El grupo de jóvenes del movimiento ATD Cuarto Mundo

Hablar por nosotros mismos

Gente de todo el mundo oye historias, ve películas y mira postales de Nueva York. Reconocen los edificios y lugares emblemáticos de la ciudad (el Empire State, la Estatua de la Libertad o el Puente de Brooklyn) sólo con verlos. Pero la ciudad de Nueva York no es sólo luces brillantes y los grandes edificios. También son las calles y las personas que caminan por ellas, y cuando vives aquí aprendes que Nueva York es una ciudad como cualquier otra, llena de gente que se las tiene que arreglar para llegar a fin de mes.

En los barrios donde estamos crecido vemos el lado más oscuro de esta famosa ciudad. La pobreza forma parte de la vida de nuestras comunidades superpobladas y de escasos recursos. La presión ejercida por otros pares influye en los niños a la hora de abandonar la escuela, y muchos acaban en la cárcel o muertos. La cara de la pobreza puede que cambie de un lugar a otro, pero la experimentamos de igual modo y hace que nos vinculemos con los jóvenes de otras ciudades.

Vivimos en diferentes partes de la ciudad pero hemos tenido la experiencia común de compartir las bibliotecas ambulantes, unas bibliotecas al aire libre, dispuestas sobre mantas por voluntarios que traen libros y arte a nuestras barriadas. Las bibliotecas son lugares pacíficos donde jóvenes y niños pueden trabajar juntos y ayudarse mutuamente. Y eso es importante porque la violencia forma buena parte de nuestras vidas. A veces hemos tenido que salir corriendo de una barbacoa en nuestras casa porque empezaba un tiroteo, y hay profesores que ya han renunciado a intervenir en las peleas dentro del aula porque se han convertido en algo habitual.

Las bandas son uno de los peores problemas a los que tienen que enfrentarse nuestras comunidades. Las bandas perjudican a todo el barrio, provocando estallidos de violencia y represalias en nuestros parques e influyendo sobre nosotros en cualquier decisión que tomemos, incluida la de dónde y cuándo ir a comprar comestibles, de manera que tengamos mayores posibilidades de evitar enfrentamientos. Hemos vivido lo suficiente para saber que una vez que te metes en una banda, estás perdido. Lo más probable es que si quieres salirte de ella mueras en el intento.

Los jóvenes sienten una misma presión a la hora de hacerse respetar y sentirse integra-dos socialmente, pero el hacinamiento en las viviendas y los cambios constantes de nuestras vidas pueden imposibilitar nuestros propósitos. Las bandas ofrecen un tipo de poder y protección, y esto influye para que muchos se unan a ellas. Es verdad que uno puede ganarse el respeto de los demás haciendo algo para lo que se vale, pero si vives en un barrio con recursos insuficientes, las oportunidades y el respaldo que necesitas para llegar a ser realmente bueno en algo no llegan con tanta facilidad. El hecho de que la gente crea que unirse a una banda es la mejor opción, pone de manifiesto la grave-dad de los problemas que tenemos por aquí.

La violencia es un asunto serio en las comunidades pobres, y genera un ciclo que mantiene a la gente en situación de pobreza. Pero la pobreza extrema es una forma de violencia en sí misma porque fuerza a los niños y a las familias a usar buena parte de sus energías en defender sus derechos contra amenazas como desahucios y desplazamientos forzados por el aburguesamiento de la zona, lo que provoca aumentos de alquiler y fuerza a las familias más pobres a mudarse asiduamente de domicilio. Por ese motivo, muchos de nosotros tenemos que mudarnos a barrios y a escuelas totalmente ajenos a los anteriores.

Estos cambios siempre suponen un reto y producen inquietud, pero en la ciudad son habituales y pueden ser realmente peligrosos para nosotros. Cuando eres nuevo en un vecindario o en la escuela, la gente suele ponerte a prueba y, si fallas, te conviertes en su objetivo. Los jóvenes que no se amoldan tienen que sufrir bromas, acoso e incluso ataques físicos, como el que padeció nuestra compañera Crystal de 17 años. Tal y como contó en 2011 ante un grupo de expertos de las Naciones Unidas, cuando se dirigía hacia la parada del autobús fue atacada por siete chicas porque vestía ropa que resultaba popular en su anterior escuela pero que se rechazaba en la actual.

Todos hemos pasado por este tipo de experiencias, pero hemos aprendido a manejarlas y a seguir adelante.

Los jóvenes como nosotros tenemos una función que realizar. Incluso en los barrios difíciles existen familias sólidas y gente estimulante, y en nuestras manos está buscar esos modelos positivos y llegar a ser como ellos. Todos queremos ser esas personas, y deseamos tener la oportunidad de hacer cambios para mejorar las comunidades en las que crecimos. Al vivir tantas de las injusticias relacionadas con el hecho de crecer en un barrio de insuficientes recursos económicos, hemos adquirido el conocimiento necesario para comenzar un proceso de cambio, un cambio que creará espacios en los que todas las familias sean tratadas con respeto y dignidad.

Hablar con claridad sobre nuestras vidas forma parte de cómo iniciar dicho cambio. La gente que no ha vivido las vidas que describimos no puede hablar por nosotros. Pero cuando nosotros logramos hablar en nombre de nuestras propias experiencias y de nosotros mismos, eso es libertad de expresión y representa un paso positivo.so de cambio, un cambio que creará espacios en los que todas las familias sean tratadas con respeto y dignidad.

En este ensayo colaboraron Crystal Dantzler (17 años), Najayah Foote (13 años), Tatyana Foote (13 años), Jammie Hatcher (11 años), Brianna Jeanniton (15 años), Jadora Lindsey (18 años), Malcom Smith (14 años), Shakora Townsend (15 años), y los jóvenes del Movimiento Actuar todos por la dignidad (ATD) Cuarto Mundo, ciudad de Nueva York.

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