Estado Mundial de la Infancia 2003
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China/"Imagine - your photos will open my eyes"/GT2/2002
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Mito: La participación de los niños significa que hay que escoger a un niño para que represente las perspectivas y opiniones de los niños en una reunión de adultos.

Realidad: Los niños no son un grupo homogéneo y no es posible esperar que un niño represente los intereses de otros niños de edades, razas, origen étnico y géneros diferentes. Los niños tienen que participar en sus propias reuniones donde pueden mejorar sus aptitudes, definir las prioridades, comunicarse a su manera y aprender de los otros niños. De esta manera, los niños están mejor capacitados para tomar sus propias decisiones sobre quién debe representar sus intereses y de qué manera les gustaría que se presentaran sus puntos de vista.

Mito: La participación infantil implica que los adultos deben ceder todas sus potestades a los niños y las niñas, que no están preparados para hacerse cargo de ellas.

Realidad: La participación infantil no consiste en que los adultos simplemente cedan todo el poder de decisión a los niños. La Convención sobre los Derechos del Niño establece con claridad que a los niños se les debe otorgar más responsabilidad, pero “en consonancia con la evolución de sus facultades”, a medida que los niños se desarrollan. En muchos casos, los adultos continúan tomando las decisiones finales, manteniendo como objetivo “el interés superior” de los niños. Pero, según la Convención, esas decisiones deben tener en cuenta las opiniones de los niños afectados. A medida que los niños crecen, los padres deben cederles más responsabilidades en la toma de decisiones que les afecten, inclusive aquellas que puedan ser controvertidas, como las cuestiones relacionadas con la custodia de los hijos tras un divorcio.

Mito: Los niños deben ser niños, y no se les debe obligar a hacerse cargo de responsabilidades que les corresponden a los adultos.

Realidad: Sin duda, se debe permitir que los niños sean niños, y que reciban la protección necesaria para garantizar su desarrollo saludable. Y no se debería obligar a ningún niño a asumir responsabilidades para las cuales no esté preparado. Pero el desarrollo saludable de los niños depende también de que se les permita relacionarse con el mundo, tomar decisiones de manera independiente y hacerse cargo de más y mayores responsabilidades a medida que sean más capaces de hacerlo. Cuando los niños tropiezan con barreras que obstaculizan su participación pueden sentirse frustrados o caer en la apatía. Por ejemplo, un joven de 18 años que carece de la experiencia de la participación no estará adecuadamente preparado para asumir las responsabilidades propias de los ciudadanos en una sociedad democrática.

Mito: La participación de los niños es una farsa. Se suele elegir a unos pocos niños y niñas, por lo general pertenecientes a una elite, para que hablen ante adultos poderosos, que de inmediato ignoran lo que han dicho los niños mientras se arrogan el mérito de haberlos “escuchado”.

Realidad: La participación de los niños ha demostrado ser muy eficaz en muchos casos. En lugar de establecer un sistema de participación ineficaz, nos compete a todos diseñar formas significativas en las que los niños puedan participar en beneficio propio y de la sociedad en general.

Mito: En realidad, la participación de los niños involucra sólo a los adolescentes, a quienes de cualquier manera les falta poco tiempo para convertirse en adultos.

Realidad: Aunque el rostro público y político de la participación de los niños tiende más a ser el de un adolescente que el de un niño de 6 años, resulta fundamental que se consulte a los niños y las niñas de todas las edades sobre las cuestiones que les afecten. Esto entraña la participación de los niños en el quehacer escolar y familiar cuando se traten temas que se relacionen con ellos. Los niños, cualquiera sea su edad, tienen más capacidades que las que generalmente se les reconocen; y si cuentan con el respaldo de los adultos, por lo general estarán a la altura de las circunstancias.

Mito: Ningún país del mundo consulta a los niños acerca de todas las cuestiones que les afectan, y no existen posibilidades de que ningún país lo haga en el futuro cercano.

Realidad: Eso es en parte cierto. Sin embargo, todos los países que ratificaron la Convención sobre los Derechos del Niño se han comprometido a garantizar los derechos de la niñez a la participación. Por ejemplo, el derecho a manifestar libremente sus opiniones acerca de cuestiones que les afecten, y la libertad de pensamiento, conciencia, religión y asociación, y de realizar reuniones pacíficas. Y casi todos los países ya han obtenido avances significativos en lo que concierne a la implantación de sistemas y políticas que posibiliten el ejercicio de esos derechos por parte de los niños.

Mito: Aunque se consulte a los niños por una cuestión de formalidad, nunca se tienen en cuenta sus opiniones para efectuar cambios.

Realidad: En los casos en que se solicitan las opiniones de los niños con sensibilidad, y se las comprende auténticamente, esos puntos de vista suelen determinar muchos cambios. Por ejemplo, pueden revelar aspectos que los adultos no habrían sido capaces de descubrir por su cuenta. O pueden modificar profundamente determinados programas o políticas; o, en ciertos casos, proteger a los niños de perjuicios futuros. Hasta las consultas a niños de muy corta edad pueden arrojar resultados notables. El problema consiste en que no son frecuentes los casos en que se consulta a los niños en forma tan rigurosa.

Mito: La negativa de los niños a participar los priva de sus derechos.

Realidad: En realidad, esa resistencia puede constituir un componente importante de la participación. Ya se trate del tira y afloja en el hogar, de la negativa a aceptar el castigo en la escuela, o de la actitud de cada uno con respecto a la participación cívica en su comunidad, la resistencia puede reflejar las opiniones de los niños o los adolescentes sobre determinada cuestión, o sus sentimientos con respecto a las condiciones de su participación. Los adultos comprenden que la resistencia es una forma de comunicación, y responden ante la misma con comprensión, diálogo y capacidad para resolver las diferencias de opinión, en vez de tratar de impedirla mediante el empleo de la fuerza o la persuasión. Bajo ninguna circunstancia se debería obligar a los niños a participar.

 

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