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Una tarea peligrosa: asistir a la escuela a pesar de la constante violencia

Todos los años, durante los meses de verano, los niños iraquíes hacen un examen que determina si pasarán al próximo grado o se retrasarán. Este examen de fin de curso es por tanto el acontecimiento más importante del año escolar.

Al igual que todo lo demás hoy en día en Iraq, la educación ha sufrido graves interrupciones. Los estragos causados por la guerra y los saqueos e incendios que le siguieron han devastado un sistema educacional que ya estaba arruinado. La continua inseguridad –las bombas, los secuestros y los robos– han mantenido las tasas de asistencia erráticas y relativamente bajas, especialmente las de las niñas. Además, el saqueo de las escuelas ha dejado a estudiantes y maestros con pocos materiales de aprendizaje y enseñanza. El intenso calor, y el hecho de que no haya más de un par de horas de electricidad al día en la mayoría de las zonas, dificultan el estudiar en casa y en el aula.

Como resultado de estas condiciones adversas, las autoridades decidieron cancelar los exámenes de fin de curso en 2003. Esto habría significado que millones de niños y niñas iraquíes habrían perdido realmente todo un año de clases y tendrían que repetir el mismo grado.

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Al reconocer el valor que los padres iraquíes y la sociedad otorgan a estos exámenes, el UNICEF, con apoyo de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional, los gobiernos de Dinamarca, Italia, la República de Corea, Suecia y el Comité Nacional de Italia en pro del UNICEF, apoyaron al Ministerio de Educación iraquí en la planificación y realización de estos exámenes. Se adquirieron y distribuyeron 15 millones de folletos de exámenes y suministros y equipos esenciales, y se inició una campaña de movilización social para informar a los padres y las comunidades que los exámenes se llevarían a cabo. Finalmente, a principios de julio de 2003, 5,5 millones de niños iraquíes pudieron tomar el examen de fin de curso. Se alentó especialmente a las niñas, muchas de las cuales ya no estaban asistiendo a la escuela por razones de seguridad, a que tomaran el examen, y sobrepasaron a los varones en todos los niveles.

Si bien las tasas totales de asistencia a la escuela se mantuvieron en un 60% inmediatamente después de la caída del régimen del Presidente Saddam Hussein a principios de abril de 2003, del 96% al 98% de los niños y niñas iraquíes que asistían a la escuela primaria, intermedia y secundaria se presentaron a los exámenes de fin de curso. Este fue un logro importante para los niños y sus familias, así como para el nuevo Ministerio de Educación (que se vio gravemente incapacitado durante la guerra): ayudó a restablecer la confianza de los estudiantes y familias en el sistema educativo y facilitó notablemente el regreso de los alumnos a la escuela.

Los exámenes de fin de curso formaron parte de la campaña “Regreso a la escuela”, un proyecto del UNICEF para el año escolar 2003/2004, que constituyó la mayor operación logística en la historia de la organización. Conllevó la producción y distribución de más de 68.000 conjuntos de útiles escolares (conocidos como “la escuela en una caja”) y la impresión y distribución de 46 millones de libros de texto. Además, se han restaurado 220 escuelas dañadas por la guerra y en otras 25 las obras se encuentran en marcha.

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La situación en Iraq sigue siendo en extremo explosiva. Se reportó la muerte de más de 100 niños en Faluja y Basora –algunos de ellos camino a la escuela– como resultado de los choques ente iraquíes y las fuerzas de la coalición. Sin embargo, en junio de 2004 los estudiantes acudieron en masa a las escuelas de todo el país a tomar sus exámenes de fin de curso. En la Escuela Secundaria para niñas de Bilad Al-Arab, en Bagdad, donde no había electricidad y todo el mundo soportaba un intenso calor, Khalid Salman esperaba con su esposa afuera de la escuela mientras Yusra, la hija de ambos, tomaba el examen.

“Hay guardias de seguridad aquí para proteger a las estudiantes, pero aún estamos atemorizados”, dijo él. “En el pasado, no acompañábamos a nuestro niños a la escuela porque era segura y nadie se hubiera atrevido a hacerles daño. Tengo esperanzas de que la situación mejore”.

Sahira Ali, que llevó a su hija Rusul de sexto grado a tomar el examen en la Escuela Secundaria para Niñas Al-Kahira, describió sus constantes temores mientras esperaba a las puertas de la escuela: “Desde que llegué a la escuela oímos varias explosiones, y en el camino hacía aquí hubo un secuestro seguido por una investigación de la policía, lo cual nos retrasó la llegada”, dijo.

Rana Rasheed, alumna de sexto grado en la Escuela Secundaria de Al-Kahira, dijo que sus maestras no pudieron completar el programa del curso debido a las constantes perturbaciones y a la falta de seguridad. “Hoy llegué tarde a la escuela debido a las congestiones de tráfico, y luego hubo otro retaso porque los guardias de seguridad tuvieron que registrar la escuela para cerciorarse de que nadie había colocado explosivos dentro”, dijo. Y añadió: “Nuestros movimientos están muy restringidos. Cuando andamos por la calle estamos vigilantes y aprensivas, y sospechamos de cualquier persona que nos mire. La electricidad escasea, y estudiar para los exámenes con el calor de este clima es una tortura. Sudamos en el salón de exámenes donde no hay ventiladores de techo que funcionen”.

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Sin embargo, ni el calor sofocante ni el constante miedo a la violencia han conseguido que los niños y niñas iraquíes y sus familias abandonen la educación. Para los alumnos, ir a la escuela se ha convertido diariamente en un riesgo calculado que esperan traerá un mejor futuro para ellos y para su país.


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