Eugen Crai

Un mundo aparte: El aislamiento de los niños y las niñas romaníes

En 2005, los gobiernos de la Europa central y oriental declararon el Decenio de la inclusión romaní y se comprometieron a “eliminar la discriminación y a cerrar las imperdonables lagunas existentes entre el pueblo romaní y el resto de la sociedad”. Con el plazo del final del Decenio a punto de agotarse en 2015, el esfuerzo por corregir dichas desigualdades sociales en esferas tan importantes como educación, la salud y los problemas de género ha dado resultados muy modestos. La cobertura de la vacunación entre los niños y niñas romaníes sigue siendo muy baja, con terribles consecuencias. Cuando Bulgaria sufrió un brote de sarampión en 2009, el 90% de todos los casos ocurrieron en la comunidad romaní.

Rumania, que alberga a más de medio millón de romaníes según los últimos datos oficiales (otros cálculos elevan la cifra hasta 2,8 millones), ilustra las dificultades y circunstancias requeridas en los intentos por eliminar desigualdades y promover la inclusión social. En 2001, el gobierno adoptó una estrategia nacional con el fin de mejorar la situación del pueblo romaní en todo el país. Han pasado diez años y solo el 13% de los gobiernos locales han puesto en marcha medidas específicas para las comunidades romaníes. El progreso hacia la inclusión social ha sido lento desde el comienzo y se vio más entorpecido aún por la crisis económica mundial que afectó a la región en 2008. Muchos municipios han recortado gastos sociales a raíz del aumento del desempleo.

Las comunidades romaníes se ven afectadas por la pobreza tanto en los medios urbanos como en los rurales; los más pobres viven agrupados principal-mente en ciudades medianas y pueblos grandes. Lo que singulariza la situación, tanto en los asentamientos urbanos como en los pueblos, es la separación de la población romaní del resto de los habitantes de la municipalidad, que viven literalmente en “guetos”. El problema que presentan los “guetos” es una clara manifestación física de la exclusión. Sus raíces se remontan hasta mediados de 1800, cuando se promulgaron las leyes que liberaban a los romaníes tras siglos de esclavismo. Sin políticas que promovieran y facilitaran la integración, los romaníes liberados se asentaron en los límites de las zonas urbanas, esencialmente en tierra de nadie. A lo largo de mi trabajo he visto que las comunidades romaníes siguen estando excluidas de los planes de desarrollo de las ciudades que han ampliado y cercado sus vecindarios. Los romaníes continúan aislados, y muchos no tienen acceso a los servicios públicos. La ausencia de viviendas permanentes, combinada con la falta de partidas de nacimiento o documentos de identidad, limitan considerablemente el acceso a asistencia de la salud, educación y empleo. Los desahucios suelen producirse sin previo aviso, acrecentando esta segregación.

¿Cómo es la vida de un niño en un gueto de Bucarest? Consideremos el caso de Laurentiu, un joven de 16 años de Ferentari, distrito conocido por su extensa población romaní, sus edificios abandonados, su pobreza y por el gran número de niñas y niños sin escolarizar. Cuando el padre de Laurentiu murió, su madre lo abandonó y el niño fue puesto en una institución pública. Ahora vive con su abuela de 70 años y sus cinco hermanos en un apartamento al que le han desconectado el agua y el gas porque la familia no puede hacer frente al pago de las facturas. Crecer en un lugar húmedo, sin gas para poder cocinar o agua para lavar, a escasos metros de las rutilantes avenidas comerciales de Bucarest, es la cruda realidad de dos mundos tan cercanos como dispares.

La pobreza urbana es especialmente difícil para los niños y las niñas, con escaso control sobre su entorno o su nivel de bienestar. Para muchos resulta imposible asistir a la escuela, y a los que van les cuesta trabajo hacerlo en buenas condiciones sin recibir apenas ayuda. Las niñas y niños romaníes de Rumania tienen tasas de matriculación escolar mucho más bajas en todos los niveles de la educación, empezando por el grado preescolar; a muchos de estos niños se les pone innecesariamente en clases de educación especial. En 2005, solo el 46% de la población romaní de 12 años, o mayor, había asistido a la escuela más de cuatro años (en contraste con el 83% del conjunto de los habitantes), y de ellos, únicamente el 13% adquirió educación secundaria (una cifra que es de un 63% entre la población general).

Los niños más afortunados encuentran organizaciones no gubernamentales que les ofrecen asesoramiento, servicio de tutoría, ayuda en las tareas escolares y un espacio en el que poder hablar de sus problemas, adquirir seguridad en sí mismos y mejorar sus notas académicas, casi siempre encaminadas hacia el decisivo examen final del grado 8º, un paso esencial hacia los estudios secundarios o la formación profesional. El Fondo para la Educación Romaní es una organización que trabaja para cambiar las vidas de unos 5.000 niños y jóvenes romaníes de Rumania. Pero hay muchos más como Laurentiu. Todavía queda mucho por hacer.

Eugen Crai es director del Fondo para la Educación Romaní en Bucarest, Rumania. Tiene una maestría en Derecho por la Universidad McGill de Canadá, y está especializado en leyes relacionadas con los derechos humanos y la legislación antidiscriminatoria, así como en la defensa de los derechos de minorías y políticas de educación. Su carrera profesional está centrada en las comunidades romaníes; en los últimos 14 años ha trabajado en el primer Proyecto PHARE de la Unión Europea para mejorar la situación del pueblo romaní, además de ejercer como funcionario de educación y de especialista en políticas sociales de la oficina de UNICEF en Rumania.

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Una serie de recuadros cortos definen los términos y conceptos relevantes para la vida urbana y la infancia.

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La infancia urbana es importante: ve lo que jóvenes, expertos, embajadores de buena voluntad y defensores de los derechos del niño tienen que decir. La serie de ensayos ofrece una perspectiva personal a los temas críticos que enfrentan los niños que crecen en las zonas urbanas.

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