Perspectiva: Acomodar, adaptar y potenciar

Por Yahia J. Elziq

Saja tenía 7 años cuando la conocí. 

En aquel entonces yo trabajaba en uno de los tres centros nacionales de rehabilitación de la Ribera Occidental como terapeuta ocupacional. Aunque este centro no está preparado para tratar las necesidades y exigencias de una niña como Saja, que padece de parálisis cerebral, sí podíamos darle sesiones de terapia para evitar que su estado se deteriorara. Los dos principales obstáculos que siguen impidiendo su acceso a una rehabilitación adecuada son la falta de mecanismos de remisión y coordinación entre los servicios de la Ribera Occidental, y las restricciones al movimiento que se imponen a los palestinos bajo la ocupación. El centro de rehabilitación especializada para este tipo de dolencias se encuentra en Jerusalén Este, pero a la familia de Saja se le denegó el permiso para entrar en la ciudad. 

Además, los niños y niñas con discapacidad que viven en la Ribera Occidental, al igual que en otros lugares, se enfrentan a una carencia generalizada de conocimientos y habilidades en lo que concierne a la discapacidad, tanto en el sector público como en el privado. Han de combatir también las opiniones dominantes que consideran a las personas con discapacidad como dignas de lástima y merecedoras de caridad, pero no como seres individuales que poseen los mismos intereses y derechos que los demás y que pueden aportar –y de hecho aportan– algo a la sociedad. 

En este contexto, Saja ha tenido suerte. Tras una extensa evaluación, nuestro equipo elaboró un plan destinado a favorecer y mejorar su participación en la comunidad. La prioridad para ella y su familia era lograr matricularla en una escuela corriente. Sin embargo, para que Saja pudiera asistir a una escuela corriente era necesario que se efectuaran varios cambios en el entorno; por ejemplo, las instalaciones debían ser físicamente accesibles, y ella necesitaría una silla de ruedas adecuada. La plena colaboración de su familia, la escuela y la comunidad eran imperativos absolutos. Saja necesitaba actividades integrales que implicaban la participación de diversas partes interesadas, empezando por sus propios progenitores, que tendían a emplear los recursos existentes en favor de su hermano, que padecía la misma enfermedad, con lo que la privaban a ella de la oportunidad de desarrollar todas sus posibilidades.  

La falta de una política nacional adecuada hacía muy difícil abordar todas estas cuestiones. Por ejemplo, no existe un programa de educación incluyente para los niños y niñas con discapacidad, y las políticas que tienen en cuenta la discapacidad no son prioritarias para los responsables de la toma de decisiones. Así pues, la suerte de los niños y niñas con discapacidad depende en una gran medida de que los miembros de la comunidad quieran reconocer que estos niños y niñas poseen los mismos derechos que el resto de la infancia. Cuando estos derechos se reconozcan, podrán resolverse muchos problemas, a menudo simplemente movilizando recursos ya existentes en las comunidades. 

Por fortuna, en el caso de Saja, las negociaciones con el director de la escuela dieron su fruto y se trasladó su aula del segundo piso al primero. Los maestros aceptaron la idea de tenerla en su clase. Por medio de nuestras propias redes de contactos profesionales y personales, logramos encontrar una silla de ruedas adecuada para ella, y gracias a algunos médicos y a un centro de salud de la zona, su familia pudo encontrar tratamiento para mejorarle la vista. Los trabajadores sociales ayudaron a su familia a cobrar conciencia de la situación particular de Saja, y un psicólogo la ayudó a superar su experiencia de ser discriminada. 

La situación de Saja mejoró notablemente a lo largo de tan sólo dos años, al abordarse algunos de sus problemas de salud: mejoró su movilidad, su autoestima y su confianza en sí misma, además de sus interacciones sociales, sus conocimientos y sus aptitudes para la vida. Como persona, me hacía muy feliz ver cómo había progresado Saja; como rehabilitador, resultaba muy gratificante. 

Saja me abrió los ojos a mi propia capacidad de ajustarme y adaptarme como profesional, así como al efecto positivo que los terapeutas profesionales podemos tener cuando adoptamos actitudes que potencian. Lo que es más, me ayudó a entender el valor y la importancia de adoptar una visión holística de cada niño o niña, y de aplicar un método integral cuando trabajamos con personas discapacitadas y sus comunidades. Esta es la única forma de asegurar que los niños y niñas con discapacidad puedan tener las mismas oportunidades que los demás niños y niñas de participar en la vida de la comunidad. 

Quiero compartir este descubrimiento con los responsables de la formulación de políticas a fin de que puedan dar un enfoque más potenciador y holístico a su trabajo. Unas buenas políticas –formuladas con la participación de los niños y niñas con discapacidad y de organizaciones de personas con discapacidad, y aplicadas debidamente– contribuirán a asegurar que cuando nos llegue la próxima Saja, ella y su familia sabrán cuáles son sus derechos y qué es lo que puede esperar lograr, que no es sino lo que cualquier otra niña de su edad y de su comunidad podría esperar. Este es el mensaje que nos ofrecen la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad y la Convención sobre los Derechos del Niño, y que queremos promover cada día. 

x Hacer un donativo
Confirme su país y se le dirigirá a la página de donativos apropiada:
Ubicación: