
En los campamentos de Burundi ronda el espectro de la desnutriciónSólo sus pequeñas manos abiertas se asoman por entre los pliegues de la manta verde y amarilla que envuelve a Richard Nsabimana, de apenas 16 meses, cuando el niño busca los brazos de su madre. Richard tiene el cabello finísimo y blanco, y la piel resquebrajada, arrugada y cubierta de sarna. Las llagas abiertas de sus piernas atraen un enjambre de moscas, y si se le presiona la piel del pie con el dedo pulgar, la marca tarda muchísimo en desvanecerse. Richard está débil, tiene muy poco apetito y está gravemente desnutrido. Se trata de un mal bastante común en Burundi, donde el espectro de la desnutrición ronda en las sierras y los hogares de los campos empobrecidos pero cubiertos de vegetación de esta pequeña nación del África central. La desnutrición encuentra muy débil resistencia cuando ataca a los niños de las regiones donde el acceso a la alimentación, la atención de la salud, el saneamiento y el cuidado adecuado es muy limitado. Desde que en 1993 se desencadenó la guerra civil, los niveles de desnutrición de Burundi han aumentado constantemente, y paulatinamente ese incremento se hace cada vez más pronunciado, a medida que empeoran las condiciones de salud de la población en general. Las peores condiciones imperan, sin ninguna duda, en los campamentos improvisados de personas desplazadas. Durante los últimos cinco años, unas 600.000 personas, de las cuales una de cada cuatro es un niño, han sido desplazadas dentro de Burundi. En algunas de las zonas más afectadas, especialmente en los campamentos de reagrupamiento de Karuzi, las tasas de desnutrición infantil han llegado al 18,7%, y las de desnutrición grave al 4,9%. La desnutrición puede tener numerosas causas, y éstas pueden ser difíciles de descubrir. No sé por qué está tan enfermo, dice Madelene, la madre de Richard, de 24 años de edad, mientras lo arrulla en sus brazos. Richard sufre de kwashiorkor, una enfermedad causada por la combinación de diversos factores. En parte se debe al régimen alimentario, en parte al mal estado de salud de la persona, en parte al grado de acceso a la alimentación del que dispone, en parte a la atención que recibe. Y en Burundi, todos esos factores están agravados por la guerra civil. Antes del conflicto, la familia de Richard cultivaba una pequeña parcela en la provincia de Karuzi, en la región central del país. Las cosechas eran relativamente abundantes y la familia podía vender los excedentes de batatas, mandioca y bananas en los mercados locales. Antes de la crisis, afirma Madelene, lo que teníamos nos alcanzaba para vivir decentemente. Pero ese relativo buen pasar cambió a fines del año pasado, cuando la guerra civil llegó a Karuzi y las autoridades militares internaron a la familia en un campamento de reagrupamiento, presuntamente para protegerlos. El acceso a los campos disminuyó, y por tanto el acceso a los alimentos. Al mes de su entrada en el campamento, Richard comenzó a padecer diarrea y parásitos intestinales. Sus padres también están enfermos. El padre tiene paludismo y la madre, como su hijo, sarna. Aunque el centro sanitario más cercano dista sólo tres kilómetros, Madelene explica que muchas veces acuden a los curanderos tradicionales. La familia se alimenta principalmente de frijoles, gachas y los alimentos suplementarios que les provee una ONG. Pero la madre afirma que esos alimentos no alcanzan. Como muchas otras familias de Karuzi, la de Richard no ha podido cultivar el campo, en parte debido a las enfermedades y en parte a las restricciones al desplazamiento que les han impuesto las autoridades. En las pocas ocasiones en que Madelene puede regresar al campo, ubicado a unos dos kilómetros del campamento, recoge los alimentos que puede para su familia. La mujer dice que lo que encuentra en el campo está allí por la gracia de Dios. Las condiciones en que se vive en los campamentos como el de Karuzi agravan y amenazan el estado en materia de nutrición de los niños de Burundi. En ese aspecto, por desgracia, Richard Nsabimana no está solo. |
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