La puerta hacia la libertad: la larga marcha de una niña

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La puerta de la cabaña se abrió lentamente. La llamaban puerta solamente porque cubría la entrada, pero no tenía bisagras: se trataba simplemente de dos planchas de madera unidas rudimentariamente con clavos. Era pesada y difícil de manejar para una niña de 10 años, pero todas las mañanas Kiriam la colocaba de lado y la sujetaba contra la pared.

La luz del día iluminó la habitación y descubrió las siluetas de varias personas que dormían. Cuando los rayos cálidos del sol se posaron en sus rostros, las sombras se agitaron y ocultaron la cabeza bajo las ropas andrajosas que les servían de camas.

 “Kiriam, Kiriam”.  Una voz quejumbrosa la llamó desde la oscuridad.

“Sí, abuela”. Kiriam se apresuró a ayudar a su abuela a sentarse. A veces le daba miedo tocarla. La abuela era tan frágil que se podían ver sus huesos a través de la piel seca que los rodeaba. Un día, pensó Kiriam, se desvanecería simplemente por la noche, y no quedaría nada más que un montón de polvo cuando abriera la puerta por la mañana.

“¿Cómo te sientes?”, preguntó con ansiedad. La abuela cerró los ojos por un instante y luego apretó los dientes con determinación.

“Tengo un poco de hambre, pero ya se me pasará. Hoy debemos encontrar algo de comida para tus hermanos”.

Aquello era lo primero que decía la abuela. Alimentar a los chicos. Y si aquello significaba que ella y Kiriam tenían que prescindir de su comida, tanto peor, así era como funcionaban las cosas.

Encontrar comida ocupaba la mayor parte del día de Kiriam. Primero, buscaba agua del pozo que se encontraba a unos tres kilómetros, la llevaba a la casa en una lata de plástico sobre la cabeza, y luego buscaba leña con la esperanza de tener algo para cocinar más tarde. Algunas veces, su primo mayor, JoJo, la acompañaba al poblado para mendigar algo de frijoles, pero la mayor parte del tiempo se quedaba en casa con sus hermanos, Minlaw y Thomas. Obtener agua y leña era una tarea para niñas.

Antes de que su madre muriera, Kiriam había ido la escuela. Pero luego su madre contrajo la enfermedad y Kiriam tuvo que quedarse en casa para ayudar a cuidar de los chicos. Su padre ya había muerto, y Kiriam rezaba todos los días para que la enfermedad de su madre se curara. Pero ella sabía que cuando la enfermedad visitaba a una familia, se tornaba ambiciosa y no se contentaba sólo con una muerte. El padre y la madre de JoJo habían muerto en el verano, y por eso él también vivía con la abuela.

Kiriam observó a los muchachos que dormían y esperó que siguieran así un rato más. Aunque quería mucho a sus hermanos, JoJo no le gustaba demasiado. A veces era antipático con ella y últimamente había comenzado a mirarla de una manera rara, que le hacía sentirse mal. Besó a su abuela en la mejilla y cogió la lata de plástico para el agua.

“Volveré pronto. A lo mejor alguien me da algo de comida en el pozo”.

La abuela asintió. Kiriam estaba a punto de salir cuando una sombra se interpuso en el umbral.

“¿Puedo hablar con el hombre de la familia?”, preguntó con una voz suave.

Kiriam entrecerró los ojos para poder ver la silueta que había en la puerta. No distinguía sus rasgos, pero su cuerpo era delgado y angular, y llevaba un bastón como un antiguo profeta. Su manera de mirarlos a todos, moviendo la cabeza de un lado a otro con movimientos cortos y muy rápidos, le recordó a un gallo. Luego, sin esperar ninguna invitación, penetró en la penumbra de la habitación. Kiriam se echó hacia atrás cuando el hombre se inclinó sobre ella.

“¿Dónde está tu padre, pequeña?”, preguntó con una voz melosa.

“Los padres de la niña están muertos”, replicó la abuela. “Yo soy la cabeza de familia”.

La expresión del hombre cambió. No le hizo falta preguntar de qué habían muerto.

“¿Ella tiene también la enfermedad?”, el hombre dirigió la cabeza hacia Kiriam.

