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UNICEF/99-1006/Thomas

Una mujer y su hijo en la crisis de Timor Oriental en 1999

 

 

 

 

 

 

UNICEF/00-0022/Pirozzi

En el hospital St. Francis en Ifakara, en la República Unida de Tanzanía, una mujer aparece sentada junto al lecho de su hijo de 19 meses, gravemente enfermo de paludismo.

 

 

 

 

 

 

Cuando la pobreza abruma a una familia, los más jóvenes son los más afectados y los más vulnerables.

Una opción necesaria

El cuidado de los niños de corta edad es más necesario en los lugares donde es más difícil garantizarlo: en países atrapados por una pobreza pertinaz, por una situación de violencia y epidemias devastadoras, donde las realidades de la vida menoscaban las esperanzas y los sueños de los progenitores para el futuro de sus hijos. Si bien la economía mundial se expande a un ritmo acelerado, la mayoría de los niños siguen viviendo en la pobreza. Mientras el mundo concibe la esperanza de que reine la paz, estallan conflictos impulsados por el lucro y las luchas étnicas, que amenazan las vidas y las mentes de los niños. Y a medida que el VIH/SIDA destruye a las familias, muchos niños no tienen otra solución que valerse por sí mismos.

Los padres, madres y encargados de atender a los niños luchan por asegurar el futuro de éstos cada día, al parecer cada minuto. A medida que confrontan crisis y tensiones en sus vidas, pocas veces les queda energía para atender a sus niños de corta edad. Los derechos de estos niños a la supervivencia, el crecimiento y el desarrollo corren peligro cuando los adultos que deben ocuparse de ellos están agotados.

Pero esos obstáculos, si bien son de grandes proporciones, no son imposibles de superar, puesto que las personas pueden encontrar e imaginar distintas maneras de atender a sus niños.
En Tanzanía, Febronia, una mujer de 35 años de edad, ha dado a luz a siete hijos, de los cuales cuatro han sobrevivido: Martha de 10 años, Angela de 8 años, Colman de 6 años y Grace de 9 meses. Dos hijos murieron a los 7 años, uno de fiebre amarilla y el otro por causas desconocidas. Otro hijo, nacido prematuramente, murió a poco de nacer. Su esposo, Damas, de 42 años de edad, trabaja esporádicamente en una plantación de café y la familia sobrevive con un ingreso en efectivo de 80.000 chelines (125 dólares) anuales.

Febronia y su familia viven en una choza de madera, barro y lata. Rodeada de un lodo rojo espeso que se adhiere a los pies desnudos de la madre, el padre y sus cuatro hijos, Febronia dedica una hora cada día a recoger agua de un arroyo que dista unos 3 kilómetros de su casa y le preocupa dejar a los niños solos. Pero lo que más la preocupa es apartarse de su hija lactante por períodos de tres o más horas. Mientras Febronia recoge pasto para el pequeño rebaño de vacas que posee la familia, Grace queda al cuidado de la hija de 8 años de edad, cuando ésta regresa de la escuela después de pasar allí medio día.

Al igual que muchas madres en muchos países, Febronia trabaja cada día de sol a sol, esforzándose por alimentar y proteger a sus hijos, pero dispone de pocos recursos y de escaso apoyo. Comienza el día a las 6 de la mañana, preparando gachas para su familia. Además de cortar pasto para las vacas y recoger agua y alimentos para el consumo familiar, Febronia va en busca de leña para cocinar. Todos los días lleva a sus hijos al arroyo para que se bañen. En la estación de las lluvias se esfuerza en vano por mantenerlos limpios. Al igual que muchos otros miembros de su comunidad, la familia no tiene un retrete permanente, de modo que el lodo que corre junto a su choza está mezclada con excrementos.

De la mañana a la noche, Febronia pasa todas sus horas de vigilia al servicio de los demás. Trabaja incesantemente. Hora tras hora, esa robusta mujer de cabello corto camina erguida acarreando pesadas cargas sobre su cabeza. Al regresar a su hogar cocina, limpia y atiende a su familia. Cultiva su pequeña huerta y entre una tarea y otra, amamanta a su hija. Después de terminar el trabajo del día y de haber acostado al último niño, eleva sus plegarias y se va a dormir.

Al igual que millones de otras mujeres, Febronia no está segura en su hogar. Teme a su marido, que según ella bebe demasiado alcohol y a veces la golpea y la patea.

En la familia de Febronia ya se han plantado las semillas del privilegio masculino y la servidumbre femenina. Mientras su madre trabaja en los campos, Angela, la tímida niña de ocho años que aún se chupa el dedo, cuida a la recién nacida. Cuando Martha, la niña de diez años de entrecejo ceñudo y ojos pensativos regresa de la escuela, lava los platos, ayuda a cortar el pasto para las vacas y trabaja en la huerta. ¿Y qué hace el hijo de Febronia mientras las niñas trabajan? Colman, un varón con rostro angelical y sonrisa pícara, juega en el barro y se trepa a los árboles.

Al igual que 1.100 millones de personas de todo el mundo, Febronia carece de acceso al agua no contaminada. Después del recorrido diario para recoger agua, debe hervirla para proteger a sus hijos contra el cólera y otras enfermedades transmitidas por el agua. La familia, como otros 2.300 millones de adultos en todo el mundo, no tiene acceso a un retrete adecuado. Sin agua no contaminada y sin un retrete permanente, mantener buenas condiciones de higiene es otra dificultad con que tropiezan Febronia y su familia. Se arriesgan a contraer diarreas y otras enfermedades, incluido el tracoma, una infección ocular muy contagiosa entre los niños y sus madres y que, después de varios episodios repetidos, causa ceguera.

Aunque la familia tiene una pequeña huerta y un par de vacas, debido a la pobreza carece de nutrición adecuada. Los tres niños mayores muestran signos de desnutrición, con calvicie en partes de su cuero cabelludo. La hija mayor, Martha, tiene los ojos hundidos, con ojeras profundas e hinchadas.

Los niños no están solos en esta aldea de 2.448 personas, donde hay 10 bares autorizados pero ningún centro para alimentar a los niños desde 1995. Aquí, los niños que no tienen quien los cuide durante el día, a menudo no reciben alimentos durante largos períodos, en algunos casos de hasta ocho horas.

Si bien todos los niños, salvo la recién nacida, han recibido inmunización completa contra las seis principales enfermedades más mortíferas para los niños, Febronia y Damas han perdido a otros tres hijos. Una agente de salud visita su hogar una vez por semana y hay un hospital de misioneros distante menos de un kilómetro de la aldea. Pero Damas refunfuña: “El hospital está allí, pero si uno no tiene dinero, puede morirse a sus puertas”.

Martha, la niña de diez años, está en segundo grado de la escuela primaria y tanto la niña de ocho años como el niño de seis años asisten a cursos preescolares durante dos horas cada mañana. El padre y la madre reconocen los beneficios de la enseñanza preescolar y se jactan de que los niños pueden contar, cantar y contar cuentos. Pero Damas, un hombre macilento con ropas demasiado grandes, teme que no podrá seguir costeando la educación de sus hijos. Dice que cuando él era niño, la educación era gratuita en Tanzanía y la escuela le ofrecía almuerzo. Hoy hay que pagar los libros y los uniformes y llevar el almuerzo desde el hogar. Damas piensa que la educación ofrecerá un mejor futuro a sus hijos, pero sin dinero éstos no tendrán oportunidades.

 

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