La lucha de toda una comunidad contra el trabajo infantil
La ciudad de Coronel Oviedo se halla en la carretera que une Paraguay con su vecino Brasil, a unos 137 kilómetros de la capital, Asunción. Aunque sigue habiendo caminos de tierra rojiza que cruzan la ciudad, la nueva carretera trae un importante tráfico a esta zona. Coronel Oviedo está a medio camino entre Asunción y la frontera brasileña, y esta ubicación estratégica ha transformado lo que antes era una ciudad pequeña y somnolienta en un gran centro comercial. La población crece sin cesar con los campesinos paraguayos que abandonan las zonas rurales y llegan a la ciudad en busca de trabajo.
Alrededor del 15% de la población de Paraguay sobrevive con menos de un dólar al día y, según los estudios del Gobierno, uno de cada cuatro niños de 10 a 17 años debe trabajar para ayudar a su familia. En Coronel Oviedo, los niños y niñas venden fruta, golosinas y todo tipo de utensilios a lo largo de la carretera, o limpian los parabrisas de los coches en las calles de la ciudad.
©UNICEF/Paraguay/Cecilia Sirtori
De la calle a la escuela
El proyecto Vida y Comunidad procura cambiar esta situación que se vive en Coronel Oviedo. Bajo la dirección del municipio, el proyecto cuenta con la participación y el compromiso de varios sectores sociales de la ciudad y la asesoría técnica y el apoyo financiero del UNICEF. El proyecto ofrece “centros abiertos” donde los niños y niñas trabajadores pasan su tiempo cuando no están en la escuela. En dichos centros, los niños reciben asistencia en sus tareas escolares, una o dos comidas diarias y cuidados sanitarios básicos, y pueden participar en actividades recreativas. Algunos asistentes sociales ayudan a las familias de los niños y niñas a conseguir que sigan en la escuela.
El proyecto mantiene también centros comunitarios que ofrecen asistencia a los niños que viven en barrios pobres, con el fin de impedir que pasen a formar parte de la fuerza de trabajo. Varias iniciativas destinadas a que las familias obtengan ingresos económicos y formación ofrecen a los padres y madres de los niños la posibilidad de sacar adelante a sus familias.
En uno de los centros abiertos donde los niños y niñas trabajadores de la calle participan en actividades educativas y culturales, Juan, de 12 años, toca con la mayor concentración un tambor improvisado al ritmo de la música de carnaval, siguiendo las instrucciones impartidas por el profesor, mientras presta una atención extrema a los movimientos del bastón que éste enarbola.
Antes de unirse al proyecto Vida y Comunidad, Juan solía salir por la mañana temprano a vender dulces en la terminal de autobuses y por lo general estaba demasiado cansado para asistir a la escuela. Ahora, es capaz de seguir las enseñanzas de sexto grado con regularidad en la escuela de Maragantú, y de participar en las actividades del centro abierto, que incluyen lecciones de música.
Tiene 7 años y unos ojos brillantes. Su nombre es Digna y solía vender naranjas todos los días hasta el anochecer. Ahora también forma parte del proyecto y afirma que está muy contenta de pasar parte de sus días en el centro y de ir a la escuela por la tarde.
Desde el comienzo del proyecto, en 2002, el 63% de los niños que han participado en el mismo han conseguido disminuir su horario de trabajo y 41 niños han podido dejar de trabajar completamente.
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