La abuela sacudió la cabeza. “No, aunque eso no es asunto suyo”, añadió.

Kiriam sintió una punzada de nerviosismo cuando el hombre volvió a mirarla.

“¿Cuántos años tienes?”, pregunto.

“Diez”, dijo Kiriam.

En un rincón, JoJo tosió y se sentó.

“¿Quién es usted?”,  preguntó, somnoliento aún.

El hombre dio un paso hacia atrás. “¡Ah!”, exclamó, golpeando el suelo con el bastón. “¡Hay un hombre en la casa!”

JoJo miró al hombre con el ceño fruncido. Odiaba cualquier tipo de responsabilidad y no protestó cuando la abuela replicó: “Es solamente un muchacho. Ya le dije que yo soy la jefa de esta casa”.

El nerviosismo de Kiriam se convirtió en una persistente ansiedad. No importaba lo que dijera la abuela: JoJo era el muchacho de mayor edad y pronto sería un hombre. Eso significaba que estaba por encima de todos los demás. A ella le hubiera gustado haber sido también un hombre y haber echado de la casa al extraño. Sabía que tras sus ojos redondos y brillantes se escondía el peligro.

“Por supuesto que usted es una mujer anciana y sabia, y no quise faltarle al respeto”, dijo. “Pero tenemos que contar con el hombre de la casa cuando hay que tomar una decisión importante”.

“¿Qué decisión?”, preguntó JoJo con recelo. Levantó la mandíbula pero no hizo ningún esfuerzo para levantarse. Kiriam pensó que había dejado de comportarse bien desde que su madre murió.

El hombre se mesó los pelos de la barbilla y miró pensativo a la abuela y a JoJo.

“¿Cuánto dinero quieren por la niña?”, dijo abruptamente.

Kiriam emitió un grito ahogado y la abuela resopló con rabia. JoJo parecía confundido.

“¿Para qué quiere comprarla?”, preguntó. “Es demasiado joven para ser de mucha utilidad y, además, usted tendría que alimentarla”.

“¡La niña no está en venta!”, interrumpió la abuela. “¡Y ahora, márchese!”

El extraño arqueó las cejas con calma. “Pensé que estaba hablando con el hombre de la casa”, dijo con desprecio. “¿Cuándo comieron por última vez?”

Ahora JoJo se levantó, y cerca de él Minlaw se sentó. Solamente Thomas seguía durmiendo, pero apenas se escuchaba su respiración.

El hombre sacó un paquete de los pliegues de su vestido y se lo tendió.

JoJo dio un paso hacia adelante con cautela y lo olió. El hombre volvió a ofrecer el paquete, y JoJo lo agarró con avidez.

“¡Es cabra!”, dijo con excitación. Los ojos de Minlaw se abrieron cuando miró el paquete que JoJo tenía en sus manos. Abrió la boca y su pequeña lengua asomó por el agujero que había dejado un diente de leche al caer. A Kiriam le dio mucha pena ver aquello. Ella nunca, nunca sería capaz de conseguir carne para ellos y, ahora, este hombre se la daba a cambio… ¿de qué?

Como si estuviera leyendo su mente, la atención del extraño recayó de nuevo en ella y en su abuela.

“La niña no puede marcharse”, dijo la abuela, pero con menos aplomo que antes. “La necesitamos aquí para que se ocupe de los muchachos. Yo no puedo transportar el agua ni conseguir leña”.

El hombre cruzó los brazos y sonrió a la abuela con aprobación, como si acabara de resolver un rompecabezas complicado.

“¡Ella les enviará dinero desde su nuevo hogar!”, dijo. “Puedo conseguirle un buen trabajo en la ciudad, y debido a que soy un hombre generoso”, levantó los hombros con modestia, “solamente cobraré la mitad de mi tarifa normal. Ella puede enviarles el resto para que compren carne y frijoles, e incluso para pagar por una muchacha que haga las tareas del hogar”.

Se produjo un silencio que duró un minuto y luego la abuela asintió lentamente.

“¿La cuidarán?”, preguntó. Kiriam la miró completamente asombrada.

“Pero abuela…”, murmuro débilmente.

