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UNICEF/99-0177/Radhika Chalasani

Esta mujer de Kosovo que carga con su hijo a la espalda espera la llegada de un camión que la transporte desde la frontera a un lugar más seguro en Albania.

 

 

 

 

 

 

UNICEF/00-0560/Lemoyne

Una niña en una fila de mujeres que esperan registrarse para obtener alimentos y suministros en un campamento para unas 50.000 personas desplazadas internamente, dirigido por la Comisión de Socorro y Rescate de Eritrea, en las afueras de Dubarwa.

 

 

 

 

 

Cuando los niños no reciben lo que se les debe, los países pierden también sus oportunidades.

Los efectos de los conflictos armados sobre la primera infancia

En un día dado, hay en todo el mundo 20 o más conflictos armados, mayormente en los países pobres35. La guerra es traumática y, como mínimo, perturba las vidas cotidianas y las rutinas establecidas; lo más probable es que conculque los derechos del niño. Solamente en el decenio pasado, 2 millones de niños murieron en las guerras, seis millones resultaron gravemente heridos o permanentemente discapacitados y 12 millones quedaron sin hogar. Según se estima, entre un 80% y un 90% de quienes mueren o resultan heridos en los conflictos son civiles, mayormente niños y sus madres36. En el último decenio del siglo XX, hubo más de un millón de niños que quedaron huérfanos o separados de sus familias debido a los conflictos armados37.

En algunas de las hostilidades más recientes, los niños de Sierra Leona, el Sudán y Uganda septentrional presenciaron la tortura y el asesinato de los miembros de sus familias y los de Chechenia padecieron reiterados bombardeos y explosiones. Durante el genocidio practicado en 1994 en Rwanda, un cuarto de millón de niños fueron masacrados. En 1999, muchos niños de Kosovo, expulsados de sus hogares debido a la “depuración étnica”, quedaron privados de sus viviendas, separados de sus familias y carentes de todas sus raíces con ámbitos familiares.

Mientras los padres y las madres de las sociedades estables y ricas debaten si es mejor la música de Mozart o de Brahms para estimular el desarrollo del cerebro de sus lactantes, los progenitores en zonas de conflicto se aferran a sus pequeños hijos, temblorosos cuando oyen el tableteo de los rifles o el estallido de las bombas. Mientras que una serie estudios controlados demuestran los efectos positivos de arrullar suavemente y acunar a los niños más pequeños, sólo es posible imaginar lo que acontece con un niño de corta edad durante la realidad descontrolada de la guerra.

Los niños que soportan la inhumanidad de la guerra pueden padecer las cicatrices de los trastornos de estrés postraumático, una herida psicológica que interrumpe el proceso de desarrollo. Cuando los niños son menores de tres años, los traumas severos no sólo los lastiman emocionalmente sino que también pueden cambiar permanentemente las reacciones químicas en sus cerebros38. Por consiguiente, las víctimas más jóvenes de la guerra tienen necesidades especiales de atención física y psicológica. Al sanar las heridas físicas de los niños, éstos pueden sobrevivir a una guerra. Al sanar sus espíritus, tal vez se prevenga la próxima guerra.

Zonas de paz y espacios donde se proteja a los niños. Los niños que viven en zonas donde reinan las hostilidades deben soportar lo intolerable y comprender lo inexplicable. Durante esos tiempos de extrema crisis, uno se pregunta cómo es posible ofrecer a los lactantes, a los niños de corta edad, a los niños en general y a sus familias algo más que unos medios básicos para su supervivencia: alimentos, agua y un espacio limitado para refugiarse. Tal vez la comunidad mundial considere que el desarrollo cognoscitivo y la atención psicológica son lujos cuando es evidente que la prioridad es responder a las necesidades físicas. Pero incluso en situaciones de crisis, los niños exigen no sólo alimentos y agua, sino también aliento, consuelo y amor. Si no se hace nada al respecto, el niño traumatizado puede quedar inmovilizado en el tiempo. El lactante pasa a ser pasivo y apático. El niño de corta edad, abrumado por el temor, sufre regresiones, pierde el control de los esfínteres y se chupa el dedo. El niño preescolar, sumergido en la pesadumbre, actúa agresivamente o se refugia en el silencio.

