición.

La desnutrición infantil no se limita al mundo en desarrollo. En algunas naciones industrializadas, las crecientes desigualdades en materia de ingresos, en combinación con la disminución de la protección social, tienen repercusiones preocupantes sobre el bienestar de los niños en materia de nutrición.

En algunas partes del mundo, especialmente en América Latina y el Asia oriental, se ha conseguido una notable reducción en las tasas de desnutrición infantil. Pero en términos generales, la cantidad absoluta de niños desnutridos ha ido en aumento. La mitad de los niños del Asia meridional están desnutridos. En África, uno de cada tres niños tiene un peso inferior al normal, y en diversos países de ese continente empeora la situación de los niños en materia de nutrición.

La desnutrición ocurre de maneras diversas que a menudo se manifiestan combinadas y que se complementan las unas con la otras, como la desnutrición proteínico-energética y los trastornos causados por la carencia de micronutrientes como el hierro, el yodo y la vitamina A, llamados así porque se necesitan en pequeñas cantidades. En su nivel más básico, la desnutrición es la consecuencia de las enfermedades y de una ingesta alimentaria inadecuada, pero hay muchos otros factores que intervienen. Por ejemplo, la discriminación de las mujeres y la violencia contra ellas son causas importantes de la desnutrición. En resumidas cuentas, nada resulta simple cuando se trata de la desnutrición, salvo, quizás, que está cobrando un enorme número de víctimas.

El balance

De los cerca de 12 millones de niños menores de 5 años que mueren anualmente de enfermedades susceptibles de prevención, sobre todo en los países en desarrollo, más de 6 millones, o el 55%, perecen por causas relacionadas directa o indirectamente con la desnutrición. La anemia es uno de los factores que intervienen en el 20% al 23% de todas las muertes maternas posparto que ocurren en África y Asia.

En la primera infancia, la anemia por carencia de hierro puede retardar el desarrollo psicomotor y afectar el desarrollo cognoscitivo mediante la reducción del cociente intelectual en unos 9 puntos. Los bebés con bajo peso al nacer tienen, como promedio, cocientes intelectuales 5 puntos menores que los niños sanos. La deficiencia grave de yodo in utero puede ser causa del profundo retraso mental que caracteriza el cretinismo, pero aun las carencias más leves pueden tener efectos negativos en la capacidad intelectual de los niños. Se cree que en la república de Georgia, por ejemplo, donde se descubrieron recientemente altas tasas de carencia de yodo, los 50.000 niños nacidos en 1996 vinieron al mundo con un déficit combinado de 500.000 puntos de cociente intelectual. La privación de inteligencia humana en tal escala, y por razones casi totalmente susceptibles de prevención, representa un despilfarro de proporciones casi criminales.

Desde hace tiempo se sabe que la carencia de vitamina A, que afecta a unos 100 millones de niños de corta edad de todo el mundo, causa ceguera. Pero también resulta cada vez más claro que aún la carencia leve de esa vitamina afecta al sistema inmunológico, y reduce en los niños la capacidad de resistencia contra la diarrea, que anualmente provoca unos 2,2 millones de muertes infantiles, y contra el sarampión, que causa todos los años un millón de muertes de niños.

Según una fuente, solamente en 1990, las pérdidas mundiales en capacidad productiva social ocasionadas por cuatro tipos superpuestos de desnutrición —la cortedad de talla y la emaciación relacionadas con la desnutrición, las enfermedades causadas por carencia de yodo y las causadas por carencias de hierro y de vitamina A— representaron casi 46 millones de años de vida productiva y libre de discapacidades. Se calcula que las carencias de vitaminas y minerales le cuestan a algunos países el equivalente de más de un 5% de su producto nacional bruto en vidas perdidas, discapacidad y menor productividad. Según esos cálculos, en 1995 Bangladesh y la India sufrieron del orden de los 18.000 millones de dólares.