El hombre levantó el bastón y lo llevó hasta su corazón. “Le doy mi palabra. ¿Llegamos a un acuerdo?”

JoJo envolvió la carne con cuidado y se la entregó a su abuela como si fuera una joya preciosa. “Puede llevársela”, dijo gravemente. “Si lo que usted dice es verdad, será lo mejor para todos nosotros”.

Kiriam abrió la boca para gritar, pero no logró emitir ningún sonido, sólo una arcada que le hizo correr hacia la puerta en busca de aire fresco. Pero el hombre bloqueó su huida con el bastón y la agarró firmemente del hombro.

“Debes hacer lo que el hombre de la casa te dice”, afirmó. Y luego la empujaron fuera de la casa y la arrastraron hacia un camión que esperaba en una cuneta del sendero, a unos cuantos metros de la cabaña. La puerta de atrás se abrió y la introdujeron dentro. Tuvo que aceptar que acababan de sellar su destino por un pedazo de carne de cabra.

 

***************

 

Cuando Kiriam se despertó, no sabía si era de día o de noche o cuánto tiempo había estado viajando en la parte trasera del camión. Olía a moho, y la paja donde se hallaba recostada estaba húmeda y picaba.

“¿Quién eres?” La voz sonó a unos cuantos centímetros de su oído y Kiriam se echó hacia un lado, golpeando inmediatamente a alguien.

“¡Eh! ¡Ten cuidado!” La segundo voz sonaba indignada.

Kiriam se paralizó, demasiado asustada como para moverse, mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra. Poco a poco, de la oscuridad comenzaron a surgir formas que lentamente se hicieron más nítidas. Las miró cada vez más incrédula. El camión estaba lleno de niñas. Algunas estaban sentadas, otras tendidas sobre la paja; otras se habían abrazado para consolarse a pesar del calor y el aire pesado.

“¿Dónde estoy?”, dijo Kiriam sin dirigirse a nadie en particular.

La niña que había hablado primero se encogió de hombros. “No sé dónde estamos o hacia dónde nos dirigimos. El hombre que buscaba niñas vino a nuestro poblado y dijo que nos llevaría a unas casas donde habría comida y encontraríamos maridos. Yo no tengo familia −la enfermedad se los llevó a todos− así que los ancianos me dejaron partir. ¿Por qué estás tú aquí?”

“Mi familia me envió para encontrar trabajo”. La frase le resultó extrañamente lejana, pensó Kiriam, como si estuviera hablando de otra persona. Ni siquiera le echó la culpa a JoJo ni se sintió enfadada: después de todo, necesitaban comer. Simplemente le resultaba extraño pensar que algo tan importante le hubiera pasado de una manera tan trivial, y sin que nadie le preguntara cómo se sentía. Siempre había comprendido que, como niña, tenía muy poco valor. Pero era muy diferente experimentar esa realidad de un modo tan brutal.

Su compañera no parecía sorprendida. Para ella se trataba también de una simple realidad de la vida.

“No te preocupes”, dijo para consolarla. “Esperemos que nuestras nuevas casas sean mejores”.

Kiriam quería hablar más sobre aquello, pero el camión se detuvo sin previo aviso y todas cayeron juntas sobre el suelo sucio. El motor se apagó y hubo un sonido de puertas que se cerraban. Escucharon el ruido de unos pasos y de improviso el remolque se abrió y el hombre que las había recogido apareció frente a ellas con otros dos o tres compañeros detrás.

“¡Ahá!” dijo. “Espero que ninguna haya muerto”.

“¡Tengo hambre!”, gritó una niña pequeña.

“¡Necesito algo de agua!”, pidió otra. Kiriam sospechó que tenía la misma edad que Thomas, y se preguntó qué tipo de trabajo podía realizar aquella niña tan pequeña.

Los hombres llenaron de agua unas tazas de estaño y las colocaron en el camión bajo la mirada impasible del otro hombre. Unas manos ansiosas se tendieron para coger las tazas y gran parte del agua se derramó. Pero algunas niñas no hicieron ningún esfuerzo por moverse, aunque parecían hambrientas y desesperadas. Kiriam reconoció los síntomas y supo que sufrían a causa de la enfermedad.

