Tres hermanas, Laura, Cremilda y Anastacia, pasan las
tardes estudiando a la sombra mientras llega la noche. Para un observador circunstancial,
parecería una escena familiar casi perfecta: tres niñas de 14, 12 y 10 años
realizando en silencio sus tareas, en preparación de la clase del día siguiente.
©UNICEF 2004
Pero las apariencias engañan en África hoy en día. Las tres niñas son huérfanas que viven solas en la casa familiar.
Durante los últimos seis meses, han visto morir a su padre y a su madre. Ahora, se las arreglan sin ellos lo mejor que pueden. Hace tres meses, poco después de la muerte de su madre, les robaron de la casa, una sencilla construcción de bambú y de madera situada en un extremo del pueblo, sus magras posesiones.
“Este es un problema cada vez mayor en Mozambique y en el resto de África, en donde vemos niños que han perdido a sus padres y que, desde muy pronto, deben hacerse con las riendas de sus propias familias”, dice Félix Cossa, de la Oficina del UNICEF en Mozambique. “Estas niñas son también muy vulnerables al abuso sexual, que puede darse en cualquier momento, ya que no tienen a nadie que vele por ellas”.
Nadie dice si los padres murieron por causas relacionadas con el SIDA, pero Mozambique es un país en el que, según el ONUSIDA, el 12,2% de la población entre 15 y 49 años vivía con el VIH/SIDA en 2003, y alrededor de 470.000 niños han perdido a uno o a ambos progenitores a consecuencia de la enfermedad.
El creciente número de muertes a causa del SIDA que ha experimentado el país, combinado con tres años consecutivos de sequía, han creado una crisis que supera la capacidad de respuesta de la mayoría de las familias y comunidades.
Como parte de una respuesta más amplia de las Naciones Unidas a los estragos del VIH/SIDA, el UNICEF está promoviendo un programa multisectorial para proteger los derechos y el bienestar de niños como Laura, Cremilda y Anastacia, y conseguir que permanezcan en sus casas, sus escuelas y sus comunidades.
Aquí, en Xai-Xai, un distrito costeño a tres horas en automóvil de la capital, Maputo, el UNICEF apoya una asociación sin ánimo de lucro de personas que viven con el VIH/SIDA y de quienes los apoyan, denominada Kuvumbana (que significa “estar unido” en Shangaan, el idioma local).
Voluntarios de Kuvumbana como Perpetua y Fatima viajan por todo el distrito para identificar, supervisar y asesorar a familias vulnerables y a niños que han quedado huérfanos. La lista de casos de los voluntarios es interminable y hacen lo posible por visitar cada semana 124 hogares, de los cuales cinco están encabezados por huérfanos.
©UNICEF 2004
“Trabajamos codo con codo con los dirigentes comunitarios, Nos orientan y nos enseñan en qué casas hay huérfanos; nosotros tratamos de averiguar si están asistiendo a clase, comiendo lo suficiente y recibiendo sus vacunas”, explica Perpetua. “Queremos que se den cuenta de que, aunque han perdido a sus padres y madres, no están solos, que hay gente que puede cuidar de ellos”, añade Fatima.
En 2003, la Oficina del UNICEF en Mozambique gastó 2,3 millones de dólares en apoyar a los huérfanos y otros niños y niñas vulnerables a causa del VIH/SIDA, pero las necesidades de comunidades como Xai-Xai, ya de por sí grandes, siguen creciendo.
No hace tanto, huérfanos como estas tres niñas hubieran constituido un trágico escenario que ilustraría los peores efectos del VIH/SIDA. Pero hoy, niños como éstos están por todas partes, viviendo y aguantando lo mejor que pueden.
Tras la clase, las hermanas trabajan en una pequeña parcela al lado de su casa y luego se retiran a estudiar con sus libros de texto, tumbadas sobre una gran estera a la sombra, mientras Laura, la mayor, hace la cena.
“Comemos dos o tres veces al día: Comemos choclo, patatas fritas y, en ocasiones, algunas hojas de guarnición,” dice. “Los trabajadores comunitarios nos dan materiales escolares, lápices, libros de texto y también algo de comida. Esto nos supone un alivio”.