La pobreza impide disfrutar de su infancia a millones de niños y de niñas de todo el mundo. La pobreza les priva de las capacidades que necesitan para sobrevivir, desarrollarse y prosperar. Les impide disfrutar la igualdad de oportunidades. Aumenta su vulnerabilidad a la explotación, el abuso, la violencia, la discriminación y la estigmatización.
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Los datos estadísticos sobre los niños y las niñas que viven en la pobreza nos enfrentan a una realidad terrible: millones de niños y de niñas son pobres; carecen de acceso a agua potable, vacunas esenciales, educación y nutrición; corren el riesgo de ser víctimas de la explotación y el abuso.
Esta realidad pone en tela de juicio el compromiso de los gobiernos, el sector privado y la comunidad internacional para cumplir con los Objetivos de Desarrollo del Milenio y el programa de
Un mundo apropiado para los niños. Pero sabemos lo que es preciso hacer: lo que se necesita es la voluntad para convertir las palabras en medidas concretas.
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Cuando los gobiernos, la sociedad civil y la comunidad internacional trabajan de manera conjunta para lograr un objetivo común, es posible alcanzar grandes logros. Las probabilidades de que un niño o una niña muera antes de cumplir cinco años son la mitad que hace 40 años, gracias en parte a un mejor acceso a los servicios de atención de la salud y un mayor conocimiento de las causas de la mortalidad en la niñez. Pero se podrían lograr más éxitos si los gobiernos cumplen sus compromisos hacia la infancia y todos y cada uno de nosotros –padres y madres, tutores y educadores– les exigimos responsabilidades sobre la base de la Convención sobre los Derechos del Niño y la visión de lo que debería ser una infancia segura y sana.
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