Muchos niños padecen diversos tipos de desnutrición, de manera que las cifras tienden a superponerse. Pero los cálculos más dignos de crédito indican que en el mundo hay 226 millones de niños que sufren cortedad de talla, ya que su estatura es menor que el promedio entre los niños de su edad. Un estudio realizado en Guatemala indicó que los hombres afectados por cortedad de talla grave tenían, como promedio, 1,8 años de estudios menos que los que habían tenido un desarrollo físico normal, y que las mujeres que habían tenido un desarrollo limitado habían estudiado, como promedio, un año menos que las que no sufrían cortedad de talla. Cada año de educación escolar representa un incremento salarial del 6%.

Se calcula que unos 67 millones de niños sufren emaciación, lo que significa que tienen un peso inferior al que corresponde a su estatura, y unos 183 millones de niños tienen un peso inferior a lo que les corresponde según su edad. Un estudio indicó que los niños con una grave incidencia de peso inferior al normal tenían dos veces más probabilidades de morir en el plazo de un año que los niños con peso normal para su edad.

Más de 2.000 millones de personas, en su mayoría mujeres y niños, sufren carencia de hierro, y la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha calculado que el 51% de los niños menores de 4 años de los países en desarrollo están anémicos.

Investigadores de los Estados Unidos calcularon que más de 13 millones de niños tienen problemas para recibir la cantidad de alimentos que necesitan. Según un estudio llevado a cabo recientemente en el Reino Unido, los niños y adultos de las familias pobres están amenazados por problemas de salud relacionados con el régimen alimentario. Entre los problemas que menciona ese estudio figuran las altas tasas de anemia infantil y adulta, los nacimientos prematuros y de niños con bajo peso al nacer, las enfermedades dentales, la diabetes, la obesidad y la hipertensión.

En Europa Central y Oriental, las dislocaciones económicas propias de la transición a las economías de mercado y las profundas reducciones de los programas estatales de asistencia social afectan de manera más grave a los sectores más vulnerables. En la Federación Rusa, la tasa de cortedad de talla de los niños menores de 2 años aumentó del 9% en 1992 al 15% en 1994.

Los hijos de las mujeres desnutridas y de peso inferior al normal tienden a ser pequeños al nacer. En general, el 60% de las mujeres en edad de procrear del Asia meridional, donde la mitad de los niños tienen peso inferior al normal, pesan menos de lo que deberían de acuerdo a su estatura. En la región sudoriental del Asia, la tasa de mujeres con peso inferior al normal es del 45%, mientras que en los países del África al sur del Sáhara es del 20%.

El poder de una buena nutrición

Resulta difícil exagerar la magnitud de la devastación que causa la desnutrición, de la misma manera que no es fácil sobreestimar el poder contrario que ejerce la nutrición. La prueba más obvia del poder de una buena nutrición es que en muchos países hay muchos niños que son más altos, fuertes y saludables que la generación de sus padres, más baja y menos robusta. Gracia a la yodación de la sal se salva anualmente a unos 12 millones de niños de las lesiones mentales irreversibles causadas por la carencia de yodo. Y más de un 60% de los niños de corta edad del mundo reciben hoy suplementos de vitamina A.

La historia demuestra que las sociedades en las que se satisfacen las necesidades en materia de nutrición de las mujeres y los niños ofrecen también más posibilidades de que unas y otros logren mayores avances sociales y económicos. Aproximadamente la mitad del crecimiento económico logrado en el Reino Unido y diversos países de Europa occidental entre 1970 y 1980 ha sido atribuida a la mejor nutrición y las mejores condiciones de salud y saneamiento ambiental imperantes, como resultado de inversiones sociales que, en algunos casos, datan de hasta un siglo antes.

Aun en los países y las regiones donde la pobreza es endémica, es posible proteger y hasta aumentar el nivel de salud y desarrollo de las mujeres y los niños (Gráfico 4). En algunas regiones del Brasil, por ejemplo, la tasa de niños con peso inferior al normal se redujo entre 1973 y 1996 del 17% a menos de un 6%, a pesar de que en el mismo período las tasas de pobreza prácticamente se duplicaron.

El derecho a una buena nutrición

Más allá de las consecuencias a largo plazo de una buena alimentación, la nutrición adecuada está avalada por el derecho internacional en términos muy específicos que constan en diversas declaraciones internacionales y tratados de derechos humanos que se remontan a la fecha de aprobación por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas de la Declaración de los Derechos del Niño, en 1924. Los Estados partes de la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer de 1979, por ejemplo, deben garantizar que las mujeres reciban acceso pleno y justo a la atención de la salud.

