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UNICEF/00-0209/Pirozzi

Gemelos recién nacidos durante las inundaciones de Mozambique a principios de 2000.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sarath Perera/Sri Lanka

Unos progenitores juegan a “las tiendas” con sus hijos.

Decisiones que es preciso tomar

La mayor parte del desarrollo maravilloso del cerebro ocurre antes de que el niño cumpla tres años. Mucho antes de que muchos adultos se percaten de lo que está ocurriendo, las neuronas del niño proliferan, las sinapsis establecen nuevas conexiones con asombrosa velocidad y se marcan las pautas para el resto de la vida. En un breve lapso de 36 meses, los niños adquieren capacidad de pensar y hablar, aprender y razonar y se forman los fundamentos de los valores y los comportamientos sociales que los acompañarán durante la vida adulta.

Debido a que los primeros años son una época de grandes cambios con una influencia que dura toda la vida, es preciso asegurar los derechos de la infancia al comienzo mismo de la existencia. Las decisiones que se tomen y las actividades que se realicen en nombre de los niños durante este período fundamental influyen no solamente en la forma en que los niños se desarrollan sino en la manera en que progresan los países.

Ningún plan de desarrollo humano debería aguardar de manera pasiva hasta que transcurran los 18 primeros años de la infancia, antes de adoptar medidas para proteger los derechos del niño. Tampoco debería desperdiciarse el período más fructífero para intervenir en la vida de un niño, entre su nacimiento y los tres años de edad.

La época de la primera infancia debería recibir la atención prioritaria de los gobiernos responsables, plasmada en leyes, políticas, programas y recursos. No obstante, estos son los años en que los niños reciben menor atención prioritaria y esto es una tragedia, tanto para ellos como para los países.

En Sri Lanka, Priyanthi, una madre de 28 años de edad, recuerda la noche en que caminó 7 kilómetros cargando a su hija Madushika hasta el dispensario más cercano. Eran casi las 5 de la tarde y ya había oscurecido cuando la menuda mujer comenzó su terrible caminata llevando en sus brazos a la pequeña de 18 meses de edad, que se estaba ahogando. Tropezando con las ramas caídas y las malezas que colmaban los estrechos senderos de tierra, oía las laboriosas boqueadas de su hija, cada vez más débiles. Hacia las 6 de la tarde, la madre y su hija llegaron a la clínica.

Las palabras del médico aún siguen abrumando a esta mujer de ojos cansados y destacan su carrera contra el tiempo. Recuerda que el médico le dijo que si el viaje hubiera demorado sólo 15 minutos más, su niña, cuyo resfrío se había transformado en neumonía, estaría muerta. Si Madushika, que hoy es una saludable niña de cinco años, hubiera nacido 10 años antes, cuando no se disponía de medicamentos contra la neumonía, lo probable es que la enfermedad hubiera salido victoriosa.

Los hijos de Priyanthi, Madushika y su hermano menor Madusha, se han beneficiado con el sistema de servicios de salud y los programas de salud en la primera infancia. Ambos niños nacieron en condiciones relativamente seguras, en un hospital, al igual que casi un 90% de los niños vivos alumbrados en el país. Cuando la joven madre estaba embarazada de su hijo, que tiene dos años, fue sometida a reconocimientos médicos regulares en la clínica de la aldea y recibió asesoramiento sobre su embarazo de la partera de la aldea. Aprendió que si hablaba al lactante durante el amamantamiento, esto mejoraría la mente y el cuerpo del pequeño. Aprendió que si arrullaba a su hijo y parloteaba con él en respuesta a sus sonidos, en lo que se llama comúnmente “la lengua de las madres”, esto ayudaría a que el niño aprendiera a hablar.

Cuando le dieron de alta en el hospital, Priyanthi y su recién nacido participaron en un programa que ofrecía la visita en el hogar de voluntarias capacitadas, que supervisaron constantemente la altura y el peso de Madusha. Además, Priyanthi siguió obteniendo apoyo y asesoramiento sobre la importancia de acariciar a su niño, hablarle y cantarle, así como de bañarlo y alimentarlo.

La familia de Priyanthi es una de las 22 familias de Ambanganga, una pequeña aldea que dista alrededor de 25 kilómetros de Matale, y cuyos habitantes participan en un programa de visitas a domicilio realizado por una organización no gubernamental local llamada Sithuwama, con el apoyo del UNICEF. La ONG Sithuwama, cuyo nombre significa “criar a un niño gozosamente”, promueve cuidados en la primera infancia, incluidas prácticas saludables de crianza del niño y estímulos para el conocimiento. Sus servicios se proporcionan mediante programas de visitas domiciliarias para niños de hasta tres años de edad y para preescolares de entre tres y cinco años de edad.