Repentinamente, el hombre golpeó el bastón contra un lado del camión y todo el mundo dejó de hablar.

“Es hora de partir”, dijo. “Os espera una nueva casa”.

Un murmullo surgió del interior húmedo y el hombre volvió a golpear con el bastón.

“¡Silencio! Salgan del camión, pero no traten de huir. Estamos en el desierto y morirían si lo hacen”.

El sol quemó los ojos de Kiriam cuando salió a trompicones del camión. Manchas blancas de luz bailaban frente a ella, y sintió que las piernas le temblaban. Por un instante se apoyó en la rueda del camión y miró alrededor.

Se encontraba en una especie de campamento. Había vehículos abollados y tiendas de campaña alrededor de un espacio polvoriento, y de un fuego pequeño salía humo. El fuego significaba comida y Kiriam tragó saliva ante la posibilidad de comer. No podía recordar la última vez que comió algo distinto de unas habichuelas.

Las otras niñas estaban formando una fila y uno de los hombres la empujó para que se uniera a ellas. Las niñas entrecerraban los ojos en medio de la luz excesiva, y tragaban saliva a causa del hambre y de la sed, mientras el hombre caminaba a su alrededor.

“Esta es vuestra nueva casa”, anuncio.

Kiriam frunció el ceño. ¿Dónde estaba la ciudad donde había prometido llevarla para encontrar trabajo y enviar dinero a su abuela? Tal vez estaba cerca, aunque una mirada hacia el vasto y luminoso horizonte le hizo pensar que ni siquiera había un poblado cerca. Y el campamento parecía desierto. ¿Qué tipo de trabajo había allí?

La niña que estaba junto ella tenía obviamente las mismas dudas y levantó la mano para hablar. El hombre dirigió el bastón hacia ella, que habló tímidamente.

“Por favor, Señor, ¿dónde están las familias que usted dijo que estarían esperándonos?”

El hombre resopló burlonamente. “Aquí no hay familias. Ustedes no las necesitan. Vivirán aquí todas juntas y cada una será una madre, hermana y esposa para las otras”.

La niña arrugó el rostro ante la decepción, una expresión que parecía completamente natural en su pequeña cara triste. “¿Entonces, cómo voy a encontrar al marido que me prometió?”, preguntó suavemente. “¿Para quién voy a trabajar y quién me va a mantener?”

Kiriam vio el primer atisbo de diversión en los ojos negros y redondos del hombre cuando intercambió una mirada con los otros. Uno de ellos se echó a reír.

“Oh, ustedes encontraran aquí maridos”, se burló. “De hecho, ustedes tendrán más suerte que la mayoría de las niñas, porque tendrán un marido diferente cada noche. ¡Así nunca se aburrirán! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!” Echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada ruidosa.

Kiriam se dio cuenta de todo y varias de las niñas mayores se llevaron las manos a la boca aterrorizadas. Las niñas intercambiaron murmullos, pero cuando el significado de las palabras del hombre se hizo completamente claro ya no hubo más que decir, y el silencio se impuso de nuevo entre las niñas.

El hombre esperó un segundo más, y luego golpeó el suelo con el bastón, de tal modo que una nube de polvo subió hasta sus rodillas y se enroscó en torno a su túnica.

“¡Ahora, márchense!”, ordenó. “Encontrarán todo lo que necesitan en las tiendas”. Señaló hacia las telas andrajosas colocadas sobre unos palos, que no ofrecían nada más que algo de sombra.

Kiriam levantó una esquina de la pequeña tienda que debía compartir con otras tres niñas y pensó que debía haber un error. Dentro no había nada excepto dos colchones de espuma, cubiertos de polvo y arena. No había mantas, y el suelo estaba desnudo. Kiriam se sentó en uno de los colchones y enterró la cabeza entre las rodillas, vagamente consciente de la presencia de las otras niñas que ocupaban el reducido espacio, demasiado abatida como para preocuparse. Para su inmensa sorpresa, descubrió que no podía llorar, aunque por los sonidos ahogados que escuchaba a su alrededor, sus compañeras no tenían el mismo problema.

