Estado Mundial de la Infancia 2003
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El fútbol, que interesa a casi todos, se ha transformado en un lenguaje común para millones de personas y la Copa Mundial de la FIFA es actualmente el acontecimiento deportivo que atrae a más espectadores de todos los tiempos. Por primera vez en la historia, debido a una alianza estratégica entre el UNICEF y la FIFA, el órgano rector mundial del fútbol, la Copa Mundial 2002 se dedicó a los niños. Los días 19 y 20 de junio fueron “Días Mundiales del Fútbol en favor de la Infancia”, en el marco de la campaña “Decir sí por los niños”, con el fin de crear conciencia sobre los problemas de la infancia mediante actividades relativas al fútbol. En cada uno de los partidos, grupos de niños con camisetas del UNICEF con el lema “Decir sí por los niños” acompañaron a los jugadores en su entrada sobre el terreno de juego. En cada uno de los actos relativos a la Copa Mundial hubo niños presentes; en una subasta en línea de objetos futbolísticos realizada durante los partidos se recaudaron fondos para el UNICEF. Los partidos fueron presenciados por más de 1.000 millones de espectadores, de modo que los derechos de la infancia estuvieron en primer plano.

La atracción del fútbol no se limita ciertamente a los adultos. Incluso en las circunstancias más atroces, los niños de todo el mundo juegan dondequiera que pueden: en callejuelas, en campamentos de refugiados y en medio de hostilidades. En el artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño se reconoce “el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas...”. No obstante, hay un número de niñas mucho menor que de varones en las canchas de fútbol o, en verdad, de cualquier otro deporte.

Abriendo el camino

Pero el equipo que levanta una roja polvareda en un des-campado de Mathare (Kenya) no es un grupo de niños varones que emulan a sus héroes, sino un grupo de niñas que están abriendo camino a la participación femenina en el deporte más popular del mundo. El barrio marginal de Mathare es un conjunto de chozas improvisadas, con paredes de barro, desparramadas a lo largo de la empinada ribera de un río colmado de basura, a pocos kilómetros al noreste de Nairobi. Escasean los empleos remunerados —tal vez tareas domésticas en hogares de clase media de Nairobi, o trabajo ocasional en las canteras locales— y los habitantes, en su mayoría, dependen de la venta callejera de comida y otros artículos. Muchas mujeres se ven forzadas a practicar relaciones sexuales para sobrevivir. En esas condiciones, el esparcimiento organizado escasea y es infrecuente.

En 1987, los pocos que jugaban al fútbol en Mathare utilizaban pelotas improvisadas con cordeles y trozos de plástico recogidos en basureros. Pero ese año, gracias a una iniciativa de Bob Munro, profesional canadiense del desarrollo, comenzaron a aparecer pelotas de fútbol auténticas, tras la creación de la Asociación Deportiva Juvenil de Mathare (MYSA). Desde sus comienzos, la MYSA vinculó los deportes con la preservación del medio ambiente: los jóvenes se organizaron a sí mismos para constituir no sólo equipos y ligas de fútbol, sino también cuadrillas de limpieza de basuras.

La MYSA creció a pasos acelerados, reflejando cuán desesperada era la necesidad de contar con un programa de este tipo. Actualmente, la MYSA patrocina centenares de equipos de fútbol y, además, ofrece becas de estudios, dirige un amplio y muy necesario programa de educación sobre el VIH/SIDA, realiza un proyecto de fotografía y, además, emprende numerosas otras iniciativas al servicio de la comunidad.

Ganar la copa

Los primeros equipos de fútbol integrados por niñas fueron establecidos en 1992, después de que los niños varones y los directores de la MYSA, al visitar Noruega, presenciaron por primera vez partidos entre niñas. No obstante, abrir esa oportunidad a las niñas no fue cosa sencilla y requirió que la organización combatiera arraigadas actitudes tradicionales sobre las funciones de cada género. Conseguir la aprobación de los progenitores para que las niñas participaran resultó infinitamente más difícil que para los varones. Muchos padres y madres, por ejemplo, pensaban que el fútbol no debía interferir en las múltiples responsabilidades de las niñas en el hogar; tanto la preparación de alimentos como el cuidado de los hermanos más pequeños lleva muchísimo tiempo. También insistieron en que sus hijas estuvieran de regreso antes del anochecer, dado que la seguridad personal es una cuestión mucho más delicada para las niñas que para los niños varones.

En general, la reacción de las madres a la participación de sus hijas fue positiva y la oportunidad de que viajaran a Noruega para la Copa de la Juventud —donde las niñas menores de 14 años ganaron el campeonato correspondiente a esa edad— también contribuyó a superar las pertinaces objeciones de algunos padres. “Cuando comencé a jugar para la MYSA”, dice una niña de 15 años, “mi padre decía que el fútbol no es para las niñas y me castigaba. Entonces, cuando yo quería ir a jugar, mi madre me encubría diciendo que me había enviado a hacer otra cosa. Pero cuando fui a Noruega, a mi padre empezó a gustarle”.

Poderosas y fuertes

El esfuerzo por asegurar la vigencia de los derechos de las niñas a jugar y a beneficiarse participando en deportes en grupo tiene diversos grados de éxito en distintos países del mundo. En los Estados Unidos, actual campeón mundial de fútbol femenino, el número de niñas que practican fútbol en la escuela secundaria aumentó en un 112% en el decenio de 1990, y en 2000 se estableció una liga profesional de fútbol femenino. La estrella futbolística estadounidense Brandi Chastain sirve de modelo de comportamiento para millones de niñas en todo el mundo. Dice: “El fútbol da a las niñas capacidad de liderazgo y eleva su autoestima. Las niñas aprenden que pueden ejercer papeles de líderes, ser poderosas y fuertes, y que ésas son cualidades muy adecuadas para una mujer. Aprenden a conocerse a sí mismas por conducto del fútbol”.

Las niñas que participan en actividades deportivas suelen disfrutar de mejor salud —emocional y física— y es menos probable que consuman cigarrillos, estupefacientes o alcohol. Además, tal vez haya también un vínculo entre la menor incidencia del cáncer de mama y la osteosporosis en mujeres que han realizado actividades físicas durante toda su vida. Al mismo tiempo, las adolescentes que participan en deportes tienden a aplazar la actividad sexual hasta más tarde en su vida. Esto tal vez se deba en parte a que los deportes propician que la adolescente se sienta dueña de su propio cuerpo y cobre fuerzas en él, en lugar de considerarlo sólo como un recurso sexual para uso de los hombres. “Antes de jugar al fútbol, yo era muy pusilánime”, dijo una niña, “pero ahora ya lo he superado porque me habitué a alternar con la gente y sé distinguir lo que está bien de lo que está mal”. Otra joven deportista keniana dice: “Gracias al fútbol, aprendí a afirmarme en mis propios principios, en lugar de ser zarandeada por los demás”.

 

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