| El
desarrollo del cerebro |
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Había sido un mal día en el trabajo. La joven madre regresó
al hogar exasperada y alterada. Sentada en una silla en la sala
de su casa, la mujer rompió en sollozos mientras su hija de dos
años la miraba con la preocupación pintada en el rostro. La pequeña
comenzó a acariciar el cabello de su madre. "Cálmate, todo está
bien", dijo la niña a su sorprendida madre, repitiendo los gestos
y palabras con que su madre solía consolarla.
Ante la sorpresa de la madre, la niña estaba demostrando comprensión.
Estaba haciendo lo posible por aliviar el dolor de su madre.
Aunque esos comportamientos no son nuevos en los niños de corta
edad, sí lo es la manera en que ahora los podemos comprender. Mediante
estudios recientes se ha descubierto que los bebés saben mucho más
de lo que creíamos anteriormente, y que van gestando comportamientos
duraderos en respuesta a lo que sucede a su alrededor.
El vertiginoso desarrollo de los niños a partir del nacimiento
y hasta los tres años no tiene paralelo en ningún otro período de
sus vidas. En ese lapso, el cerebro de los niños se forma a una
velocidad asombrosa. A pocas horas de nacer, los lactantes pueden
comenzar a imitar expresiones faciales, y poco después son capaces
de reconocer los rostros y las voces de sus padres.
Las células del cerebro de un bebé -que al nacer totalizan unos
100.000 millones y están en general desconectadas-comienzan a "funcionar"
para responder a las interacciones con el medio ambiente. Las sinapsis
existentes se fortalecen y se establecen vínculos nuevos entre las
células. Las experiencias de cada niño determinan el grado y la
velocidad con que las células cerebrales se desarrollan y establecen
pautas fundamentales de conducta y emoción. Esto determina en gran
medida la clase persona en la que se convertirá el niño.
Al jugar con sus padres y manipular objetos, los niños aprenden
desde muy pequeños que cuentan con la capacidad para incidir en
el mundo que les rodea. Por otra parte, los niños de corta edad
que no experimentan esas interacciones se convierten en niños desvalidos
y pasivos, con una curiosidad limitada.
¿Qué ejerce más influencia sobre los niños? ¿La naturaleza o la
manera en que se los cría? Según los científicos, se trata de una
disyuntiva obsoleta. Tanto los genes como el medio ambiente pueden
fomentar u obstaculizar el desarrollo de los niños. Es necesario
imaginarse a la naturaleza y a los métodos adecuados de crianza
como los integrantes de una pareja que baila una danza de pasos
precisos, Mientras que los genes determinan la secuencia básica
del desarrollo, los factores ambientales dictan la calidad del mismo.
La manera en que los niños se relacionan con sus padres o con quienes
están a cargo de su crianza modifica su desarrollo mental. Cada
contacto físico, cada movimiento y cada emoción se transforman en
actividades eléctricas y químicas que modifican la red de conexiones
del cerebro de cada niño. Debido a ello, los abrazos y las caricias
que se les prodigan, así como la lectura o narración de cuentos,
tienen tanta importancia para el desarrollo de sus cerebros como
la buena alimentación, los sonidos estimulantes y las imágenes del
mundo que les rodea.
Cortocircuitos
La contrapartida de esto es que cuando los niños de corta edad
carecen de estímulos positivos durante la etapa de mayor desarrollo,
se producen cortocircuitos cerebrales. Si un niño no recibe atención
adecuada o sufre desnutrición, tensiones, traumas, abusos o negligencia,
la primera baja es su cerebro en pleno desarrollo.
Se establecen menos vínculos entre las células, y el resto del
cerebro se anquilosa. A esa edad temprana, esa interrupción entorpece
el desarrollo. Por supuesto, el cerebro es un órgano altamente adaptable
y su estimulación resulta beneficiosa a cualquier edad. Pero todo
esfuerzo por sentar bases sólidas para el desarrollo en la primera
infancia obtiene resultados mucho más perdurables que los intentos
posteriores de recuperar el terreno perdido.
Las neuronas no mienten: la intervención temprana -y cuanto más
temprana, mejor-tiene efectos profundos en la vida del niño, y en
la sociedad. Los programas dirigidos a los niños de corta edad;
aún los más simples, como los que alientan a los padres a leerles
a sus hijos; pueden representar la diferencia entre un niño que
crece saludable y confiado de sí mismo, y uno que crece retraído
y temeroso.
Los niños de corta edad no necesitan juguetes costosos para desarrollarse
sanamente. Necesitan algo mucho más elemental: amor, atención y
un ambiente seguro y saludable. El contacto tierno del niño con
quienes le crían deja en su cerebro huellas que no se borrarán mientras
viva
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Beneficios para toda la vida
Un niño
de ocho meses se para en su cuna en actitud vacilante. Mientras recorre
con la vista la habitación vacía, le tiemblan las rodillas y su rostro
refleja incertidumbre. A medida que aumenta su ansiedad, el niño lanza
varios quejidos agudos, que finalmente logran atraer a su padre a su lado.
La cara del niño se ilumina de inmediato con una sonrisa de reconocimiento,
a la que el padre responde con un tierno abrazo y un beso.