“¿Qué vamos a hacer?”, suplicó la niña que había esperado encontrar un marido.

“No sé”, sollozo otra.

“Debemos aceptarlo”, dijo una tercera. “Después de todo, solamente somos niñas. ¿Qué otra cosa podemos hacer?”

Kiriam sintió algo extraño en la boca del estómago. Percibió cómo surgía en ella un sentimiento innato contra la injusticia y el horror de la situación, y su rechazo después de toda una vida reprimiendo sus necesidades y emociones se transformó en ira. Ya había experimentado el mismo sentimiento antes, cuando murió su madre, y había aprendido rápidamente a ocultarlo. Pero ahora no podía hacerlo.

“¡No voy a aceptarlo!”, murmuró. “¡Voy escaparme de aquí!”

Las otras la miraron sorprendidas y luego consternadas.

“¡No puedes! Ya escuchaste lo que dijo el hombre: ¡morirás si intentas escapar del campamento! Además, ¿a dónde irás?” Las protestas surgieron como un coro de murmullos ansiosos, pero Kiriam podía darse cuenta de que las niñas no estaban tan seguras. Pocos minutos después interrumpieron sus objeciones y la miraron con recelo, pero también con respeto en sus ojos.

“¿Cómo te escaparás?”, preguntó la primera, cautelosamente.

“¡No lo sé, pero lo haré! Tendrá que haber alguna posibilidad de escaparse, cuando no estén mirando, o algo”. Kiriam se negó a que la duda ensombreciera su decisión, incluso aunque no tenía ningún plan.

“A lo mejor, el hombre mentía cuando dijo que estábamos a muchos kilómetros de cualquier parte”, dijo la segunda niña esperanzada.

“¡Yo también quiero ir!”, anunció la tercera.

“¡Yo también!”, añadió la segunda.

La primera sacudió la cabeza. “No sé. Aquí nos darán de comer y tendremos un lugar donde dormir. Nadie sabe lo que hay ahí fuera”.

Se produjo otro silencio mientras cada una de las niñas sopesó las consecuencias de quedarse o marcharse.

El zumbido distante de unos motores interrumpió sus pensamientos, y todas ellas se volvieron para mirar hacia el horizonte.

El hombre y sus compañeros también escucharon el ruido y prestaron atención a la pequeña nube de polvo que se dirigía rápidamente hacia ellos. Se protegieron los ojos con la mano y esperaron mientras la nube de polvo se hizo más grande y una docena de vehículos aparecieron lentamente.     

“Han llegado demasiado pronto”, murmuró el hombre. “No esperaba el siguiente envío hasta mañana”. Comenzó a andar hacia el borde del campamento, lejos de la tienda de Kiriam, en dirección a la caravana que se aproximaba.

Kiriam sintió una esperanza repentina. Nadie las vigilaba. Nadie ni siquiera las estaba mirando. Con la llegada del siguiente “envío”, los hombres las habían olvidado.

“¡Ahora!”, exclamó. “¡Vámonos!”

Sin siquiera verificar si las demás la seguían, se arrojó al suelo y comenzó a avanzar con los brazos y el vientre. Resultaba duro y doloroso, debido a que en el suelo del desierto había más piedras que arena, y con cada movimiento le pegaban a los codos y las rodillas. Pero una poderosa combinación de desesperación y determinación le empujó hacia adelante, y después de un tiempo que resultó imposible de calcular, llegó a un pequeño grupo de rocas y rodó detrás de ellas.

“¡Lo conseguimos!”, gritaron entusiasmadas las niñas cuando llegaron a las rocas.

“¡Shhhh!”, replicó Kiriam asustada, mirando nerviosamente hacia el campamento que todavía estaba peligrosamente cerca. “¡Nos van escuchar!” Pero sintió cierto alivio cuando vio que los camiones se dirigían hacia el centro del campamento y la figura alta del hombre desaparecía detrás de la puerta abierta de uno de los camiones más alejados.

“Vamos, sigamos avanzando. Ahora están ocupados, pero no sabemos por cuánto tiempo, y si se dan cuenta de que hemos desaparecido puede que nos persigan”.

