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La desnutrición: Una emergencia silenciosaSe trata de un fenómeno directamente relacionado con más de la mitad de los casos de mortalidad infantil que ocurren el mundo, una proporción que no tiene precedentes en la historia de las enfermedades infecciosas desde la época de la peste negra. Y sin embargo, no se trata de una enfermedad infecciosa. Su poder destructivo se hace sentir en los millones de sobrevivientes que padecen discapacidades, sufren una mayor propensión a contraer enfermedades durante el resto de sus vidas o quedan mermados intelectualmente. Se trata de un fenómeno que amenaza a las mujeres y las familias y que, en última instancia, pone en peligro la existencia misma de sociedades enteras. Asimismo, debilita la lucha que llevan a cabo las Naciones Unidas en pro de la paz, la igualdad y la justicia. Es una violación flagrante de los derechos de los niños que socava prácticamente todos los aspectos de las tareas del UNICEF en pro de la supervivencia, la protección y el desarrollo pleno de los niños del mundo. A pesar de todo ello, la crisis mundial de la desnutrición no ha causado una gran alarma popular, ni siquiera cuando existen pruebas científicas cada vez mayores y más convincentes de que el peligro que representa es grave. Se presta más atención a los altibajos de los mercados bursátiles del mundo que al potencial destructivo de la desnutrición, o que a los igualmente importantes beneficios que entraña la nutrición racional, incluso a las pruebas cada vez más firmes de que el mejoramiento de la nutrición mediante la ingestión de cantidades adecuadas de vitamina A y yodo, por ejemplo puede beneficiar profundamente a poblaciones enteras. La desnutrición es una emergencia silenciosa, pero la crisis que desencadena es muy real, y su persistencia tiene unas graves y amenazantes repercusiones sobre los niños, la sociedad y el futuro de la humanidad. Contrariamente a lo que muchos piensan, el problema de la desnutrición no se limita a si un niño puede satisfacer su apetito. Ese niño puede ingerir una cantidad suficiente de alimentos como para calmar su hambre inmediata, y estar, sin embargo, desnutrido. Y la desnutrición es una emergencia no sólo silenciosa sino también, en gran medida, invisible. Tres cuartas partes de los niños del mundo que mueren debido a causas relacionadas con la desnutrición son niños a quienes los expertos en nutrición califican de leve a moderadamente desnutridos y que a los ojos de un lego no muestran signos o síntomas de problemas. Las consecuencias trágicas de la desnutrición en el plano mundial no son sólo el resultado del hambre, las guerras y otras catástrofes, como se cree generalmente. En rigor de la verdad, a esos acontecimientos se debe solamente una porción minúscula de la crisis mundial de la desnutrición. Pero esas situaciones de emergencia como las crisis actuales en la región de los grandes lagos del África Central y de la República Popular Democrática de Corea suelen originar las formas más graves de desnutrición. En tales situaciones, resulta fundamental satisfacer las necesidades de los afectados en materia de alimentación, pero también lo es el protegerlos de las enfermedades y garantizar que los niños de corta edad y otros sectores vulnerables reciban buena atención. La desnutrición infantil no se limita al mundo en desarrollo. En algunas naciones industrializadas, las crecientes desigualdades en materia de ingresos, en combinación con la disminución de la protección social, tienen repercusiones preocupantes sobre el bienestar de los niños en materia de nutrición. Cualesquiera que sean las interpretaciones falsas del público general, las dimensiones de la crisis en materia de nutrición están claras. Se trata de una crisis, en primer lugar, relacionada con la muerte y la incapacitación de niños en gran escala, con miles de mujeres que pasan a engrosar las estadísticas de mortalidad materna debido en parte a carencias en materia de nutrición, y con el costo social y económico que estrangula el desarrollo y hace desvanecer las esperanzas. Hace mucho tiempo que se tiene conciencia de que la desnutrición es consecuencia de la pobreza. Y cada vez resulta más evidente que la una también es causa de la otra. En algunas partes del mundo, especialmente en América Latina y el Asia oriental, se ha conseguido una notable reducción en las tasas de desnutrición infantil. Pero en términos generales, la cantidad absoluta de niños desnutridos ha ido en aumento. La mitad de los niños del Asia meridional están desnutridos. En África, uno de cada tres niños tiene un peso inferior al normal, y en diversos países de ese continente empeora la situación de los niños en materia de nutrición. Los niños desnutridos tienen una mayor tendencia a morir como consecuencia de las enfermedades comunes de la niñez, a diferencia de quienes reciben una nutrición adecuada. Y las investigaciones demuestran que existe una relación entre la desnutrición a edad temprana incluso durante el período de crecimiento del feto y el posterior desarrollo de enfermedades crónicas, como las enfermedades coronarias, la