Pero el derecho a la nutrición se expresa de la manera más plena y resonante en la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989, cuya ratificación por parte de 191 países para fines de 1997 la ha convertido en el tratado de derechos humanos más respaldado de la historia. Mediante la Convención, prácticamente todos los gobiernos del mundo reconocen el derecho de todos los niños a los niveles más altos de salud posibles, incluido el derecho a la buena nutrición y a disfrutar de sus tres componentes fundamentales: la alimentación, la salud y la atención.

A la luz del principio fundamental de la Convención, la buena nutrición infantil constituye un derecho porque responde al “interés superior del niño”. El artículo 24 de la Convención establece que los Estados partes deben tomar “medidas apropiadas” para reducir la mortalidad infantil y combatir las enfermedades y la desnutrición a través del uso de la tecnología disponible y por medio del suministro de alimentos nutritivos y adecuados y de agua potable.

Una cuestión de carácter urgente

Los órganos y tejidos, la sangre, el cerebro y los huesos del niño —así como su potencial intelectual y físico— se forman durante el período comprendido entre la concepción y el tercer año de vida.

Debido a que en los primeros 18 meses de vida el desarrollo ocurre muy velozmente, la situación en materia de nutrición de las mujeres que están embarazadas y que amamantan a sus hijos, y de los niños de corta edad, adquiere una importancia suprema con respecto al desarrollo futuro.

El recién nacido saludable que se desarrolla a partir de una sola célula del tamaño aproximado del punto que cierra esta oración está compuesto de unos 2.000 millones de células y pesa, como promedio, 3.250 gramos. En condiciones óptimas, el peso del lactante se duplica durante los cuatro primeros meses de vida y, para su tercer cumpleaños, el niño pesa unas cuatro veces y media más que al nacer.

Durante la fase fetal, el crecimiento depende de lo bien alimentada que haya estado la madre antes del embarazo, así como del peso que aumente mientras esté embarazada. Pero para muchas mujeres del mundo en desarrollo, donde a veces se interponen a la buena nutrición factores económicos, sociales y culturales, puede resultar difícil satisfacer estas necesidades de alimentación, salud y atención, que están estrechamente relacionadas. Cada año nacen en el mundo unos 24 millones de niños con peso inferior al normal, lo que representa el 17% de la totalidad de nacimientos. Los niños con bajo peso al nacer, a los que se define como los que nacen pesando menos de 2,5 kilogramos, corren más peligro de muerte que los lactantes de peso normal. Los que sobreviven sufren, como promedio, más casos de enfermedades, retraso del desarrollo cognoscitivo y mayores probabilidades de estar desnutridos. Las precauciones esenciales que se deben tomar con las mujeres embarazadas —atención y descanso, la reducción de su trabajo y un régimen alimentario equilibrado— son igualmente válidas para las mujeres que amamanten a sus hijos.

El amamantamiento combina perfectamente los tres componentes fundamentales de una nutrición sana: los alimentos, la salud y la atención. En los países donde las tasas de mortalidad infantil son elevadas o moderadamente elevadas, un niño de una comunidad pobre que se alimente a biberón tendrá 14 veces más probabilidades de morir de enfermedades diarreicas y cuatro veces más probabilidades de morir de pulmonía que un niño alimentado exclusivamente con leche materna. Un estudio sobre el tema demostró que las personas que habían sido amamantadas tenían, como promedio, cocientes intelectuales 8 puntos más altos que los niños que habían sido alimentados con biberón.

Sin embargo, cuando se trata de madres infectadas con el VIH, el enorme valor del amamantamiento como baluarte contra la desnutrición, las enfermedades y la muerte tiene como contrapartida el peligro de que la leche de esas mujeres sea el vector de contagio del virus a los hijos, lo que sucede en el 14% de los casos, además del riesgo aun más grave, especialmente en las comunidades pobres con suministro inadecuado de agua y saneamiento, de que la alimentación artificial de los niños puede provocar la muerte por diarrea e infecciones de las vías respiratorias.

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