Perspectiva: Quiero tener buenos recuerdos

Por Nicolae Poraico

Yo tenía 11 años cuando nos llevaron a la institución a mi her-mano Grisha y a mí. Ahora tengo 16 años. Nuestra madre nos mandó allá porque no teníamos dinero suficiente para comprar o alquilar una casa, y ella tenía que trabajar por las noches. Nos visitaba con frecuencia. 

No recuerdo mi primer día en la institución. Incluso ya no tengo algunos recuerdos de mi estadía allí, y espero, con el tiempo, olvidar los demás recuerdos. Quiero tener nuevos y buenos recuerdos. 

En los días festivos, la alimentación era buena. También era buena otros días. Nos daban cuatro comidas diarias. Después de comer, yo limpiaba la cocina. 

Los maestros nos enseñaban a recitar poemas y a cantar. También nos enseñaban juegos. Conozco un poema sobre Gigel y dos sobre las madres. 

La siesta era de 1 a 4 p.m. Yo no dormía; más bien, reía, hablaba con otros niños, descansaba la cabeza sobre la almohada, mantenía abiertos los ojos y miraba a los niños. Los 16 niños de mi clase vivíamos en la misma habitación. 

Un niño de nombre Víctor trabajaba en la cocina. Fuimos a un estadio cercano. Solo me llevó a mí; él tenía pan y leche agria y comimos juntos. Cuando mi madre nos llevó a mi hermano y a mí a casa, Víctor no se enteró, pues estaba durmiendo. Él me dio su fotografía para que no lo olvidara, pero la perdí allí mismo. 

Había ocasiones en las que el personal nos golpeaba. No sé por qué lo hacían. Me golpeaban tanto con distintos palos que tenía heridas en la espalda. Pero no solo me maltrataban a mí; otros niños también tenían heridas. Y algunos tenían cuchillos. Se pegaban y a veces yo peleaba con ellos a puñetazos. ¿Qué más podía hacer? Si no me defendía, podían matarme. Cuando golpeaban a Grisha, yo lo defendía. 

Yo no quería estar allá. Si mi madre nos hubiera dejado en ese lugar, el director habría podido mandarnos a vivir con diferentes familias y ella no nos habría encontrado. Pero quiero visitar esa institución únicamente para ver a Víctor y pedirle su número de teléfono. 

En casa estoy bien. Ahora juego con Colea, Igor y Dima. Aquí nadie me maltrata. De vez en cuando discutimos sobre problemas con nuestra madre y le pedimos consejos. Nos llevamos muy bien y voy a la escuela todos los días. Me gusta la educación física y las clases de idioma rumano. Me alegra haber venido y estoy feliz en Lapusna.

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