diabetes y la alta presión arterial. Esto representa un motivo de preocupación adicional en aquellos países donde la desnutrición ya es un problema grave. Los grupos más vulnerables son los fetos en desarrollo, los niños menores de 3 años y las mujeres antes y durante el embarazo, y en la etapa de amamantamiento. En los niños, la desnutrición ataca especialmente a quienes carecen de un régimen alimentario que les nutra adecuadamente, así como a quienes no están protegidos contra las enfermedades frecuentes y no reciben atención adecuada. Las enfermedades suelen ser consecuencia de la desnutrición; y ésta es, con frecuencia, resultado de las enfermedades. El paludismo, una de las principales causas de la mortalidad infantil en muchas partes del mundo, tiene también repercusiones sobre el crecimiento y el desarrollo de los niños. En las regiones de África donde es común el paludismo, una tercera parte de los casos de desnutrición infantil se deben a esa enfermedad. El paludismo tiene también consecuencias peligrosas para la nutrición de las embarazadas. Además de ello, las embarazadas son más susceptibles a contraer paludismo, y los hijos de mujeres infectadas corren mayor peligro de nacer con anemia y un peso inferior al normal. No existe un solo tipo de desnutrición. La desnutrición ocurre de maneras diversas que a menudo se manifiestan combinadas y que se complementan las unas con la otras, como la malnutrición proteínico-energética, los trastornos causados por la carencia de yodo y las enfermedades debidas a la carencia de hierro y vitamina A, por ejemplo. En muchos casos, la desnutrición entraña la carencia de micronutrientes, substancias tales como la vitamina A y el yodo, que el organismo humano no puede elaborar por sí mismo, pero que necesita, generalmente en cantidades minúsculas, para regular una amplia gama de funciones fisiológicas esenciales. Cada tipo de desnutrición es el resultado de una compleja
interacción de diversos factores que abarcan aspectos tan
dispares como el grado de acceso de las familias a los alimentos, la
atención maternoinfantil, el agua potable y el saneamiento
ambiental, y los servicios sanitarios básicos. Y cada tipo de desnutrición mina y destruye el organismo humano de manera diferente. La carencia de yodo puede afectar la capacidad intelectual; la anemia es una de las causas de las complicaciones del embarazo y el parto que matan anualmente a unas 585.000 mujeres; la carencia de ácido fólico en las embarazadas puede provocar a los hijos defectos congénitos, como la espina bífida; y la carencia de vitamina D puede ser causa de deformaciones óseas, incluso de raquitismo. Foto: Reducir la desnutrición debería convertirse en una prioridad urgente a nivel mundial, ya que la falta de acción es una afrenta escandalosa al derecho humano a la supervivencia. Un niño desnutrido con su madre en Afganistán. Desde hace tiempo se sabe que la carencia de vitamina A, que afecta a unos 100 millones de niños de corta edad de todo el mundo, causa ceguera. Pero también resulta cada vez más claro que aún la carencia leve de esa vitamina afecta al sistema inmunológico y reduce en los niños la capacidad de resistencia contra la diarrea, que anualmente provoca unos 2,2 millones de muertes infantiles, y contra el sarampión, que causa todos los años cerca de un millón de muertes de niños. Y los resultados de las investigaciones más recientes llevan a pensar que la carencia de vitamina A también es una de las causas de la mortalidad materna, especialmente entre las mujeres que habitan regiones empobrecidas (Recuadro 1). En su nivel más básico, la desnutrición es la consecuencia de las enfermedades y de una ingesta alimentaria inadecuada, que por lo general se unen para crear una combinación debilitante y con frecuencia letal. Pero además de los aspectos fisiológicos, la desnutrición se relaciona también con muchos otros factores, entre ellos los de índole social, política, económica y cultural. La discriminación y la violencia contra las mujeres son causas importantes de la desnutrición. Las mujeres son las principales proveedoras de los alimentos que consumen los niños durante los períodos más importantes de su desarrollo, pero las prácticas de atención de los niños más vinculadas a su bienestar en materia de nutrición sufren invariablemente las consecuencias de la división del trabajo y los recursos, que favorece a los hombres, y la discriminación en la educación y el empleo contra las niñas y las mujeres. Otra causa de la desnutrición es la falta de acceso a la educación de buena calidad y a la información correcta. Si no hay estrategias en materia de información ni programas de educación mejores y más accesibles, es imposible lograr el nivel de conciencia, las aptitudes y las prácticas necesarias para combatir la desnutrición. En resumidas cuentas, nada resulta simple cuando se trata de la desnutrición, salvo, quizás, que se está cobrando un enorme número de víctimas. De los cerca de 12 millones de niños menores de 5 años que mueren anualmente de enfermedades susceptibles de prevención, sobre todo en los países en desarrollo, más de 6 millones, o el 55%, perecen por causas relacionadas directa o indirectamente con la desnutrición (Gráfico 1). Unos 2,2 millones de niños mueren por deshidratación
