Un llamamiento en favor de la igualdad

La igualdad entre los géneros es fundamental para la realización de la Agenda del Milenio, que corre el riesgo de fracasar si no cuenta con la participación plena de todos los miembros de la sociedad. En la Declaración del Milenio y en los Objetivos de Desarrollo del Milenio, así como en la base misma de las Naciones Unidas, se encuentra el reconocimiento de que las personas vulnerables, sobre todo los niños y niñas, necesitan que se les brinde un cuidado y atención especiales. La igualdad entre los géneros no solamente permitirá promover la autonomía de la mujer para que supere la pobreza, sino también la de sus hijos, familias, comunidades y países. Cuando se observa desde este prisma, la igualdad entre los géneros no solamente es adecuada desde el punto de vista moral, sino que también es fundamental para el progreso humano y el desarrollo sostenible.

Además, la igualdad entre los géneros produce un doble dividendo: beneficia tanto a la mujer como a la infancia. Las mujeres sanas, instruidas y con poder tienen hijas e hijos sanos, instruidos y seguros de sí mismos. Se ha demostrado que la influencia de la mujer en las decisiones que se toman en el hogar tiene repercusiones positivas sobre la nutrición, la atención de la salud y la educación de sus hijos. Pero los beneficios de la igualdad entre los géneros van más allá de sus consecuencias directas sobre la infancia. Sin esta igualdad, será imposible crear un mundo donde impere la equidad, la tolerancia y la responsabilidad compartida, un mundo que sea apropiado para la infancia.

Cuando respetan los derechos de la mujer, las sociedades protegen también a las niñas y a las adolescentes. La igualdad entre los géneros significa que tanto los niños como las niñas tienen el mismo acceso a los alimentos, la atención de la salud, la educación y las oportunidades. Las pruebas empíricas han demostrado que las mujeres que disfrutan de sus derechos tienen más posibilidades de asegurar que las niñas tengan acceso a una nutrición adecuada, a la atención de la salud, a la educación y a la protección contra cualquier tipo de peligro.

Debido a que existe una profunda relación entre la situación de la mujer y el bienestar de la infancia, los defensores de la niñez faltarían a su obligación si no defendieran también la causa de la igualdad entre los géneros.

Los derechos de la mujer y la infancia se refuerzan mutuamente

La Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer es un tratado internacionalmente vinculante que protege los derechos humanos y las libertades fundamentales de la mujer. Fue aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1979. La Convención sobre los Derechos del Niño, que aborda los derechos inalienables de las niñas y los niños, se aprobó 10 años después.

Las dos convenciones son tratados hermanos que están inexorablemente vinculados a la tarea de impulsar a las comunidades hacia los derechos humanos. Cada uno de ellos describe derechos específicos que no se pueden derogar debido a la edad, el género, la clase económica o la nacionalidad. Las dos convenciones son complementarias, ya que ambas realizan un llamado en favor de derechos y responsabilidades muy precisos y resuelven las lagunas fundamentales que podrían existir si cada una se aplicara por separado.

Los dos tratados no están perfectamente armonizados: hay áreas de tensión. Por ejemplo, algunos defensores de la igualdad entre los géneros creen que la Convención sobre los Derechos del Niño fomenta el estereotipo de las mujeres como madres, limitando así sus opciones vitales. Algunos defensores de los derechos de la infancia piensan que la Convención sobre la eliminación de la discriminación contra la mujer se centra demasiado en el derecho de la mujer a la realización personal y puede subvertir involuntariamente la importancia de la maternidad. A pesar de estas diferencias, las dos convenciones tienen más elementos en común que diferencias. Ambas establecen las normas de un mundo equitativo donde se respetan los derechos de todos los seres humanos, tanto hombres como mujeres, ancianos como jóvenes.