Merced al servicio domiciliario, Priyanthi aprende que para que sus hijos crezcan y se desarrollen es necesario que cuenten con una buena nutrición, que en el hogar se lleven a cabo prácticas de higiene y saneamiento y que reciban un estímulo cognoscitivo. Ahora está dedicándoles el tiempo, el cuidado y la atención necesarios para mejorar las vidas de sus hijos. Recoge más leña a fin de poder hervir el agua que beberán sus hijos. Procura obtener verduras que aumenten el valor nutritivo de sus comidas. Se cerciora de que usen el retrete y después se laven las manos. Pide que sus hijos comenten lo que piensan acerca del piar de los pájaros en los árboles cuando los baña en el arroyo. Lleva a sus hijos a las ferias de salud en la aldea. Priyanthi, su esposo y sus hijos viven en una pequeña casa de cemento de cuatro habitaciones, sin electricidad ni agua corriente. Duermen juntos en un piso de tierra sobre esteras de junco tejido. La familia sobrevive con poco más de 2.000 rupias (unos 27 dólares) por mes, el sueldo del esposo de Priyanthi en una plantación de té.

Las voluntarias de Sithuwama que visitan a Priyanthi en su hogar encuentran la manera de promover el desarrollo psicosocial y cognoscitivo de sus hijos sin gastar mucho dinero. Las voluntarias de la ONG le hablan de la importancia del juego para el bienestar físico y mental de sus hijos. Ella y su esposo construyeron una casa de juguete para los niños, una estructura liviana de ramas y varillas atadas con retazos y cubiertas con una lona. La pequeña estantería de madera está repleta de cajas de colores, calabacines, cáscaras de coco, botes de cerámica, latas y flores que los niños han recogido. Mediante el juego, Madushika y Madusha adquieren nociones sobre colores, formas, tamaños, denominaciones y clasificaciones. También están aprendiendo a usar la imaginación y la ensoñación.

Priyanthi se reúne todas las semanas con una voluntaria del programa y, una vez al mes, con un grupo de padres y madres, en sesiones de apoyo. Los progenitores aprenden los unos de los otros comparando notas acerca de la altura, el peso y otras características de sus hijos. Pasan revista a las oportunidades cotidianas que ofrecen la posibilidad de impartir una enseñanza a sus hijos: al despertarse por la mañana, durante las comidas, al lavarlos y bañarlos, al cocinar, al salir de visita, al trabajar al aire libre, al jugar y al prepararse para ir a dormir.

A menos de un kilómetro de distancia del hogar de Priyanthi vive una familia que no participa regularmente en los programas de cuidado del niño en la primera infancia. Wimalarathne, agricultor de 33 años de edad, explica que acaba de enterarse de la existencia del programa de visitas a domicilio y quiere que su hija Sasika participe en él. Cuando la niña, de dos años de edad, ve a extraños en su casa, comienza a llorar. Su hermano de siete años de edad, Asanka, lleva cargada a la pequeña, que asustada se aferra a su hermano sin decir palabra. Los oscuros ojos y penetrantes de la niña quedan clavados en el extraño que ha venido de visita. Ambos niños son poco comunicativos. Wimalarathne explica que sus hijos son tímidos, pero juegan entre sí.

El padre, evidentemente preocupado por el desarrollo de su hija, pide a su esposa, Kusumawathi, de 30 años, que traiga el gráfico de crecimiento de su hija, donde figuran el peso y la altura de la niña, normales al nacer, pero que con el correr del tiempo se van apartando cada vez más de los promedios normales para niños de corta edad. Wimalarathne dice que el médico no comprende por qué la niña crece tan lentamente y ha recomendado que la familia participe en el programa de visitas domiciliarias.

Son dos familias que viven en la misma aldea y en circunstancias similares; sin embargo, los niños son muy diferentes. Las familias de Matale, al igual que millones de otras en todo el mundo, son pobres. Se trata, en su mayoría, de agricultores de subsistencia y braceros u obreros que trabajan en fábricas o plantaciones de té cercanas. Aun cuando un 99% de los niños están inmunizados, casi un 40% están mal nutridos. Algunas familias tienen acceso a programas de atención del niño en la primera infancia, pero son muchas más las que carecen de acceso.

 

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