Estado Mundial de la Infancia 2000

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La guerra no declarada

La trampa de la pobreza

La pobreza es un mundo sombrío donde es preciso luchar a diario por sobrevivir. Los pobres constituyen la mayoría de la población en uno de cada cinco países del mundo. En los países ricos están cada vez más concentrados en comunidades minoritarias. Soportan vidas de hambre, desnutrición y enfermedad y se les deniega el derecho a la educación, a recibir buenos servicios de atención de la salud, a tener acceso a agua apta para el consumo y al saneamiento y a estar a salvo de los peligros.

El número de personas que viven en la pobreza sigue aumentando a medida que la mundialización — uno de los fenómenos económicos más poderosos del siglo XX — prosigue su curso intrínsecamente asimétrico: va ampliando los mercados a través de las fronteras nacionales e incrementando los ingresos de cantidades relativamente pequeñas de personas, al mismo tiempo que va estrangulando más aún las vidas de quienes carecen de los recursos para ser inversionistas o de la capacidad para beneficiarse con la cultura mundial. La mayoría de ellos son mujeres y niños, que antes eran pobres, pero ahora lo son mucho más, a medida que una economía mundial de dos estratos agranda las distancias que separan los países ricos de los países pobres y las personas ricas de las personas pobres.

Ser una niña nacida en la pobreza entraña tener que soportar múltiples variantes de discriminación, con pautas omnipresentes e insidiosas. Desde el momento en que la niña es concebida, sus derechos están en peligro. Es posible que actualmente haya en el mundo hasta 60 millones de "mujeres desaparecidas" quienes, si no existiera la discriminación por motivos de género que comienza antes de su nacimiento y continúa a lo largo de toda su vida, estarían hoy vivas1.

Si bien la discriminación contra las niñas y las mujeres existe en todos los continentes del mundo, debido a la enorme escala de su población y las restricciones culturales por motivos de género y de clase, son pocas las regiones del mundo que pueden equipararse al Asia meridional, donde nacen cada año decenas de millones de niñas en la pobreza, la esclavitud de la deuda y las deshumanizadoras castas a las que se pertenece desde el nacimiento. Las embarazadas pobres, preocupadas por el futuro costo de la dote de una hija, buscan cada vez más los servicios de "doctores especialistas en sonograma" itinerantes y se ha registrado el feticidio femenino en 27 de los 32 estados de la India. En algunas comunidades de Bihara y Rajasthan, las proporciones al nacer, que naturalmente han de ser de 100 niñas por cada 103 varones, son notablemente inferiores, con 60 niñas por cada 100 varones2.

Estas niñas, hijas de la pobreza, comienzan con frecuencia sus vidas postergadas con relación a sus hermanos varones en lo concerniente a la alimentación, la atención médica y la escolaridad. A merced de los hombres de sus familias y sus comunidades, las niñas sufren aislamiento debido a su ignorancia y analfabetismo, y padecen la agonía de ser golpeadas. Cuando se trata de niñas y mujeres de la casta más baja, sufren humillaciones públicas3.   
Y cuando los derechos de la mujer están amenazados, también lo están los derechos del niño.

La pobreza distribuida por castas persiste en toda esa vasta región, desafiando las leyes que prohíben esa práctica y privando de sus derechos a más de 160 millones de personas, solamente en la India4. Una carga particularmente cruel recae sobre los niños, cuando los progenitores toman en préstamo míseras sumas de dinero, a cambio de consignar o vender un niño al dueño de una fábrica o una plantación. Se estima que en el Asia meridional, unos 20 millones de niños y niñas, o tal vez 40 millones, trabajan denodadamente sometidos a esa esclavitud de la deuda5, encorvados sobre telares, fabricando ladrillos o enrollando cigarrillos a mano. Hay muchos otros que pasan su infancia y su adolescencia en la servidumbre doméstica, barriendo pisos y fregando cazuelas y sartenes.

Es inquietante imaginar qué le espera a un niño de 6 años cuando sus progenitores lo someten a la servidumbre para saldar sus deudas, a cambio de un préstamo para obtener semillas o albergue. Es casi inconcebible pensar en una niña de las montañas de Nepal vendida por sus padres empobrecidos a un agente que ofrece empleo en una fábrica de alfombras, y que termina en cambio en una habitación sin ventanas, en Calcuta o Mumbai, junto con otras niñas, forzada a tener relaciones sexuales con hasta dos docenas de adultos cada día. Al igual que los países atrapados por la deuda en que viven, los niños raramente logran pagar las deudas contraídas por sus progenitores, incluso después de 10 ó 12 años, y perpetúan la servidumbre de sus familias transfiriéndola a una hermana o un hermano más joven o a sus propios hijos6.

 
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