Aunque ambos tratados han obtenido un apoyo generalizado, la Convención sobre eliminación de la discriminación contra la mujer ha obtenido menos aceptación y un menor número de ratificaciones. Algunos países que aceptan sin reparos el concepto de que los niños y niñas tienen derechos, están menos dispuestos a aceptar que las mujeres tienen también derechos. Y aunque 184 países forman parte de la Convención sobre la discriminación de la mujer, muchas firmas se presentaron con reservas a determinados artículos. De hecho, es la Convención que tiene el mayor número de reservas de todos los tratados de las Naciones Unidas, un dato que señala la resistencia en todo el mundo a los derechos de la mujer.

El apoyo retórico a ambas convenciones ha sido amplio. En la práctica, sin embargo, ninguna de las convenciones se ha aplicado plenamente. Aunque suelen realizar numerosas promesas acerca de la igualdad, los gobiernos no invierten siempre sus limitados recursos públicos en las mujeres ni en la infancia, ni tampoco ponen en tela de juicio costumbres, actitudes y creencias discriminatorias.

La naturaleza perniciosa de la desigualdad entre los géneros

La discriminación de género está muy enraizada en las sociedades. Aunque los grados y las formas de desigualdad pueden ser diferentes, a muchas mujeres y niñas se les deniega a lo largo de sus vidas la igualdad en el acceso a los recursos, las oportunidades y el poder social, económico y político en todas las regiones el mundo. La opresión de las niñas y las mujeres puede incluir la preferencia de los niños sobre las niñas, la limitación en las opciones personales y profesionales de las niñas y las mujeres, la denegación de sus derechos humanos básicos y la violencia de género.

Las niñas y las mujeres son víctimas frecuentes de actos de violencia física y sexual dentro y fuera del hogar. Aunque gran parte de tales asaltos no se denuncian debido al estigma que representa este tipo de crimen, un reciente estudio multinacional realizado por la Organización Mundial de la Salud reveló que entre el 15% y el 71% de las mujeres habían sufrido asaltos físicos o sexuales de un compañero íntimo. La violencia doméstica es la forma más frecuente de violencia perpetrada contra la mujer.

Durante los conflictos armados, la violación y el asalto sexual se utilizan a menudo como arma de guerra. Cuando las situaciones de emergencia complejas obligan a la gente a desplazarse de sus hogares, las mujeres y las niñas corren un mayor peligro de sufrir actos de violencia, explotación y abuso, a veces perpetrados por las mismas personas que están a cargo de su protección y seguridad.

Por muy despreciables que puedan ser la negligencia deliberada o la violencia brutal, la desigualdad insidiosa entre los géneros puede ser igualmente destructiva. La discriminación institucional resulta más difícil e identificar y rectificar. Las tradiciones culturales pueden perpetuar la desigualdad y la discriminación de una generación a la siguiente, al igual que los estereotipos de género permanecen ampliamente aceptados sin que nadie los ponga en tela de juicio.

La división desigual en las tareas del hogar, que obliga a las niñas y las mujeres a recorrer muchos kilómetros para obtener agua y leña, o la asignación desigual de los recursos domésticos, que lleva a proporcionar a las mujeres y las niñas menos alimentos o atención médica, son ejemplos más sutiles de otras formas de desigualdad. Estas formas de discriminación arraigadas atrapan a los individuos, las familias y las sociedades en la pobreza y menoscaban el desarrollo económico, político y social.

Para qué la pobreza pase a la historia, la desigualdad entre los géneros debe ser eliminada. Se necesitan iniciativas valientes y una firme resolución para eliminar la discriminación de género individual e institucional. Es preciso confrontar las actitudes, costumbres y valores que vayan en detrimento de las mujeres y las niñas. Ninguna historia, legado, religión o tradición cultural pueden justificar la desigualdad ni la falta de autonomía.

Se calcula que las mujeres forman la mayoría de los pobres del mundo. Para romper el ciclo de la pobreza y poder mantenerse a ellas mismas y sus familias, algunas deciden emigrar. Sin embargo, esto les vuelve a veces vulnerables al abuso y la explotación. Coco, de Rumania, viajó a Europa occidental para trabajar en un restaurante, pero se encontró inmersa en el mundo de la prostitución. Lea su historia.