Los intercambios aparentemente simples como el de ese padre con su hijo
se reflejarán en todos los aspectos de la vida del niño. En los primeros
años de la infancia, las experiencias e interacciones de los niños con
sus padres, parientes y otros adultos que los rodean influyen en la manera
en que se desarrolla el cerebro. Diversos descubrimientos científicos
recientes confirman que los contactos físicos y los movimientos mediante
los cuales las personas que cuidan a los niños les demuestran apoyo y
les transmiten seguridad tienen consecuencias tan importantes como la
buena salud y el agua potable. La manera en que se desarrolla el cerebro
en esta etapa de sus vidas fija las pautas del posterior éxito del niño
en la escuela primaria, la adolescencia y la edad adulta. (Consúltese
el artículo sobre El Desarrollo del Cerebro). Por supuesto, nunca es tarde
para mejorar la salud y el desarrollo de los niños, pero en la mayoría
de los casos si los niños no inician sus vidas de manera adecuada, quizás
nunca puedan ponerse al día en materia de crecimiento ni desarrollar sus
capacidades al máximo.
En todo el mundo, los padres y las comunidades han descubierto maneras
originales para ayudar a los niños a crecer y desarrollarse. Para que
el cuidado de los niños resulte exitoso, debe tener carácter multidimensional,
y fomentar en forma simultánea la salud, la nutrición, y las aptitudes
cognoscitivas, sociales y emocionales de los niños. En Sri Lanka, los
agentes sanitarios visitan la aldea de Priyanthi para vacunar a los niños,
someterlos a exámenes médicos y difundir la educación sanitaria en la
comunidad. En las guarderías infantiles se hace hincapié en las actividades
que estimulan a los niños, en los juegos y en la enseñanza de la aritmética,
la lectura y la escritura. En conjunto, estas actividades sirven para
que los niños de corta edad como Madushika y su hermano Madusha, de dos
años, progresen en su aprendizaje y desarrollo. La atención infantil en
su forma más básica representa una enorme diferencia favorable en las
vidas de los hijos Priyanthi y en su comunidad.
El
cuidado de los niños en la primera infancia constituye también una fuerza
de cambio social positivo. En una guardería infantil de Sudáfrica localizada
en una región donde el apartheid fomentó en el pasado el odio, se están
sembrando hoy las semillas de la pacificación racial. En un vecindario
pobre de Johannesburgo, ubicado en los confines de un parque que alguna
vez fuera "sólo para blancos", el Proyecto Impilo presta cuidado a los
niños de todas las razas en la primera infancia. El programa ayuda a los
padres a encontrar empleo y fomenta la seguridad de las mujeres y los
niños en las comunidades vecinas. Mediante el fomento de la resolución
pacífica de los problemas como medio para superar los conflictos, y de
la aceptación en lugar de la intolerancia, se les brinda a los niños de
Sudáfrica los elementos necesarios para que conduzcan a sus familias y
a la nueva democracia de su país hacia la paz.
El cuidado de los niños en la primera infancia tiene consecuencias en
todos los niveles de las sociedades. El fomento de la supervivencia infantil
requiere que se defiendan los derechos de las mujeres, cuya condición
física y emocional influye en sus embarazos y en el desarrollo de sus
hijos. Se ha establecido también que la atención prenatal deficiente y
la desnutrición de las madres guardan relación con el bajo peso de los
niños al nacer, los problemas de la audición, las dificultades para el
aprendizaje, la espina bífida y las lesiones cerebrales. Los hijos de
las madres con peso inferior al normal tienen más probabilidades de sufrir
en la edad adulta enfermedades como la diabetes, la obesidad y los problemas
cardiovasculares. La Cumbre Mundial en favor de la Infancia de 1990 confirmó
la importancia que tiene la salud materna con relación a los niños al
hacer un llamamiento en pro de la reducción de la tasa de mortalidad materna
a la mitad para el año 2000.
Estamos aún muy lejos de esa meta urgente. Las mujeres del mundo en
desarrollo tienen 40 veces más probabilidades que las del mundo industrializado
de morir debido a complicaciones durante el embarazo o el alumbramiento.
Un estudio llevado a cabo en Bangladesh demostró que cuando una mujer
muere al dar a luz, si su hijo sobrevive tiene entre 3 y 10 veces más
probabilidades de morir en los dos años posteriores que los niños que
viven con su madre y padre. El mejoramiento de la atención a las madres
tiene como resultado una mayor protección a los niños. Consciente de ello,
el UNICEF y sus muchos aliados respaldan y fomentan en todo el mundo las
actividades relacionadas con la maternidad segura.
A menos de un kilómetro de distancia del hogar de Priyanthi vive una
familia que no participa de manera regular en los programas de cuidado
de los niños en la primera infancia. El padre, Wimalarathne, de 33 años
de edad, está obviamente preocupado por el desarrollo de su hija de dos
años. Por señas le indica a su esposa, Kusumawathi, de 30 años, que le
alcance la gráfica de crecimiento de su hija, que muestra que el peso
y la estatura de su hija han descendido desde los niveles normales al
nacer hasta los actuales niveles inferiores a lo normal. La pequeña, de
penetrantes ojos oscuros, no emite prácticamente ni una palabra. Wimalarathne
dice que el médico no puede descubrir los motivos del lento crecimiento
de la niña y que le ha recomendado a la familia que participe en el programa
de atención domiciliaria.
Estas dos familias en la misma aldea, cuyas circunstancias son similares,
tienen niños completamente diferentes. Estas familias de Sri Lanka son
pobres, al igual que millones de familias en todo el mundo. Se trata,
en su mayoría, de familias que practican la agricultura de subsistencia
y cuyos miembros trabajan en forma intermitente en las fábricas y plantaciones
de té cercanas. Aunque el 99% de los niños de esas familias están inmunizados,
casi un 40% sufre desnutrición. Algunas familias se benefician de los
programas de cuidado de los niños en la primera infancia, pero constituyen
la minoría.

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