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Esperanzas para los que desesperan
Los niños más marginados pueden beneficiarse, quizá en grado aún mayor que otros niños, hasta de los programas de cuidado de los niños en la primera infancia más elementales. En marzo de 1999, 360.000 refugiados huyeron de la guerra en Kosovo hacia la ex República Yugoslava de Macedonia. Aun en condiciones de hacinamiento e improvisación, los niños en edad escolar pudieron asistir a clases, lo que permitió que sus perturbadas vidas pudieran mantener una medida de normalidad. Los niños de corta edad, sin embargo, debieron permanecer con sus padres traumatizados por la guerra, en condiciones de hacinamiento. Todo parecía indicar que nadie le prestaría atención a su trágica situación, que nadie los vería ni escucharía.
En Malawi, donde el VIH/SIDA ha dejado huérfanos a un 15% de la población infantil, esa enfermedad y la pobreza abyecta han reducido en forma notable la capacidad de las familias y comunidades de atender las necesidades de sus integrantes más jóvenes. Un 90% de los niños que viven en las zonas rurales carece de acceso a programas de cuidado en la primera infancia. Peligra, de esa manera, su derecho elemental a la supervivencia, el crecimiento y el desarrollo. En 1999, el Gobierno de Malawi y el UNICEF redoblaron sus esfuerzos por mejorar el cuidado de los niños en la primera infancia. Se elaboraron planes en el ámbito local y se enviaron agentes de divulgación a las regiones más distantes. Las tareas de difusión comunitaria se han concentrado en seis esferas: la atención de las mujeres, el amamantamiento, la preparación de los alimentos, la atención psicosocial, las prácticas higiénicas y la prácticas sanitarias en el hogar. A pesar de tratarse de una comunidad pobre, muchos de sus integrantes aportan alimentos y trabajan como voluntarios en los huertos comunitarios para recaudar fondos que se destinan a las guarderías infantiles locales. Aunque el número actual de guarderías es limitado, aumenta la demanda de los mismos a medida que las comunidades comprenden mejor lo beneficioso que resulta dedicar fondos a los niños de corta edad y sus familias. Es en esos sitios donde la situación es desesperada que los programas de cuidado de los niños en la primera infancia pueden ofrecer un rayo de esperanza. Se trata de labrar el futuro, ya que al concentrar la atención en los niños más jóvenes se alimenta la esperanza de que la generación siguiente pueda interrumpir los ciclos de las enfermedades, la violencia y la pobreza que han mantenido cautivos hasta ahora a sus familias y comunidades. El cuidado de los niños en la primera infancia hace las veces de una "inmunización" social contra las tensiones y presiones que puedan sufrir los niños en el futuro. Cuando se posibilita que todos los niños inicien sus vidas de manera adecuada se ayuda a eliminar los obstáculos que bloquean la senda que conduce al progreso humano. Lo que es necesario ahora es un compromiso renovado con los derechos de los niños, una visión de cómo podría ser el mundo para esos niños y el coraje para hacer todo lo necesario para desligar las ataduras que han mantenido a sucesivas generaciones en la miseria.
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