diarreica debida a la diarrea persistente que con frecuencia se agrava
debido a la desnutrición. Y se ha descubierto que la anemia es
uno de los factores, si no la causa principal, de entre el 20% y el
23% de todas las muertes maternas posparto que ocurren en África
y Asia 1, una cifra que
muchos expertos consideran demasiado cauta. Pero el tema de la desnutrición supera el ámbito de la supervivencia infantil y la mortalidad y morbilidad materna. Los niños desnutridos, a diferencia de los que reciben buena alimentación, no sólo padecen incapacidades de por vida y el debilitamiento de sus sistemas inmunológicos, sino que no tienen la misma capacidad de aprendizaje que los niños que disfrutan de una nutrición adecuada. En los niños de corta edad, la desnutrición disminuye la motivación y la curiosidad, y reduce el nivel de juego y de actividades de exploración e investigación. Estos efectos, por su parte, limitan el desarrollo mental y cognoscitivo al disminuir las relaciones de los niños con el medio que los rodea y con las personas que los cuidan. En el caso de las mujeres embarazadas, la desnutrición, y especialmente la carencia de yodo, puede producir en los hijos diversos grados de retraso mental. En la primera infancia, la anemia por carencia de hierro puede retardar el desarrollo psicomotor y afectar el desarrollo cognoscitivo mediante la reducción del cociente intelectual en unos 9 puntos. Se ha descubierto que los niños de edad preescolar que sufren anemia tienen dificultades para mantener la atención y para distinguir entre diversos estímulos visuales. También se ha establecido que existen relaciones entre la carencia de hierro y el desempeño escolar deficiente de los alumnos primarios y los adolescentes.2 Los bebés con bajo peso al nacer tienen, como promedio, cocientes intelectuales 5 puntos menores que los niños sanos. Y los niños que no son amamantados, cocientes menores en unos 8 puntos que los que sí lo son. La privación de inteligencia humana en tal escala, y por razones casi totalmente susceptibles de prevención, representa un despilfarro de proporciones casi criminales. Privados de su potencial intelectual y físico, los niños desnutridos que superan la infancia enfrentan un futuro de carencias. Serán adultos con limitadas capacidades físicas e intelectuales, con niveles reducidos de productividad y tasas elevadas de enfermedades crónicas y discapacidades, y en su mayoría vivirán en sociedades que no cuentan con los recursos económicos necesarios ni siquiera para brindar los más elementales servicios terapéuticos y de rehabilitación. En el plano familiar, los crecientes costos y presiones que la discapacidad y las enfermedades relacionadas con la desnutrición imponen a quienes atienden a las personas afectadas pueden tener resultados devastadores para las familias pobres, especialmente para las madres en los países en desarrollo, que reciben poca o ninguna asistencia de unos servicios sociales sobrecargados de trabajo. Y cuando esas pérdidas que suceden en el microcosmos familiar se repiten millones de veces en el plano social, el detrimento que esto representa para el desarrollo mundial es sobrecogedor. Según una fuente, solamente en 1990, las pérdidas mundiales en capacidad productiva social ocasionadas por cuatro tipos superpuestos de desnutrición la cortedad de talla y la emaciación relacionadas con la desnutrición, las enfermedades causadas por carencia de yodo y las causadas por carencias de hierro y de vitamina A representaron casi 46 millones de años de vida productiva y libre de discapacidades.3 Se calcula que las carencias de vitaminas y minerales cuestan a algunos países el equivalente de más de un 5% de su producto nacional bruto en vidas perdidas, discapacidad y menor productividad. De acuerdo con esos cálculos, en 1995 Bangladesh y la India sufrieron pérdidas del orden de los 18.000 millones de dólares.4 La baja resistencia que tienen los niños desnutridos ante las enfermedades reduce la eficacia de los considerables recursos que se invierten en garantizar que las familias cuenten con acceso a los servicios básicos de salud y saneamiento ambiental. Y los perniciosos efectos de la desnutrición en el desarrollo cerebral y el desempeño intelectual comprometen las inversiones de los gobiernos y sus aliados en la educación básica. La anemia por carencia de yodo y hierro, que amenaza a millones de niños, es motivo de especial inquietud para los países empeñados en mejorar sus sistemas de educación. Los niños menores de 2 años que sufren carencia de hierro presentan problemas de coordinación y equilibrio y tienen conductas más retraídas y vacilantes. Esos factores pueden reducir la capacidad de los niños para relacionarse con el medio ambiente y obtener conocimientos de su entorno, y puede causar la disminución de su capacidad intelectual.5 La deficiencia grave de yodo in utero puede ser causa del profundo retraso mental que caracteriza el cretinismo. Pero aun las carencias más leves pueden tener efectos negativos en