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Recuadro 5

Licencia de paternidad, baños y espíritus malignos

Al tomarse la licencia de paternidad para cuidar a su recién nacido y establecer con él vínculos afectivos, el Primer Ministro británico Tony Blair se puso con su homólogo finlandés a la vanguardia de los dirigentes del mundo occidental, que antes dejaban que su esposa se ocupara del cuidado del niño durante las primeras semanas. Al reservar todos los días tiempo a los trámites oficiales “de alta prioridad”, el Primer Ministro logró dejar satisfechos a todos los medios de información conjugando costumbres culturales arraigadas con valores nuevos.

En otras partes del mundo, las prácticas habituales cuando nace un niño resultan a primera vista menos pragmáticas. Un padre wayapi de Guyana se pasa los tres días posteriores al nacimiento de su hijo sin moverse de una hamaca, pues existe la creencia de que así aleja del bebé la atención de los espíritus malignos al atraerla sobre sí mismo. Los padres de la India o de Guyana manchan la frente de su recién nacido con carbón vegetal o con humo, pues consideran que el color negro aleja el mal de ojo y ahuyenta a los espíritus dañinos. En muchas culturas, los bebés llevan amuletos, pulseras o colgantes para que nadie se los lleve de este mundo.

En las ciudades industrializadas, en los llanos de Kenya o en las junglas de la Guyana Francesa, los padres asumen responsabilidades parecidas al tratar de proteger y guarecer a sus hijos, darles de comer a diario, mantenerlos limpios y sanos y ayudarles a crecer y desarrollarse. Las soluciones que reciben estas preocupaciones constantes son tan diversas como las culturas que las generan. Son reflejo de los valores y creencias de la comunidad, al mismo tiempo que sientan las bases de la identidad cultural del niño, que es uno de sus derechos fundamentales. También afectan el desarrollo de la niñez y la adolescencia y la manera en que los propios niños ejercen de padres cuando alcanzan la edad adulta.

Esta claro que algunas prácticas tradicionales como los tabúes alimentarios impuestos a las embarazadas o la excisión de los genitales femeninos perjudican a la madre y al hijo, y por ello es preciso ponerles fin. Sin embargo, existen otras muchas costumbres tradicionales que reportan grandes beneficios al desarrollo del bebé y concuerdan más de lo que parece a primera vista con la concepción moderna de la crianza del niño. En algunas sociedades de África y América Latina, por ejemplo, la tradición obliga a la madre y al hijo a que después del parto pasen varios días o semanas recluidos o “en cuarentena”. Mientas dura este período, la madre recibe cuidados de los miembros de la familia y se limita a comer, amamantar a su hijo y establecer con él vínculos afectivos. El equivalente de esta práctica tan juiciosa en la mayor parte de los países industrializados y algunos países en desarrollo es el derecho jurídico de las empleadas asalariadas a tomarse una licencia de maternidad.

Otro ejemplo de práctica tradicional eficaz es el que ofrecen las madres de Kenya, Nueva Caledonia y Sumatra, que se llenan de agua la boca y bañan y limpian a sus bebés escupiéndosela. Las madres masai expulsan un chorro potente, mientras que las madres batak de Sumatra y wayapi de Guyana rocían a los niños con una lluvia fina. Las técnicas de baño varían, pero en todos los casos se baña al niño con agua templada.

Los niños menores de un año de los baule, que habitan en Côte d’Ivoire, reciben dos baños al día y se les restriega con fuerza empleando agua caliente, jabón y una esponja vegetal. Cuando la madre ha lavado y enjuagado dos veces al niño, le da el pecho para que deje de llorar y se calme. A continuación se le da un masaje, se le estiran y frotan las caderas y los hombros y se le fricciona y moldea la cabeza. Se le ponen cremas, se le echan polvos y se le embadurna con perfumes y caolín, que es una arcilla suave y blanca. Para entonces el niño suele estar tranquilo y tiene los ojos bien abiertos; una vez concluido el ritual, se viste al niño, que está atento, activo y despierto, pero tranquilo, y se le deja en manos de un miembro de la familia para que lo sostenga en brazos.

En muchas culturas, llevar al bebé pegado al cuerpo es el medio natural de transporte con que cuentan los progenitores o las personas que lo cuidan. También sirve para proteger al bebé, fortalecer sus músculos y estimularlo. Transportado en una especie de cabestrillo, una faja, una calabaza seca o una cunita, el bebé está en contacto continuo con el cuerpo de la madre. En los brazos de la madre o a su espalda, mientras ella cumple con sus múltiples labores, el bebé participa en actividades diversas y recibe constantes estímulos táctiles y visuales.

Mecido por el movimiento rítmico que se produce cuando la madre recorre un sendero, inclinado hacia el suelo mientras su padre afila un cuchillo o zarandeado en una fiesta donde se baila, el niño no deja de ejercitar los músculos adaptándolos a los movimientos del adulto que lo lleva. Los indios yecuana de Venezuela llevan encima a sus hijos desde que nacen hasta que empiezan a gatear. Los niños de Java pasan la mayor parte del tiempo envueltos en un chal junto al pecho de la madre, que les da de mamar cuando se lo piden. Para proteger al niño de los daños físicos, la madre no le deja poner el pie en la tierra hasta que cumple siete meses.

Actualmente, la sabiduría popular revela que los vínculos afectivos establecidos desde el principio con la madre durante un período de reclusión, el transporte continuo del bebé o el darle de pecho cuando lo pide, contribuyen a inculcar en el bebé un sentimiento de seguridad, de confianza en los demás y una sensación de autoestima. De hecho, cada vez son más los padres del mundo occidental que sacan a sus bebés del carrito y los llevan en una especie de cabestrillo. Las costumbres que estimulan los sentidos del bebé y propician su desarrollo, y hasta los rituales místicos que tradicionalmente han servido para proteger al niño, podrán parecer distintos de las prácticas modernas, pero deben examinarse más a fondo para constatar hasta qué punto sirven para satisfacer las necesidades del niño pequeño.

Fuentes:

Evans, Judith L. y Robert G. Myers, ‘Childrearing Practices: Creating programs where traditions and modern practices meet’, [http://www.ecdgroup.com/ cn/cn15lead.html], junio de 2000.

Fontanel, Béatrice y Claire d’Harcourt, Babies Celebrated, Harry N. Abrams, Inc., Nueva York, 1998.

Liedloff, Jean, The Continuum Concept, Perseus Books, 1975.

Timyan, Judith, ‘Cultural aspects of psycho-social development: An examination of West African childrearing practices’, curso práctico regional del UNICEF, Abidján, 18 a 22 de enero de 1988.

Zeitlin, Marian F. et al., Strengthening the Family — Implications for International Development, Dependencia de publicaciones de la Universidad de las Naciones Unidas, Nueva York, 1995.

 

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