Sin preocuparse por la sangre que tenía en los brazos y las piernas, arrastró de nuevo su cuerpo por el suelo. Una detrás de otra las niñas avanzaron sin saber si se dirigían hacia un lugar seguro o hacia una nueva amenaza. La oscuridad descendió rápidamente, y con ella llegó de pronto el frío. El aire glacial de la noche supuso algún alivio porque les adormeció la piel lacerada y los músculos doloridos, pero trajo también consigo un cansancio peligroso. Kiriam se dio cuenta de que quería desistir para poder cerrar los ojos y dormir, quizá para siempre. El descanso traería la paz y cuando la más joven y más pequeña de sus dos compañeras dejó de avanzar, Kiriam supo qué había ocurrido y por qué no volvería a despertarse de nuevo.

“¿Cómo se llamaba?”, preguntó, mirando con una tristeza infinita aquel cuerpo frágil que estaba hecho un ovillo a sus pies.

“No lo sé”, replicó la otra niña. Su voz era muy débil. “Y ahora ya no importa”.

“¡Sí que importa!”, grito Kiriam. “¡Todos importamos! ¡Nuestras vidas tienen que significar algo! No sabemos qué, porque nadie nos lo ha dicho, pero estoy segura de que si seguimos avanzando lo averiguaremos”.

La otra niña se frotó los ojos con los puños y dejó un rastro de lágrimas en su rostro sucio.

“Sería muy hermoso”, dijo amargamente. “Mi nombre es Malika. Quiero que lo sepas en caso de que yo también muera. Entonces, por lo menos te habré importado a ti”.

Peor que la noche fue el día siguiente. Tan pronto como el sol apareció, el calor se hizo implacable y una sed terrible se apoderó de las dos niñas. No habían bebido nada desde que abandonaron el campamento, y por muy fuerte que fuese su voluntad, sus cuerpos no podrían sobrevivir mucho más sin agua.

Kiriam fue la primera en tropezar. Trató de levantarse pero sus articulaciones parecían estar ardiendo y le latía tanto la cabeza que no sabía dónde estaba. Malika se derrumbó cerca de ella y se quedó allí tumbada, con la mejilla presionada contra el polvo, con los ojos vidriosos y concentrados en algo oscuro a la distancia. Su respiración era dificultosa y rápida.

“Creo que veo algo”, dijo Malika rompiendo el silencio, pero casi incapaz de pronunciar las palabras debido a la sequedad de su garganta. No se habían movido, pero Kiriam podía ver que sus ojos parpadeaban.

“¿Qué es?”, preguntó con voz ronca.

“No sé… parecen casas. Tal vez”.

Ambas niñas percibieron que aquella era su última posibilidad de sobrevivir. Esta idea les hizo sacar fuerzas de flaqueza y avanzar tambaleándose hacia el lugar. Cuando ya llegaron a lo que parecían las primeras señales de una comunidad –huellas en la arena– apenas eran conscientes de lo que les rodeaba. Y cuando llegaron a un grupo de cabañas en las afueras de un asentamiento, ni siquiera fueron capaces de sentir alivio. Las voces que les acogieron y el roce de las manos que las levantaron no tenían más significado para ellas que un soplo de viento en la arena.

Fue solamente mucho más tarde cuando Kiriam recuperó la conciencia para darse cuenta de que estaba tendida en un colchón limpio y que alguien sostenía una taza de agua cerca de sus labios. Los dedos fríos le acariciaron el pelo y la sombra de una mujer vaciló en la habitación en penumbra.

“Ahora estás a salvo”, dijo. “Ya no tienes nada que temer”.

En los días posteriores, Kiriam y Malika se recuperaron lentamente y se sintieron verdaderamente bendecidas. Ambas estaban de acuerdo en que algún espíritu o ángel las había guiado a lo largo del desierto hasta el poblado. No había otra explicación, nunca podrían haber llegado allí por casualidad.