la capacidad intelectual de los niños. Se cree que en la república de Georgia, por ejemplo, donde se descubrieron recientemente altas tasas de carencia de yodo, los 50.000 niños nacidos en 1996 vinieron al mundo con un déficit combinado de 500.000 puntos de cociente intelectual.6 Muchos niños padecen diversos tipos de desnutrición, de manera que las cifras tienden a superponerse. Pero los cálculos más dignos de crédito indican que en el mundo hay 226 millones de niños que sufren cortedad de talla, ya que su estatura es menor que el promedio entre los niños de su edad o más corta que lo que se podría atribuir a una determinada variación genética (Recuadro 2). Ese defecto es especialmente peligroso en el caso de las mujeres, debido a que quienes no logran un desarrollo físico pleno corren más peligro de tener complicaciones en el alumbramiento y, por ende, un mayor peligro de muerte. Este tipo de cortedad de talla se relaciona con la reducción de la ingesta alimentaria a largo plazo, por lo común debida a reiterados episodios de enfermedad y regímenes alimentarios de baja calidad. Un estudio realizado en Guatemala indicó que los hombres afectados por cortedad de talla grave tenían, como promedio, 1,8 años de estudios menos que los que habían tenido un desarrollo físico normal, y que las mujeres que habían tenido un desarrollo limitado habían estudiado, como promedio, un año menos que las que no sufrían cortedad de talla. Se trata de diferencias importantes, porque cada año de educación escolar representa un incremento salarial del 6% 7 (Recuadro 3). Se calcula que unos 67 millones de niños sufren emaciación, lo que significa que tienen un peso inferior al que corresponde a su estatura como resultado de una ingesta alimentaria reducida, de enfermedades, o de ambos factores. Unos 183 millones de niños tiene un peso inferior a lo que les corresponde según su edad. Un estudio indicó que los niños que tenían una grave incidencia de peso inferior al normal8 tenían dos veces más probabilidades de morir en el plazo de un año que los niños con peso normal para su edad.9 Más de 2.000 millones de personas, en su mayoría mujeres y niños, sufren carencia de hierro,10 y la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha calculado que el 51% de los niños menores de 4 años de los países en desarrollo están anémico.11 En la mayoría de las regiones del mundo en desarrollo, las tasas de desnutrición han disminuido en los dos decenios pasados, pero las reducciones han tenido lugar a ritmos muy diversos (Gráfico 2). Una excepción es la región del África al sur del Sahara, donde las tasas de desnutrición comenzaron a aumentar en la mayoría de los países a principios del decenio de 1990, como resultado del deterioro económico de la región que se inició a fines del decenio anterior. A medida que se redujeron los presupuestos gubernamentales, los servicios sociales básicos y los servicios sanitarios sufrieron las consecuencias más graves. También disminuyó el ingreso per cápita, lo que redujo las posibilidades de la población de adquirir alimentos. Investigadores de los Estados Unidos calcularon que más de 13 millones de niños, es decir casi uno de cada cuatro estadounidenses menores de 12 años, tienen problemas para recibir la cantidad de alimentos que necesitan, problemas que se hace más graves durante la última semana del mes, cuando la familia se gasta los últimos dólares que le quedan de los beneficios sociales o los salarios.12 Más de un 20% de los niños de los Estados Unidos viven en condiciones de pobreza, una proporción dos veces superior a la que existe en la mayoría de los demás países industrializados.13 Según un estudio llevado a cabo recientemente en el Reino Unido, los niños y adultos de las familias pobres están amenazados por problemas de salud relacionados con el régimen alimentario. Entre los problemas que menciona ese estudio figuran las altas tasas de anemia infantil y adulta, los nacimientos prematuros y de niños con bajo peso al nacer, las enfermedades dentales, la diabetes, la obesidad y la hipertensión.14 En Europa central y oriental, las dislocaciones económicas propias de la transición a las economías de mercado y las profundas reducciones de los programas estatales de asistencia social afectan de manera más grave a los sectores más vulnerables. En la Federación Rusa, la tasa de cortedad de talla de los niños menores de 2 años aumentó del 9% en 1992 al 15% en 1994.15 Y en las repúblicas de Asia Central y Kazajstán, un 60% de las mujeres embarazadas y los niños de corta edad sufren anemia. Los resultados de la desnutrición tampoco respetan barreras intergeneracionales. Los hijos de las mujeres desnutridas y de peso inferior al normal tienden a ser pequeños al nacer. En general, el 60% de las mujeres en edad de procrear del Asia meridional, donde la mitad de los niños tienen peso inferior al normal, pesan menos de lo que deberían de acuerdo a su estatura. En la región sudoriental del Asia, la tasa de mujeres con peso inferior al normal es del 45%, mientras que en los países del África al sur del Sahara es del 20%. |
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