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Los niños y las niñas que realizan trabajos peligrosos corren un grave riesgo de sufrir lesiones y de no recibir una educación

Se estima que en la actualidad trabajan 246 millones de niños y niñas con edades comprendidas entre los 5 y los 17 años, según los últimos cálculos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). De esta cifra, cerca de un 70%, o 171 millones de niños y niñas, trabajan en situaciones o condiciones peligrosas en minas, con químicos y pesticidas en la agricultura o manejando maquinarias peligrosas. Alrededor de 73 millones tienen menos de 10 años. [gráfico 3.6]

La inmadurez física de los niños y niñas que trabajan les expone aún más que a los adultos a las enfermedades y lesiones relacionadas con el trabajo, e incluso puede que tengan una menor conciencia de los riesgos que conllevan sus ocupaciones y su lugar de trabajo. Las enfermedades y las lesiones incluyen heridas, la rotura o pérdida completa de un miembro del cuerpo, quemaduras y enfermedades de la piel, lesiones oculares y auditivas, enfermedades respiratorias y gastrointestinales, y fiebre y dolor de cabeza debido al excesivo calor en los campos y en las fábricas.

Pero los riesgos que confrontan los niños que realizan trabajos peligrosos no se limitan a las lesiones, las enfermedades o incluso la muerte. También dejan de recibir una educación que podría sentar las bases para que cuando se conviertan en adultos obtengan un empleo en una ocupación menos peligrosa.

La escala de las peores formas de trabajo infantil hace que sea un tema urgente en el Programa del Milenio, especialmente en la esfera de la educación. A menos que se llegue a millones de niños y niñas que actualmente trabajan en condiciones peligrosas, no será posible alcanzar los objetivos de lograr una educación primaria universal (ODM 2) y la paridad entre los géneros en la educación primaria y secundaria (un indicador clave del ODM 3).

Un punto de partida clave sería acelerar los esfuerzos encaminados a eliminar inmediatamente las peores formas de trabajo infantil, como se estipuló en la Convención No. 182 de la OIT. Una educación segura, accesible y de alta calidad es la mejor manera de alentar a las familias a que envíen a sus hijos a la escuela y de evitar que los niños y las niñas queden expuestos a las peores formas de trabajo.

Los niños y niñas en el servicio doméstico se encuentran entre los trabajadores infantiles más invisibles. Su vida y su trabajo dependen enteramente de los deseos de la persona que les emplea. El número de niños y niñas que realizan tareas domésticas en el mundo es muy difícil de calcular, debido a que muy pocas veces hay contratos oficiales de empleo y por lo tanto no se recopilan datos oficiales. Pero la cifra debe alcanzar sin duda muchos millones.

Gran parte son niñas, y en numerosos países el servicio doméstico se considera como la única salida para una niña procedente de una familia pobre aunque en algunos países como Nepal y Sudafrica, los niños tienden a trabajar en el servicio doméstico más que las niñas. Los niños y niñas que trabajan en el servicio doméstico reciben por lo general un salario muy reducido, o a veces nada, a cambio de alimentos y vivienda. A muchos se les prohíbe asistir a clase o las restricciones que sufren hacen que sea imposible para ellos acudir a la escuela. Muy a menudo, el servicio doméstico se convierte en una labor de 24 horas, en la que el niño se encuentra constantemente al servicio de los miembros de toda la familia.

Además, los niños y niñas en el servicio doméstico son especialmente susceptibles de sufrir daños físicos y psicológicos. Muchos tienen que realizar tareas que son totalmente inapropiadas para su edad y su fortaleza física. Los alimentos que reciben son a menudo inadecuados desde el punto de vista nutritivo, muy inferiores a los alimentos que consumen los miembros de la familia que les emplea. En Haití, por ejemplo, se descubrió que los trabajadores domésticos de 15 años eran un promedio de 4 centímetros más cortos de talla y pesaban 20 kilos menos que los niños y niñas de 15 años de la misma zona que no trabajaban en el servicio doméstico.

Los niños y niñas que trabajan en el servicio doméstico sufren a menudo malos tratos físicos como castigo a una tarea mal hecha o simplemente como rutina destinada a asegurar su sumisión. También corren un grave riesgo de sufrir abusos sexuales. Una investigación acelerada realizada en El Salvador indicó que un 66% de las niñas en el servicio doméstico habían sufrido abusos físicos o psicológicos, muchas de ellas de tipo sexual, y que la amenaza de avances sexuales por parte de sus patronos era un factor siempre presente, según sus propios testimonios.