Los habitantes del poblado las condujeron inmediatamente a un hostal establecido especialmente para niñas que habían sido víctimas de la trata. Recibieron atención médica, alimentos y agua, y un torrente interminable de personas preocupadas y bien intencionadas acudieron a hablar con ellos. Un policía amable y paciente les hizo preguntas sobre el campamento: ¿Recordaban dónde se encontraba? ¿Cuántas niñas más habían sido capturadas? ¿Podían describir al hombre que las había secuestrado? Kiriam y Malika respondieron lo mejor que pudieron, pero sus recuerdos comenzaban ya a borrarse.

Durante todo aquello, Kiriam fue consciente de la presencia constante de la mujer que había visto cuando se despertó por primera vez. Mama Angelique era la fundadora del hostal y una fuerza beneficiosa en toda la comunidad. Había ayudado a abrir una escuela local donde las niñas eran bienvenidas y se les animaba a que asistieran; también había organizado clases de salud para las mujeres del poblado, a fin de enseñarlas a ocuparse mejor de ellas mismos y de sus familias, y se convirtió en el centro del mundo para Kiriam y Malika.

Nunca antes nadie les había hecho sentirse valiosas, pero ahora incluso iban a la escuela. Cuando Kiriam descubrió que era excepcionalmente buena en matemáticas, Mama Angelique le dio lecciones suplementarias e incluso habló con ella sobre la posibilidad de ir a la universidad. Pero todo aquello sería en el futuro. Por ahora, ya tenían suficiente con saber que el futuro realmente existía.

 

***************

 

Kiriam camina por el sendero polvoriento que conduce a la cabaña de su abuela. Podía imaginársela ya, una pequeña choza miserable rodeada de un terreno baldío y a muchos kilómetros del pozo más cercano.

La puerta está cerrada con las mismas planchas de madera descoloridas por el sol que recordaba que servían de puerta, apoyadas contra el muro con una piedra que hacía de cuña. Kiriam miró con tristeza a Mama Angelique.

 “He llegado tarde”, dice. “Ya se han marchado”.

Esta es la primera vez que Kiriam regresa a su antiguo hogar. Ahora tiene 15 años y es una joven alta. En los cinco años transcurridos desde que escapó de los tratantes, ha aprendido mucho, y aunque se acerca la hora de abandonar el hostal, espera poder seguir trabajando allí de alguna manera. Cada semana llega una niña nueva, y Kiriam la ayuda con consejos y apoyo. Siempre adivina con sólo mirarlas a los ojos cuánto tiempo tardarán en recuperarse. A veces, con solo mirar a una niña ya sabe que el viaje nunca tendrá un final.

En los últimos meses, Mama Angelique ha estado pagándole por su trabajo en el hostal –aunque la escuela es lo más importante− y por esa razón está hoy aquí. Quiere traer dinero a su familia.

Mira de nuevo a Mama Angelique para obtener valor y golpea la puerta. Para su sorpresa, una voz muy débil replica desde dentro, y las dos mueven rápidamente las planchas hacia un lado.

“¡Abuela!”, grita Kiriam. ¿Era posible que la mujer no se hubiera convertido aún en polvo?

Kiriam no puede contener las lágrimas, especialmente cuando la abuela le cuenta que el pequeño Thomas ha muerto a causa de la enfermedad y que JoJo se ha unido a una milicia que le da comida a cambio de que pelee. La abuela no sabe dónde están luchando, pero todo el mundo está en guerra estos días, dice.

“¿Y dónde está Minlaw?”, pregunta Kiriam.

“Ha salido a por agua”, dice la abuela.

“¿Y por qué está la puerta cerrada?”, dice Kiriam sorprendida.

La abuela suspira. “A veces está fuera por uno o dos días, especialmente cuando trata de encontrar algo que comer. La puerta es muy pesada para que yo la levante, así que me encierra dentro”.

Kiriam se agacha y saca un pequeño paquete del montón de regalos y comida que ella y la hermana han traído consigo.

“Entonces esto es para ti, abuela”, dice suavemente. La mujer desenvuelve el regalo y saca dos bisagras y varios tornillos. “Mama Angelique y yo arreglaremos la puerta antes de irnos y tú podrás abrirla y cerrarla cuando quieras”.

Después de todo, piensa Kiriam, ninguna mujer ni ningún niño o niña debe estar nunca atrapado detrás de una puerta cerrada.