Página principal / Version française / English version / Copyright
 
   
   

 

Los programas que amplían los medios de acción de la mujer redundan en una mejora de las vidas de los niños.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UNICEF/89-0243/Schytte

 

Cambios fundamentales

Aunque el desarrollo del niño en la primera infancia es la primera etapa necesaria para mejorar las vidas de los niños, en sí mismo no basta. Para promover los derechos y el interés superior del niño, es menester introducir cambios fundamentales y cuestionar y eliminar algunas tradiciones que refuerzan el inaceptable statu quo.

El carácter de “no persona” de los más pequeños. De los 6.000 millones de habitantes del planeta, 2.000 millones corren constantemente el riesgo de que se postergue la satisfacción de sus necesidades, se haga caso omiso a sus opiniones, se conculquen sus derechos o se amenace su bienestar, simplemente debido a que son menores de 18 años. Al no tener voz ni voto, los niños y los adolescentes tienen muy pocos medios de influir sobre el mundo más allá de sus familias. En consecuencia, los adultos raramente se percatan del tratamiento que recibe un tercio de la población mundial de manera regular, callada, omnipresente y destructiva. Entre esas “no personas” figuran lactantes y niños de corta edad, los más jóvenes y los más postergados de todos.

Recuadro 8. La supervivencia del niño y la mujer, por Amartya Sen

En 33 países del mundo, a más de la mitad de los niños ni siquiera se les inscribe al nacer. Incluso en países donde hay un registro civil, se suele pasar por alto a los niños de minorías étnicas y a los nacidos con discapacidades. Del tercio de todos los alumbramientos ocurridos cada año, a unos 40 millones no se les inscribe. A todos los fines prácticos, esos niños no son personas frente al Estado, no se les inscribe con fines de planificación y son invisibles cuando se adoptan decisiones políticas y presupuestarias.

Al mismo tiempo, en los hogares con mayores disfunciones, los niños de corta edad suelen presenciar actos de violencia y malos tratos o son ellos mismos víctimas inermes. Pero incluso en ámbitos estables, los mitos y las percepciones erróneas de un mundo centrado en los adultos acerca de lo que los niños pueden ver, oír o comprender, limitan el desarrollo infantil.

La norma es que las aldeas y poblados se ubiquen en torno a proyectos que gozan de favor político, como son por ejemplo los costosos sistemas subsidiados de abastecimiento de agua urbana a vecindarios donde viven los ricos o establecimientos médicos especializados, con recursos que podrían y deberían haberse destinado a satisfacer las necesidades de los niños. Se promulgan leyes y se aplican políticas públicas sin tomar en cuenta sus efectos sobre las vidas de los niños. Se adoptan medidas nacionales para el desarrollo económico, social y humano, que se supervisan y se categorizan sin analizar detalladamente cuál es la situación del desarrollo infantil.

Medios de difusión en pro de la infancia en Maldivas

Todo esto ocurre pese a la ratificación casi universal de la Convención sobre los Derechos del Niño y a los compromisos asumidos por todo el mundo en pro de los niños. Es preciso subsanar la desconexión entre las perspectivas a que apuntaba este memorable tratado y la discriminación que impera en las vidas reales de los niños, para poder lograr algún grado de progreso real en las cuestiones humanas.

La relativa impotencia de las mujeres. La relativa impotencia de las mujeres en la sociedad aumenta las probabilidades de que se contagien con el VIH, las hace más vulnerables a la violencia y los malos tratos en sus hogares y comunidades y las convierte en uno de los blancos más inmediatos en los conflictos armados. También tiene enormes consecuencias en la manera en que se atiende a los niños en sus hogares, sobre quién adopta las decisiones acerca de ellos y cómo se fomenta su bienestar cuando se formulan políticas, se redactan leyes y se preparan presupuestos.

La importancia de la detección precoz: el caso de Jordania

La asignación de recursos a escala de la familia pone de manifiesto el insidioso problema de la discriminación por motivos de género. Los estudios realizados en países tanto industrializados como en desarrollo muestran que las madres dedican una mayor proporción de sus ingresos que los padres a sus hogares y a satisfacer las necesidades de los niños64. Varias investigaciones realizadas en Kenya y Malawi demostraron la firme relación positiva que existía entre el control de su propios ingresos ejercido por las mujeres y la ingestión de calorías en el hogar65. En muchos países, los programas que amplían los medios de acción de la mujer redundan en una mejora de las vidas de los niños: en el proyecto de Chicontepec para niñas y mujeres indígenas en México, por ejemplo, los grupos de mujeres que se congregaron en torno a un proyecto de abastecimiento de agua posteriormente trabajaron en pro de los derechos de sus familias a la alimentación, la salud, la educación y la mejora en sus hogares y sus ingresos.

Cabría esperar que, cuando tienen la oportunidad, las mujeres se esfuercen diligentemente por impulsar a los gobiernos a que apoyen los servicios sociales básicos para los niños y las familias. Pero la discriminación por motivos de género mantiene a las mujeres apartadas de la formulación de políticas y de las decisiones que definen las condiciones de sus vidas, como la asignación de partidas presupuestarias a servicios sociales básicos y la formulación de políticas educacionales que promuevan la igualdad de género. Se trata de un prejuicio de género omnipresente, que mantiene a las mujeres fuera del ámbito público y las relega a una batalla privada para mantener a sus familias, cuidar a sus hijos y solucionar su propia subsistencia. Esas luchas caracterizan los días y las noches de Priyanthi y Febronia y de los millones de otras mujeres como ellas en todo el mundo. Por más que se esfuercen en cambiar la situación o por profunda que sea su dedicación a sus hijos, las mujeres, que tienen relativamente escaso poder sobre sus propias vidas, probablemente transferirán su pobreza a sus hijas e hijos.

La discriminación por motivos de género es una de las primeras lecciones de la vida, que se repite casi incesantemente dentro de las familias, las escuelas y las comunidades, hasta que adquiere visos de “ley natural”. Es posible y es preciso deshacerse de esta mentalidad en esos mismos ámbitos, de manera tan insistente como la que se emplea para enseñarla, y es menester reemplazarla por doctrinas en que se valore por igual a los niños varones y las niñas, se los atienda por igual y se los eduque por igual, para que el país tenga alguna posibilidad de sostener el desarrollo de su pueblo y hacer efectivos los derechos de todos sus ciudadanos.

Aceptación del débil liderazgo y la difusa obligación de rendir cuentas. La distancia que separa a las comunidades rurales pobres y los tugurios urbanos de los centros de poder es inmensa. Con raras excepciones, los intereses de funcionarios y ejecutivos gubernamentales están muy lejos de los niños de corta edad y las familias de sus propios países. Y la distancia es aún mayor cuando los niños residen en otro país y otra región del planeta.

En la mayoría de los países del mundo, no se percibe que haya un firme liderazgo en cuestiones relativas a la supervivencia, el crecimiento y el desarrollo del niño. Las voces de los poderosos no suelen resonar tanto cuando se trata de la vida de las mujeres y de sus familias, y raras veces se salva el enorme abismo que existe entre asuntos públicos y cuestiones privadas. Ahora, el bienestar de los niños y los adolescentes debe transformarse en el patrón de medida del grado de progreso de un país y de los logros de un líder.

 

  Página anterior | Continuar