Para salvar tanto las vidas como las mentes de los niños, el UNICEF y sus aliados tratan de crear “zonas de paz” y “espacios donde se proteja a la infancia” en muchos lugares donde imperan situaciones de crisis. En Sri Lanka, el Sudán y otros países, el UNICEF y otras organizaciones negociaron con los combatientes para que cesaran las hostilidades, de modo que fuera posible llevar a los niños alimentos, medicamentos y vacunas. Pese a los conflictos armados, los combatientes permitieron que prosiguiera la inmunización de los niños en la forma prevista. Lamentablemente, esas “zonas de paz” no siempre se llevan a la práctica. El año pasado, se cancelaron en Sierra Leona dos de los cuatro días nacionales de inmunización previstos, debido a la reanudación de las hostilidades.

Cuando los niños reciben alimentos y albergue se establece un ambiente de normalidad en una situación anormal. Cuando se ofrece instrucción escolar, juego y asesoramiento, la sensación de normalidad es más completa. Durante las masivas corrientes de refugiados que llegaron a Albania a raíz del conflicto étnico en Kosovo, los organismos de socorro distribuyeron en primer lugar medicamentos, vacunas, agua no contaminada y alimentos para prevenir la mortalidad de lactantes, niños y madres. Después de haber ejecutado inicialmente esas estrategias de supervivencia, la iniciativa para proporcionar espacios seguros a la infancia estableció guarderías infantiles, educación preprimaria y primaria, actividades de recreación, apoyo psicosocial para lactantes y niños de corta edad y asesoramiento para los niños y sus familias.

Es difícil yuxtaponer las imágenes de niños que usan lápices de colores, apilan bloques y danzan, con las imágenes de niños que gritan aterrorizados, se acurrucan junto a su padre o su madre heridos o yacen en sábanas saturadas con su propia sangre. Al cuidar a los niños vulnerados por la guerra, quienes los atienden deben prestar tanta atención a los deterioros emocionales de estas jóvenes víctimas como la que prestan a sus heridas físicas.

Robo contra lactantes y niños. La guerra es costosa; empobrece a un país, pues no sólo agota sus arcas sino que también quebranta el espíritu de su pueblo y daña a sus ciudadanos más vulnerables, los niños. Además de las cicatrices físicas y emocionales que causa la violencia organizada, también consume preciosos recursos. Los fondos que podrían destinarse a robustecer las vidas de los más jóvenes se destinan en cambio a crear destrucción. Por ejemplo, durante una reciente guerra fronteriza, Eritrea y Etiopía gastaron centenares de millones de dólares en armas, mientras un millón de eritreos y ocho millones de etíopes padecían hambre.

El conflicto interno en Sri Lanka, que hasta la fecha se ha cobrado más de 60.000 vidas, ha deprimido la economía. Según un informe del Banco Central de Sri Lanka, el conflicto armado entre los Tigres de Liberación de Tamil Eelam y el Gobierno cingalés mayoritario ha deprimido una economía que, según las proyecciones, podía haber alcanzado un nivel mediano39. El Gobierno de Sri Lanka ha aumentado su presupuesto de defensa, desde 700 millones hasta 880 millones de dólares40. Cada dólar que se emplea en un avión de combate es un dólar que se resta a los recursos para la infancia. En la aldea de Ambanganga no hay bombas ni minas terrestres; no obstante, los niños, como la hija y el hijo de Priyanthi, están profundamente afectados por el conflicto dado que el dinero destinado a aviones de combate los priva de agua pura, saneamiento adecuado, vacunas, libros y caminos transitables.

En la zona de combate de la península de Jaffna (Sri Lanka), el costo de la guerra es muy superior. Aquí, los niños y sus familias viven bajo los disparos de armas de fuego. Al igual que en otras zonas desgarradas por la guerra, hay miles de lactantes y niños discapacitados, sin hogar, huérfanos o muertos. Los niños de más edad han sido reclutados como niños soldados.

Las semillas de la intolerancia étnica y religiosa se siembran precozmente. Pero si una fracción de los recursos destinados a la destrucción militar se gastara en ofrecer a cada niño un comienzo saludable en la vida, las semillas de la animosidad podrían ser reemplazadas por otras de empatía y tolerancia. Muy temprano en sus vidas, los niños podrían aprender acerca de la tolerancia y la resolución de conflictos por medios no violentos. Una inversión en los niños puede redundar en un enorme dividendo de paz.

 

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