Estado Mundial de la Infancia 2000

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La guerra no declarada

El SIDA: Un silencio mortal y mortuorio

En todo el mundo, hay cada día 8.500 niños y jóvenes que se contagian con el VIH18 y 2.500 mujeres que pierden la vida a causa del SIDA19. Solamente en 1998, el número de mujeres muertas por el VIH/SIDA fue de 900.000, más de tres veces el número de víctimas que se cobró la guerra en Bosnia20.

En África, la destrucción social y económica causada en el último decenio por el VIH/SIDA es mayor que la destrucción combinada de las guerras que asolaron el continente: solamente en 1998, unos 200.000 africanos, en su mayoría mujeres y niños, murieron como resultado de conflictos, mientras que 2 millones de personas perdieron la vida a causa del SIDA. La pandemia aniquila familias, aldeas, distintas profesiones y diferentes grupos de edades. Ha marchado de un país a otro de África al sur del Sahara, donde hay ahora 22,5 millones de personas que viven con el VIH21. En su primer asalto, la enfermedad eliminó a personas educadas: profesionales, administradores, maestros. Actualmente, en África al sur del Sahara, al igual que en el resto del mundo, el VIH/SIDA encuentra su presa entre los jóvenes, los pobres y los inermes: en particular, las niñas y las mujeres.    
Copyright© 1999 UNICEF/97-0073/Horner
En Tailandia, una mujer enferma a causa del SIDA sostiene a su hija.

Mientras que las personas educadas tienen acceso a los conocimientos necesarios para protegerse a sí mismas contra el virus, la información que puede salvar vidas no llega a quienes tienen escasa o ninguna educación. Según un estudio acerca de 35 países, las personas sin educación, hombres o mujeres, tenían cinco veces más probabilidades de ignorar todo acerca de la enfermedad que quienes poseían una educación posterior a la primaria. Las personas carentes de educación tenían probabilidades cuatro veces superiores de creer que no hay manera de evitar el SIDA y tres veces superiores de no tener conocimiento de que el virus puede transmitirse de la madre al niño, y probabilidades de tres a cuatro veces superiores de no saber que las personas con reacción serológica positiva al VIH pueden tener un aspecto completamente saludable22.

Todo visitante a una aldea que ha recibido la agresiva invasión del SIDA encuentra un legado de cabañas desiertas, campos sin cultivar, y niños aturdidos que han quedado huérfanos23. Igualmente inquietantes son el trauma y la devastación a largo plazo. Los padres y las madres enferman y se van agostando; los niños y, en particular, los adolescentes se ven con frecuencia obligados a abandonar la escuela para atender a sus progenitores agonizantes y luego a sus hermanos y hermanas huérfanos. A menudo pierden sus derechos a los bienes de sus progenitores y la comunidad los esquiva y los relega al ostracismo. Viven hoy en África cerca de 10 millones de esos niños menores de 15 años24, privados de su infancia, a quienes se les ha denegado su derecho a recibir atención en una familia, a crecer, a estudiar, a desarrollarse y a plasmar plenamente su potencial humano.

A veces, es difícil percibir los efectos de la pandemia de VIH/SIDA sobre los niños y las mujeres de ese continente, el más afectado de todos. En muchos países, la esperanza de vida global está disminuyendo hasta niveles como los de 1960, e incluso anteriores25. De los nueve países donde es más alta la tasa de prevalencia del VIH entre adultos, los más afectados son Botswana, Namibia y Zimbabwe. Botswana, que había asignado recursos a los servicios básicos en forma constante a lo largo de los años, parecía estar a punto de experimentar un notable adelanto en materia de salud pública; según las proyecciones, de no existir el SIDA, hacia 2000-2005 la esperanza de vida habría sido superior a los 69 años. Actualmente, debido al SIDA, se prevé en cambio que la esperanza de vida descenderá en ese mismo período a niveles tan bajos como los 41 años26.

Poca duda cabe de que la misma combinación catastrófica de estigma, tabú y silencio que sigue alimentando la mortífera epidemia en África al sur del Sahara se está repitiendo en el Asia meridional. Desde la aparición del VIH/SIDA en el Asia meridional en 1986, más de 5 millones de personas de la región se han contagiado con el virus; aproximadamente la mitad de ellas son mujeres27. También en este caso, la falta de poder social de las mujeres redunda en que grandes cantidades sean infectadas con el VIH por sus esposos. En un estudio de 400 mujeres que acudieron a clínicas de enfermedades de transmisión sexual en la ciudad de Pune (India), casi una cuarta parte se había contagiado con una enfermedad de transmisión sexual, aun cuando un 91% afirmaron que sólo habían tenido relaciones sexuales con sus esposos; el 13,6% de ellas tenían reacción serológica positiva al VIH28.

Copyright© 1999 UNICEF/5235/Toutounji
Una niña libanesa en la puerta de su casa.
    Uno de los más atroces peligros que corren los niños del Asia meridional es su invisibilidad en lo que respecta a la pandemia de VIH/SIDA. La poca información que se recoge no está desagregada para poner de manifiesto los efectos de la enfermedad sobre los niños. Esto dificulta mucho más la tarea de detectar los niños cuyos derechos corren mayor peligro y protegerlos contra mayores males.

Mientras tanto, el SIDA está haciendo más agobiante la carga de pobreza e inseguridad crónica que pesa sobre muchas sociedades en todo el mundo, especialmente en las abrumadas por la enorme deuda nacional. La sobrecarga sobre sus limitados servicios sociales es intolerable. La producción alimentaria disminuye, lo cual redunda en peores condiciones de nutrición y una mayor vulnerabilidad a las enfermedades. Los menores recursos destinados a la educación redundan en una menor asistencia escolar de niños, varones y niñas, los cuales después están en peores condiciones para defenderse contra la violencia y los abusos.

* * * * *

Es verdad que los obstáculos que se oponen a la vigencia de los derechos del niño en el siglo XXI son intimidantes. Pero en los notables adelantos logrados en los últimos decenios, muchos de ellos en circunstancias de considerables limitaciones, reside la esperanza para el futuro: mejoras en las tasas de supervivencia y en el estado nutricional de los niños, sistemas fortalecidos de educación básica y de servicios de salud, mejores condiciones de abastecimiento de agua y saneamiento. De esos éxitos y de las visiones de futuro y el lenguaje cargado de posibilidades que rodea la reunión de líderes mundiales a realizarse en 2001, surge el optimismo: las barreras que se oponen a la vigencia de los derechos de los niños en todo el mundo pueden quebrarse en el lapso de una generación.

Veáse también:

Gráfico 1: La creciente distancia que separa a los países ricos de los países pobres

Gráfico 2: La distribución del ingreso en tres economías de gran magnitud

Gráfico 3: Aumento del número de emergencias complejas

Gráfico 4: Prevalencia de actos de violencia contra la mujer cometidos por un compañero en cualquier relación

Gráfico 5: Pobreza y prevalencia del VIH

Recuadro 2: La desesperanza de Indonesia

Recuadro 3: Riesgos que corren los niños en las sociedades al borde del desastre

Recuadro 4: Zambia: Esperanza en el epicentro del SIDA

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