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Recuadro 1

El desarrollo temprano del cerebro: un torrente de creatividad

Es muy posible que usted haya visto alguna vez a un niño menor de un año que observa expectante y lanza un grito de alegría cuando de repente aparece la cara de su madre, que jugaba a tapársela con las manos. Mientras dura este juego aparentemente sencillo y repetitivo, ocurre algo espectacular: miles de células en expansión del cerebro del niño responden en cuestión de segundos. Algunas células se “encienden” y algunas conexiones que ya existen entre las células del cerebro se fortalecen, al tiempo que se establecen nuevas conexiones.

Mientras las conexiones cerebrales se disparan durante los tres primeros años de vida, el niño descubre cosas nuevas prácticamente en todo momento en que está despierto. Al nacer, el niño tiene unos 100.000 millones de células en el cerebro. La mayor parte no están conectadas entre sí y no pueden funcionar por cuenta propia. Deben organizarse en forma de redes formadas por billones de conexiones y sinapsis que las unen.

Estas conexiones constituyen milagros del cuerpo humano que dependen en parte de los genes y en parte de lo que ocurre durante los primeros años de vida. Muchos tipos de experiencia afectan al funcionamiento del cerebro del niño, pero ninguna encierra más importancia que el cuidado físico y afectivo temprano.

Un equilibrio delicado

El cerebro del niño no es ni una página en blanco en espera de que se escriba en ella una biografía ni un circuito integrado determinado y controlado por genes implacables. Desde la primera división celular, el desarrollo del cerebro es producto de un delicado equilibrio entre genes y entorno. Aunque los genes prescriben la secuencia del desarrollo normal, el carácter del desarrollo se ve determinado por factores circundantes que afectan a la madre embarazada y lactante y al niño pequeño. Factores como una nutrición adecuada, un buen estado de salud, el agua no contaminada y un entorno seguro que proteja al niño de la violencia, los abusos, la explotación y la discriminación, contribuyen en conjunto al crecimiento y desarrollo del cerebro.

La peculiaridad del cerebro humano no reside únicamente en su tamaño y complejidad, sino también en las propiedades que lo predisponen de forma impresionante a adaptarse a la experiencia. Cada contacto corporal, cada movimiento y cada emoción se convierten en una actividad eléctrica y química que propicia el avance del impulso genético modificando imperceptiblemente la configuración del cerebro. En lo que atañe al desarrollo de las conexiones cerebrales, las relaciones humanas encierran la misma importancia que los alimentos que ingiere el niño, los sonidos que escucha y la luz que le permite ver.

La importancia del momento oportuno

En determinados períodos de la vida, el cerebro es especialmente receptivo a las experiencias nuevas y está especialmente capacitado para aprovecharlas. Si estos períodos de sensibilidad pasan sin que el cerebro reciba los estímulos para los que está preparado puede que disminuyan notablemente las oportunidades de aprendizaje de distinto tipo.

Están por determinar con precisión cuán decisivos son los “períodos decisivos” y cuánto duran los momentos propicios en relación con aspectos concretos del desarrollo. Sabemos que el cerebro humano es maleable y que su capacidad de reorganización dura toda la vida y puede potenciarse mediante intervenciones. Sin embargo, está generalizado el consenso de que durante la primera infancia el cerebro se forma a una velocidad que nunca volverá a repetirse.

La hora decisiva del desarrollo

La maleabilidad del cerebro supone igualmente que en determinados momentos las experiencias negativas o la falta de estímulos positivos o apropiados encierran mayores posibilidades de provocar efectos graves y sostenidos. Cuando el niño no es objeto del cuidado que le hace falta durante los períodos de desarrollo decisivos, o cuando sufre hambre, abusos o abandono, es posible que se vea afectado el desarrollo del cerebro. Muchos niños que viven en situación de emergencia o desplazamiento o en una época posterior a un conflicto padecen traumas graves y sufren tensiones extremas que no encuentran solución, circunstancias que debilitan en particular a los niños pequeños. Sólo se activan unas cuantas sinapsis, mientras que el resto del cerebro se paraliza. A esta tierna edad, esta paralización detiene el motor del desarrollo.

Lo mejor es prevenir

Aunque nunca es tarde para intervenir con objeto de mejorar la calidad de vida del niño, la intervención temprana repercute más ampliamente en el desarrollo y el aprendizaje del niño. Estos pueden potenciarse por medio de programas de calidad adecuados y oportunos que brinden experiencias positivas a los niños y apoyo a los padres. Existe una amplia gama de intervenciones apropiadas como, por ejemplo, ayudar a un padre y una madre jóvenes a entender mejor las señales que les comunica el recién nacido, leer un cuento a un grupo de niños de corta edad y visitar a domicilio a los progenitores recientes.

Huellas duraderas

El cuidado físico y afectivo temprano repercute de forma decisiva y duradera en la evolución del niño hasta la edad adulta y en el desarrollo de su capacidad de aprender y de regular sus emociones.

Aunque no hay duda de que estas aptitudes básicas se pueden aprender más tarde, el aprendizaje resulta más difícil con el tiempo. Cuando no se atienden las necesidades básicas del niño en los primeros meses de vida y la primera infancia, éste suele mostrarse desconfiado y encuentra dificultades para creer en sí mismo y en los demás. Cuando no se orienta al niño en los primeros años de vida para que vigile o regule su comportamiento, aumentan las posibilidades de que cuando vaya al colegio padezca ansiedades, miedos y un estado de desorganización por lo que respecta a los impulsos y el comportamiento.

El cerebro dispone de una notable capacidad de autoprotección y recuperación, pero el afecto en los cuidados y la crianza de que es objeto el niño en sus primeros años de vida, o la falta de este tipo de experiencia fundamental, deja huellas duraderas en la mente del pequeño.


Foto: Estas imágenes de resonancia magnética de un cerebro provienen de un estudio de 12 niños con una edad media de 14 a 15 meses, que recibieron tratamiento en un hospital de Sudáfrica ya que padecían desnutrición. La resonancia de la izquierda muestra varios cambios estructurales relacionados con la reducción del cerebro que aparecía en todos los niños estudiados. La imagen de la derecha, después de 90 días de rehabilitación con alimentos, muestra la recuperación anatómica que se produjo en la mayoría de los niños.

Fuente: Gunston, G. D. et al., ‘Reversible cerebral shrinkage in kwashiorkor: an MRI study’, Archives of Disease in Childhood, 1992; 67:1030-1032, con permiso del BMJ Publishing Group.

 

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